Intento comprender aún que ha sucedido estos últimos cuatro años. Light me ha dejado caer en el último lugar donde tan feliz fui, donde recordé que era eso llamado “felicidad”.
Ahora miro con ternura esa flor que me dará todo lo que he perdido. La aprieto contra mi pecho y extiendo la mano, apareciendo aquella extraña llave. No me iba a poner a cerrar mundos, como me dijo Light. La usaría para destruir a aquel que tantos dolores de cabeza me ha dado. Me costará buscarlo, pero sé al menos que puedo alcanzar lo que busco. Suspiro y cierro los ojos, empuñando la espada y dejando que todo vuelva a mi.
Tantos pasos en el frío castillo de Nerthia, donde mi cuello era la fuente de alimento de vampiros sin piedad, donde el misterio se unía a la traición y casi todos terminamos huyendo de ese maldito lugar.
Caminos sin rumbo, muertes sin sentido, acompañada de uno de esos vampiros y mi mejor amigo, dando tumbos sin pensar donde dirigir nuestras pisadas y sin encontrar eso por lo que arrastré a la mayoría de mis amigos…
Y… después está esa chica, ese incorpóreo, que se creó cuando el experimento de Xenahort falló… Myô no iba a darse por vencida hasta que me matara con sus propias manos. Lo sé. Lo veía en sus ojos, teníamos demasiadas cosas diferentes, a pesar de compartir un mismo destino.
La lluvia de recuerdos ha terminado, igual que el día en la playa de las Islas del Destino. El sol muere lentamente delante de mis ojos, escondiéndose avergonzado en la línea horizontal que proyecta el tranquilo mar. Sonrió y me levanto, gritando a los cuatro vientos el nombre de Light, para que me vuelva a llevar…
…a obrar mi venganza.
– ¡Ey, ey! ¡Nuestro objetivo se mueve! – habló Hika desde los mandos de su nave, esperando a que Night mirase la pantalla que ella señalaba.
– Es normal que se mueva, si no querría decir que esta muerto… – replicó Night secamente.
– ¡Me refiero a que se mueve velozmente entre mundos! – gritó Hika, enfurecida, notando como el puntito verde que indicaba a Réquiem desaparecía de la zona titulada con “Villa Crepúsculo” para aparecer en una zona oculta.
– ¿Dónde demonios ha ido? – preguntó Night, viendo como Hika ponía rumbo a la nave hacia aquella zona sin nombre.
– No tengo ni la más remota idea. Pero vamos a descubrirlo… – encendió el turbo de la nave – ¡ahora mismo!
Donde me dirigí no fue a otro sitio que a donde empezó todo. Los edificios derruidos, los campos ennegrecidos por las cenizas, el hollín cubriendo cada milímetro de la ciudad. Ráfaga de Medianoche nunca había tenido un aspecto peor.
Miré a mi alrededor, la desolación en forma de silencio erizaba la piel. Cada paso que dabas hacía eco entre las ruinas de lo que eran tus propios recuerdos, con apenas edad para razonar, y ahora, no podías razonar que había pasado con todo aquello.
Me apoyé sobre una pared que daba a la gran plaza. La estatua de una mujer con una balanza en la mano, probablemente erguida a la justicia, no era más paradójica que todo lo demás. Suspiré y seguí caminando entre los escombros de mi memoria… No quedaba nada en pie.
Según Xenahort me contó, mi mundo fue devorado por la más pura oscuridad. Algo hizo que acabara destruido, pero… aquí seguía, existiendo entre su propia miseria.
Un ruido detrás de mí me alertó. No soplaba ni un poco de aire, ¿entonces, que había sido? Otro ruido más. Empuñé otra vez la espada extraña que me había regalado Light y miré a mi alrededor, asustada. ¿¡Qué pasaba en todo esto!?
– ¿Bianka?
Alguien que conocía mi verdadero nombre me estaba mirando desde alguna parte de la casa derruida que tenía detrás de mí. ¿Quién, además de mí, conocía el paradero de esta ciudad?
De entre las sombras, aparecieron dos bonitos ojos azul intenso, cubiertos de pelo lacio y negro, corto. Una mueca se dibujaba en los labios del individuo, cuyas ojeras daban la impresión de estar frente a un cadáver. Tardé en reconocerle, cuando ví en su cuello tatuado el símbolo sincorazón. Pues claro…
– ¿¡Ienzo!? – grité yo, cuando esa mueca se torció en una sonrisa.
Corrí hacia el interior de la casa y me planté delante suya, algo emocionada. Hacía mucho tiempo que no le veía, probablemente, desde aquel ficticio-recuerdo al que me envió Myô.
– Bianka… – murmuró él, sonriendo. Me abrazó con delicadeza; era demasiado debilucho hasta para eso. Yo sonreí, los retazos de mis recuerdos iban formando una perfecta línea que me llevaría hasta donde deseara.
– Dios mío, cuanto tiempo, Ienzo… – murmuré, mientras salía de la casa ennegrecida y caminábamos por una de las calles más grandes de nuestra ciudad. Eran recuerdos que se dibujaban solos sobre aquel terrible paisaje.
– Y que lo digas… ¿Qué hacías por aquí? – preguntó él, con las manos metidas dentro de los bolsillos de su pantalón gris.
– Vine a inspeccionar si esto seguía tan solitario como siempre, y veo que es así – hacía mucho que no veía a uno de mis amigos. La verdad es que era agradable ver una cara tan conocida después de tanto tiempo. Solo había estado en contacto con Lumiara, pero Ienzo y yo teníamos algunas cosillas en común –. ¿Y tú?
– Yo estaba acompañando a Lumiara… Se estaba volviendo loco buscándote, había visto que no estabas acompañada de esas hordas de cascarones y estaba preocupado… Después de lo que le paso a Lea…
Reaccioné al momento, quizá demasiado violentamente. Agarré a Ienzo de los cuellos de su chaqueta y le miré, con una chispa de locura en mis ojos.
– ¿¡Qué le ha pasado a Lea!? – grité, en medio del páramo al que nos habíamos trasladado.
– Ha desaparecido del mapa, pensé que lo sabias… – murmuró Ienzo, sin mostrar mucho terror. Sabía que yo era inofensiva, a pesar de tener mucha sangre caliente –. Te estaba buscando, no soportaba la idea de que por su culpa hubieras huido.
– Maldito pelirrojo… – rechisté entre dientes, siguiendo mí camino, cuando divisé una nave negra en la lejanía del horizonte –. ¡¿Cómo iba a ser culpa suya!?
– Se sentía culpable, déjale… – titubeó Ienzo, sacando una de sus manos para saludar a alguien que bajaba de la nave.
Seguimos caminando, yo intentando identificar al desconocido que a su vez se acercaba a nosotros. Parecía que llevaba una bufanda al cuello e iba acompañado de una figura más bajita, una chica al parecer. Cuando estuvimos a menor distancia, los reconocí.
Lumiara y Vero eran quienes nos saludaban agradablemente. Deje atrás a Ienzo y corrí velozmente hasta ellos. Lumiara se detuvo, abriendo los brazos, esperándome, y obviamente, yo me lancé hacia él. Respiré tranquila por primera vez desde hacía mucho tiempo; sus brazos siempre me reconfortaban con una cálida sensación de confianza.
Después, me tocó achuchar a Vero como era debido. Durante mi estancia en manos de Ansem y los demás científicos, ella había sido mi única amiga. La adoraba y era uno de los motivos por los que quería volver más de una vez. Vero chilló cuando yo la apreté demasiado fuerte, pero volvió a sonreír como yo recordaba.
– Chicos… cuanto tiempo… – apenas me salían las palabras. Mis tres mejores amigos habían sido el comité de bienvenida perfecto para la nueva vida que estaba a punto de comenzar.
– Demasiado, puñetera – me replicó Vero, sonriente. Sus ropas habían cambiado mucho desde la última vez que las vi: llevaba una chaqueta negra, con dos hombreras plateadas; una camiseta blanca de tirantes que terminaba en picos de diversos colores. Unos pantalones negros con unos zapatos del mismo color y un pañuelo rosa translucido atado a su cintura era lo que complementaba su indumentaria. Nunca había tenido mejor aspecto.
Lumiara seguía sonriendo, tan sereno como siempre. Parecía que nada pudiera turbarle y eso me relajaba y tranquilizaba.
– ¿Pero que demonios pretendes, Myô?
La voz de Marluxia estaba turbada, confundida. Él estaba apoyado sobre el respaldo de una silla, mientras el ángel que le había traído, Génesis, permanecía sentado en una esquina, enfrascado en la lectura de un libro marrón. Otro ángel de cabellos blancos, el mismo que había salvado a Myô, seguía con la mirada el caminar infructuoso de la chica, mientras sostenía en las manos una especie de marioneta de una mujer tan albina como él.
– Pues qué crees que pienso hacer, Marluxia, a estas alturas preguntándome todas estas cosas… – Myô le fulminó con la mirada –. Tú hiciste bien tu trabajo, ahora esa niñata se cree que tiene el máximo poder con esa llavecita…
– ¿Llavecita? – Marluxia no lo comprendía.
– Sí, como los demás niñatos… Se pasean con llaves gigantescas matando sincorazones – explicó Sefirot, manejando la marioneta. La dejó sobre el suelo e hizo que comenzara a moverse –. Sé feliz. Y encuentra a Lea – la marioneta se desplomó sobre el suelo y provocó una carcajada en el angelucho –. Se ha tragado todo desde el principio, incluso que esa llave de tamaño anormal es verdadera, a pesar de que tiene menos poderes que Génesis…
– ¡Oye tú! – le espetó el aludido, dándole con el libro en el hombro. Myô les miró, haciendo que callaran –. En cualquier caso, yo estoy vigilando a la gente del castillo de Nerthia. En especial, al niño deprimente que vive con la vidente.
– Sí y yo he conseguido que la cría crea que tiene un amigo dentro de la organización, pero ya me estás diciendo para que hacemos todo este teatrito… – Marluxia cambió de posición en su asiento, mientras Myô se sentaba cerca de él, con el ceño fruncido.
– Gracias a Génesis y a Sefirot he podido controlar dos partes de la vida de esa idiota, pero obviamente, recibirán a cambio a esa… chica… que vive en Bastión Hueco con el comité. A ti te entregaré ese alto cargo en la Organización a la que perteneces, ¿verdad, Marluxia?, sólo por llevar a la chica al lugar donde deseaba. Y… ahora, te pediré un último favor.
Myô comprobó como Marluxia se relamía al pensar en la dirección de la Organización XIII. Ella se dirigió a una gran jaula que se encontraba en un rincón de la habitación, cubierta por un trozo de tela de gran tamaño. Ella lo apartó, tirando de una de las puntas y los tres individuos pudieron ver qué escondía la joven en la jaula.
Se trataba de un chico, dos años menor que Marluxia, con el pelo largo y rojizo y dos cicatrices cruzándole los ojos. Myô le pegó una patada a los barrotes, haciendo que el joven se incorporara, lentamente debido a las numerosas heridas que tenía por todas partes. En el pecho brillaba un símbolo rojo y negro, que Marluxia sintió familiar al recordar como Réquiem lo había buscado en su cuerpo.
– Esta preciosidad nos ayudará a atraer a Bianka hasta mis manos. Entonces, yo podré estar completa o, en el caso contrario, será un perfecto sincorazón…
Entre las risas de Myô, Génesis y Sefirot se escuchó una pregunta inesperada.
– ¿Por qué haces todo esto?
Había sido pronunciada por los labios secos y la garganta ronca del enjaulado, que aun tenía algo de dignidad como para aferrarse con fuerza a los barrotes. Myô se quedó delante suya y le agarró del pelo, haciendo que mirara hacia arriba.
– Ella tiene algo que yo nunca tendré, ¡y no lo merece! ¡Nunca lo mereció! Siempre se queja de que “no tengo corazón, no tengo corazón”, como una patética cinta rallada de poemas depresivos, ¡NO! – Myô estaba empezando a sonreír desquiciadamente –. Si de veras no quiere tener corazón, yo haré realidad sus sueños…
La nave nunca me había parecido tan familiar y reconfortante. A los mandos, Ienzo ponía rumbo a Bastión Hueco; Lumiara leía tranquilo cerca de un ventanal, usando como marca páginas una rosa blanca. Mientras, Vero jugaba con un antiguo videojuego que ambas recordábamos con gusto. Y yo le daba vueltas al arma que tenía en las manos, la llave de metro y medio que brillaba con un fulgor rosáceo. Esa divinidad de Light era la segunda llavecita que me entregaba, parecía que quería que hiciera colección.
– Vero… – la aludida giró la cabeza, pausando el juego y dejando al protagonista a medio destrozar la cabeza de un enorme monstruo. Yo proseguí, pasando la yema de los dedos por la zona en la que líneas negras y rosas iban en continuo movimiento –. ¿Qué opinas sobre este cacharro?
Vero dejó el mando sobre la mesa y se acercó a mi de rodillas, tomando en sus manos la llave. La blandió secamente un par de veces y después negó con la cabeza.
– No había visto una espada así en mi vida. Llaves espadas, sí. Pero ésta… – Vero le daba demasiadas vueltas al asunto – Ésta ni siquiera parece verdadera.
Recogí mi arma y la miré. ¿Cómo que falsa?
– ¿Y una llave espada verdadera como es? – le repliqué, algo molesta.
Vero se levantó, con expresión divertida. Extendió su mano derecha y en ella apareció una llave de aspecto peculiar.
– Pero que demonios… – murmuré yo.
– Fíjate – dijo ella, mientras la blandía y hacía aparecer unas estrellitas en el aire, ahí por donde el filo de su espada cortaba –. Sientes una energía especial que va unida a tu corazón cada vez que la tienes en la mano.
– Eso es por que tú recuperaste tu corazón…
Mi gesto se ensombreció, notablemente. Era normal que Vero hubiera conseguido una de esas llavecitas, ella siempre había sido luz. La única luz que había en las vidas de nosotros trece, a pesar de que la hubiéramos intentado ahuyentar. Y Roeku había conseguido que ella recuperase su corazón de una manera impresionante. Casi imposible. Había cometido una gran estupidez al pensar que un objeto de luz iba ser entregado a la menda, una absoluta mercenaria que había hecho de todo para sobrevivir.
Vero hizo desaparecer su llave y me sonrió.
– No importa que tu no tengas una llave de esas. No la necesitas para combatir.
De debajo de su cama, saco un estuche doble de dimensiones considerables. Lo abrió con cuidado y lo giró encima de la cama, para que yo lo viera.
– Las compré hace mucho tiempo, por tu decimocuarto cumpleaños. Sabía que volveríamos a vernos y que tú… habías tomado un camino en el que un arma blanca era imprescindible. Por tanto, supe que serían perfectas para ti.
En el estuche de madera había dos simples espadas gemelas de metal afilado. Empuñaduras de terciopelo negro y azul, piedras engarzadas, hojas de acero brillante. No parecían nada divino ni mágico, excepto por la persona que me lo regalaba. Abracé con fuerza a mi amiga, provocando que chillara otra vez, y agarre las dos espadas con fuerza.
– ¡Mírame! ¡Soy una mercenaria completa! – solté una carcajada y me subí a la silla giratoria, blandiendo las espadas. Me encantaba hacer el payaso delante de Vero, provocaba en ella una risa descontrolada que era lo único que solventaba el vacío de mi interior.
Seguí dando vueltas, pero empecé a marearme al poco. Unas vueltas más tarde, sentí que las piernas dejaban de responderme y que caía. Grité y sentí como me iba a golpear contra el duro suelo, pero algo mullido me cogió.
– Tío, eres como dios, estas en todas partes… – dijo Vero, mientras se colocaba los brazos detrás de la cabeza y se tumbaba en su cama.
Yo miré a Lumiara, que curiosamente había entrado al oír mis gritos. Lo sabía por que su gesto indicaba sorpresa y alivio.
– ¿Vas a dejar de hacer el tonto? – me inquirió Lumiara, dejándome en el suelo. Menos mal que lo hizo, por que no me hubiera gustado estar más tiempo ahí arriba –. ¿Esta bruja ya te regaló sus espadas?
Vero sonrió ampliamente y se echó a un lado para intentar dormir. Lumiara tomó mis espadas y las observó, pasando un dedo por el filo de una de ellas.
– Siguen afiladas… – replicó él, viendo como una gota de sangre salía de uno de sus dedo –. Dejemos dormir a la bella durmiente y salgamos de aquí.
Hice caso a Lumiara y nos adentramos por uno de los pasillos de nuestra nave. Una puerta metálica con unas bonitas flores estampadas nos indicó que habíamos llegado a su compartimiento.
El ambiente cargado de aroma a rosas me resultó como un recuerdo que volvía a mí después de mucho tiempo. Lumiara se apoyó sobre una mesa y me miro con una sencilla sonrisa; quizá era su sencillez lo que tanto había echado de menos. Y probablemente, era algo que ni siquiera con Marluxia podía haber experimentado: parecía que la pérdida de su corazón había hecho que el tipo del pelo rosa hubiera perdido toda su delicadeza y su sensibilidad.
Por lo menos, él había sido el único que me había mantenido informada del estado de los míos. Había sabido que Roeku había entrado gustosamente en la vida de mi mejor amiga, que Lumiara, Relena, Ienzo, Elaeus y Even habían dejado atrás la curiosa forma de gobernar de Ansem. Probablemente, se trataba de la forma en la que pretendía dominar todos los mundos.
– ¿Y dónde has estado metida tanto tiempo, eh bicho? – me preguntó, devolviéndome las espadas y mirándome de arriba abajo mis nuevas ropas –. ¿De qué espantajo te has vestido?
– Oye, no me hables así… – le reproché yo –. Voy vestida como me da la gana…
Él, curiosamente, cogió una de mis coletas y la estiró hacia abajo.
– ¡Para! – grité.
– No. ¿Siguen tus mechas tan rosas? – Lumiara se acordaba perfectamente del numerito que monté cuando me teñí las mechas. Para ser exactos, puse el baño perdido de tinte fucsia. Desde entonces, Lumiara tiene un pequeño trauma con ese color de pelo. No me gustaría ver como reaccionaría delante de Marluxia –. ¿O te las renovaste de vez en cuando?
– Se me quemó el pelo – conté tranquilamente –. Y después salió otra vez el rosa y negro.
– Si es que eres una bestia… Cuantos botes utilizarías…
– Pues, unos cuantos, ya lo sabes…
Un golpe seco hizo tambalearse toda la nave, al igual de hacer caernos al suelo. Yo caí al suelo, haciéndome daño en las rodillas. Lumiara cayó cerca de mí, pero no respondía. Me asuste considerablemente al ver que ni siquiera abría los ojos. Me incorporé con cuidado, por culpa de los temblores de la nave, y tomé su cabeza en mis manos, mojándome con algo que después descubrí que era sangre.
Salí corriendo al pasillo, no sin antes depositarle sobre la cama, para evitar males mayores. Vero e Ienzo se habían dado cuenta del golpe y hablaban sobre un fuerte ataque enemigo. Había que aterrizar en el mundo más cercano, por no hablar de la gravedad de Lumiara.
– ¿Y ahora que puñetas hacemos, eh? – gritaba Vero, nerviosa. Ienzo la tomo por los hombros y la tranquilizo, mientras yo corría al puesto de mandos.
En una pequeña pantalla se podía ver todos los mundos y el rumbo hacia Bastión Hueco, que quedaba demasiado lejos para el penoso estado de la nave.
– ¡Ienzo, pon este cacharro rumbo a Nerthia!
Sí. Iba a volver a Nerthia, aquel agujero infecto de vampiros renegados, con mis mejores amigos, solo para salvarlos. Rogué a Vero que me ayudara a buscar el botiquín, cuando recordé el grandioso poder que tenía ella con las llavecitas. A pesar de todo, prefería curar tradicionalmente a Lumiara, no me fiaba de lucecitas verdes.
– ¿Pero qué es lo que ha pasado? – preguntó Vero, al ver la almohada manchada de Lumiara.
– Se ha golpeado con algún pico – respondí yo, angustiada, dándole la vuelta y apartando los mechones de cabello castaño claro que se habían teñido de rojo. Me estaba empezando a asustar muchísimo, y los ojos me escocían, pero debía ser fuerte; no quería flaquear en un momento así.
Vero me pasó trozos de algodón y yo pude observar la herida que se había hecho. Un picotazo sin mucha importancia. Limpié la herida y dejé que Vero se encargara de coserla. Ella era mucho más fuerte que yo en estos casos y las heridas abiertas y sangrantes.
– ¿Crees que podemos llevarle hasta el baño? – Vero guardaba los materiales en el pequeño botiquín que tenía en la nave.
– Prefiero mis maneras, Vero-san – y mis maneras nunca eran delicadas. Nunca. Pero si eran las más rápidas y efectivas.
Cuidando con la herida de la cabeza que tenía, levanté la mano y le di una buena bofetada en toda la cara. Su reacción… fue memorable para Vero y para mí.
Lumiara despertó al instante, agarrándome del cuello con tanta fuerza, que pensé que me arrancaba la cabeza. Vero chilló, e intentó apartarlo de mí, pero cuando Lumiara abrió los ojos y sintió el fuerte dolor del golpe en la cabeza, se dejó caer sobre la cama, dolorido, y apartando las manos de mi cuello.
– ¡Lu, ¿te encuentras bien?! – vaya pregunta que se me ocurría en un momento como aquel. Ienzo llamó a Vero para que le ayudara a aterrizar y yo me quedé con Lumiara otra vez. Me dediqué a vendarle la cabeza poco a poco y con cuidado de no hacerle mucho daño; al sitio al que acudíamos era probable que no pudiera cuidarle como aquí.
– ¿Qué ha pasado? – me preguntó con un hilo de voz.
– Algo nos golpeó. Tomamos rumbo hacia Nerthia – Lumiara abrió los ojos con fuerza, asustado, pero tuvo que vencerse otra vez sobre la almohada al sentir el pronunciado dolor en la cabeza –. No te preocupes, no nos pasará nada, te lo prometo.
– Pero volverás a estar rodeada de chupasangres… Te recuerdo que tú eres humana aún… – Lumiara parecía preocupado. No entendía el por qué, su cuello no iba a ser agujereado tres veces al día –. Sabes que no quiero que te pase nada.
– Es el lugar más cercano. Y Erik aún me debe una – su nombre me provocaba escalofríos –. Arreglaremos la nave y pondremos rumbo en busca de Lea, ¿vale?
Le aparté unos cuantos mechones de su flequillo, que escondía la mirada temerosa de Lumiara. ¿Cómo dos personas que, en teoría, son la misma, podían ser tan diferentes? Marluxia, a pesar de haber parecido un buen compañero, nunca sería igual que Lumiara. ¿Podía ser por su corazón, aun envuelto en oscuridad? Él alargó su mano y me acarició la mejilla, intentando sonreír.
– Anda, estate quietecito, y duérmete un rato, zalamero… – le repliqué yo, mientras me levantaba. Pero él, terco, me cogió de la camiseta y por poco me caigo al suelo. Le solté un manotazo y seguí mi camino, quería saber cuanto faltaba para llegar otra vez a Nerthia…
…y a su castillo.
Lejano del destino de Bianka, se encontraba Night, escuchando por décimo cuarta vez la misma canción silbada de Hika, que iba tranquilamente conduciendo la nave entre asteroides.
– Terminarás matándonos… – le espetó Night, sintiendo como sus tripas rugían de hambre. Hacía dos semanas que no probaba bocado.
– Nada… Tú tranquilo, que esto es como viajar por una autopista…
– Sí, pero llena de baches.
– ¿Qué pasa, traidorcito? ¿Es que no confías en Hika? – Hika desvió su mirada del horizonte para poner ojitos de carnero degollado.
– No.
Hika profirió algunos tacos por lo bajo y siguió conduciendo, cuando vio que la nave estaba recibiendo tripulantes de otra que se había adherido a ellos.
– ¡Mierda! ¡Hay gente dentro! ¡Jackall!
Night pudo ver como de uno de los compartimentos aparecía un gran hombre de piel azulada y mortecina, cual muerto viviente. Sus ojos blancos miraron con determinación a la puerta corredera y, armándose con una bayoneta que había por ahí, investigó quién había entrado, desapareciendo del campo de visión. El grito de dolor de un hombre les indicó que algo había sucedido, por lo que Hika y Night siguieron a Jackall, espantados al ver qué estaba ocurriendo.
Dos soldados vampíricos sostenían a un inconsciente y sangrante Jackall, que había caído al suelo. Hika corrió a socorrerlo, cuando no se dio cuenta de que aún quedaba un hombre por llegar.
– Hika… Tú y tus zombies… – le recriminó una voz grave desde las alturas.
Frente a ella, un hombre vestido cual nobleza del siglo quince, sonriendo con alargados y puntiagudos colmillos, enguantadas sus manos llenas de alargadas uñas, mientras unos ojos de matiz dorado la escudriñaban con la mirada, cubiertos de mechones de largo pelo anaranjado.
Hika ahogó un grito ahogado, pero el hombre dejó de mirarla y se dirigió al vampiro rubio, cuyos instintos de supervivencia habían quedado dormidos o peor, muertos. El desconocido esbozó una sonrisa antes de agarrar por el cuello a Night y levantarlo, con la mano descubierta y clavando sus uñas.
– Ahora me vas a decir dónde metiste a Blanche, bastardo – dijo él, con un tono de voz pausado y calmado, a pesar de que sus ojos echasen fuego.
– No te lo voy a decir, Erik… – refunfuñó Night, antes de que el aludido le soltara del cuello.
Erik se dio media vuelta, con su sonrisa eterna en sus finos labios. Miró momentáneamente a Hika, que se encontraba temblando al lado del cuerpo del zombi.
– ¡Llevadla a ella y al muerto viviente a los calabozos! En cuanto a ti… – una afilada uña de Erik le recorrió la línea de la mandíbula a Night –. Tengo planes mejores.
Night se estremeció, haciendo que toda su piel se erizase. Los dos soldados pusieron nuevamente rumbo al castillo del que provenía toda su desdicha. Escuchaba las quejas de Hika y los forcejeos con los guardias, y como Erik le agarraba del brazo, siempre clavando las uñas, para tirar de él hacia la maléfica construcción, el agujero de chupasangres por excelencia. Nerthia. Su castillo. Y su dueño, Erik Delacroix.
Toda esta escena también era vista por un peculiar personaje, que desde sus ojos amarillentos comprobaba como acababa de dar con un alijo que le iba a traer buena fortuna. Los labios del Dunpeal esbozaron una sonrisa y después fueron cubiertos por la tela que llevaba enroscada al cuello como bufanda. Se colocó bien el pico de su alargado y extraño sombrero y caminó despacio hasta estar frente al castillo que tanta fortuna le iba a traer.
– Pero… pero… – balbuceó Vero.
– Ni pero ni nada, Vero. No dejaré que arriesgues tu vida ni tu corazón ahí dentro. Yo no tengo nada que perder – añadí.
Y no era por hacerme la mejor ni la valiente. Era simplemente la más inútil de todo el grupo. Si perdíamos a Ienzo, perdíamos la única fuente de sabiduría para curar a Lumiara y arreglar la nave –sí, Ienzo era auténticamente un ratón de biblioteca–. Si perdíamos a Vero, todos moriríamos a manos los unos de los otros. Y Lumiara no contaba, porque se hallaba convaleciente y diciendo tonterías. Por tanto, yo, la única que había tenido suficientes experiencias en la vida como para morir sin problemas, podía salir ahí fuera, donde el aire era frío y cortante, rasgaba todo calor corporal que pudieras contener. El suelo lleno de finas piedras bajo mis botas crujía a cada leve paso, haciendo estremecer al más pintado, pero por suerte yo ya estaba acostumbrada. Y con botas más incomodas que estas.
Tuve que andar un gran techo desde que salí de la navecita hasta que divisé el gran castillo alzado al más puro estilo gótico. Desmembraba al cielo azul en cien partes verticales que harían gemir de terror hasta al más valiente de los hombres de la tierra. Y yo no era menos. La primera vez que lo ví, estaba demasiado pendiente como para contemplarlo, pero aquella noche tenía un brillo, una luz especial. Era el gran castillo de Nerthia lo que todos los ciudadanos de aquel mundo temían más que nada. Y a su dueño.
Ensimismada en la arquitectura del gigante horizontal, no me percaté como alguien había seguido arduamente mis pasos y ahora estaba a punto de partirme por la mitad con una delgada espada. Escuché como la maldita se desenvainaba y agarré las espadas nuevas, cuando ellas fueron más rápidas que mi torpe mente. Se cruzaron y evitaron que la espada me atravesase, dejando al descubierto a mi atacante.
Era un hombre, vestido con una brillante armadura de color negro, en cuyo pecho lucía un cristal de color púrpura. El resto de su cuerpo era ocultado por una larga y ondeante capa. Larga melena castaña y ondulada bajo un sombrero de aspecto peculiar. Los labios cubiertos y los ojos, ¿plateados?, escondidos en la sombra del ala puntiaguda del sombrero. Aún así, pude ver una chispa de sorpresa en su mirar.
– Bravo… Ahora me explicarás para qué querías partirme en dos.
Mi voz le resultó graciosa o mis oídos me engañaban al escuchar una leve risa detrás del pañuelo. Debieron engañarme, ya que seguía mirando tan fríamente como antes.
– ¿Qué se supone que estás haciendo aquí, niña? – me preguntó él, con una voz grave y profunda que imponía respeto –. Sabes que esto es un agujero de vampiros, ¿verdad?
– No, vengo de turismo, no te fastidia… – le recriminé yo, jugueteando con mis espadas –. ¿Y tú? ¿Quién eres tú?
– D.
– Om. Bonito nombre – me burlé yo, caminando otra vez en dirección al castillo. Su silencio me extrañó, cuando vi que caminaba en la misma dirección que yo –. ¿Me estás siguiendo?
– Sólo tengo el mismo camino que tú.
Me callé y seguí caminando en silencio. Me fastidiaba que un tío que había estado a punto de matarme me estuviera pisando los talones, clavando su pétrea mirada en mi nuca. Pensé en si era peligroso para mí, pero no, no tenía pinta de matar. Al menos, no humanos.
“D, vaya nombre. Si es que se le puede llamar nombre, eso parece más bien una letra” pensé yo, mientras le miraba de reojo. En pocos minutos, casi me había adelantado y ya faltaba poco para entrar en el castillo. ¿Tenía que hacer las paces con ese cretino solo por que estábamos en el mismo bando?
– Me llamo Bianka – me presenté, pero él ni me miro. ¿Qué coño…? –. ¿Vienes de visita al castillo?
– Vengo de turismo.
Zas. En toda la boca. Mister simpatía no parecía querer hablar, por lo que seguí caminando a su par. Le miré por segunda vez de arriba abajo, para comprobar que realmente llevaba una armadura. ¿Eso no era incómodo?
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