Feni abrió los ojos con cuidado, con temor a encontrarse otra vez con aquella nada de color negro. Sin embargo, el dulce aroma del desayuno –si su nariz no la engañaba, eran tortitas–, y la tibia luz del sol de la mañana que se colaba entre las cortinas y bañaba su rostro le indicaba que estaba sana y salva en la habitación de Roxas.
Se levantó con decisión de la cama y buscó su ropa del día anterior. La hizo un atillo y se la llevó al baño, dejándola encima de la tapa del wc mientras se duchaba. El agua estaba demasiado fría para su gusto, pero bastaba poner sus dos manos en el grifo como para calentarla.
De repente, al aclararse el pelo enjabonado, descubrió como su precioso color de pelo naranja… ¡se iba por el desagüe! Bajo el rojo anaranjado que había cobrado su pelo el día anterior, aparecía pelo de color negro y unas cuantas mechas rosas por todas partes. Feni se asustó tanto que tuvo que agarrarse a las cortinas de la ducha. ¿Qué estaba sucediendo?
Se secó y se puso la ropa del día anterior, que seguía oliendo a nuevo. Bajó las escaleras de la casa de dos en dos y se situó al pie de un gran salto, entrando en la cocina.
– Mi madre nos ha dejado unas tortitas recién hechas antes de irse – explicó Roxas, sonriente, con la boca llena –. ¡Prueba algunas!
– Muchas gracias, Roxas – respondió ella, cogiendo un par de tortitas y dejándolas en un plato.
El desayuno transcurrió en silencio, mientras Feni se echaba sirope de fresa y chocolate en las dos tortitas, hasta que Roxas se percató de su nuevo color de pelo.
– ¿¡Qué le ha pasado a tu pelo!? – preguntó él, dejando de golpe el tenedor sobre su plato.
– No tengo ni la menor idea. Yo solo me lo he lavado… – Feni miró los mechones de su flequillo, ahora negro y rosa –. Creo que podré acostumbrarme.
– Es increíble, eso quiere decir que este es tu color natural, ¿no es así? – Feni asintió, con un coletero en la boca, mientras se ataba el pelo en dos coletas altas –. Vaya, los demás van a flipar cuando te vean…
– Yo casi me caigo de la ducha cuando lo he visto… – murmuró Feni, dejando su plato en la pila y acompañando a Roxas hasta la salida.
El plan que tenían los cuatro chicos y ella era marcharse a la playa. Pero el dinero no les daba para mucho, ya que habían celebrado demasiado su victoria en el campeonato de Struggle. Por tanto, se dirigieron a la estación a terminar sus deberes; una redacción sobre “Las Siete Maravillas” de las Terrazas del Atardecer.
Pasaron parte de la mañana y de la tarde en aquella zona de Villa Crepúsculo. El sol siempre estaba poniente en aquel lugar y todo estaba iluminado de luz naranja. Feni echaba de menos su color de pelo, pero no le importaba, se lo estaba pasando bastante bien con aquellos nuevos amigos. Sin embargo, sabía que había algo que fallaba en todo eso.
Cuando se daba la vuelta de vez en cuando, sentía el temor y la mirada de algún desconocido en ella. Cierto era que llamaba la atención con aquellas ropas. Pero no era ese tipo de mirada. Le daba la sensación de que alguien la estaba espiando.
–Roxas, Feni… Vosotros vais a mirar la última parte, es aquella explanada de ahí – explicó Hayner, con un mapa en la mano en el que ya había cinco equis situadas en cada lugar donde no había nada misteriosa.
Roxas y Feni se pusieron en camino en la empinada cuesta. De ella, bajaban muchas parejitas acarameladas. Roxas miró a Feni con diversión, le parecía todo demasiado pasteloso. En cambio, a Feni le resultaba un poco doloroso, sentía dentro de ella como si también hubiera sentido eso alguna vez.
– ¡Venga, date prisa, no vamos a ver el tren fantasma! – le replicaba Roxas, tirando de los manguitos de la chica.
– ¡No tires, pesado! ¿Sabes lo que han costado estos manguitos? – gritó ella, intentando soltarse de él.
Roxas siguió tirando de ella hasta chocarse con un hombre que estaba a la entrada de la plazoleta. Era un hombre orondo, que vociferaba para atraer a los turistas.
– ¡Oh, qué preciosidad! ¡Una parejita! ¡Y qué jóvenes! – replicó el hombre en alta voz. Los chicos se sonrojaron por completo.
– ¡No-no somos pareja! – replicó Roxas, levantándose del suelo.
– Oh, vaya, no lo quieren reconocer… Qué adorables… – siguió hablando el hombre, cuando alguien tomó del brazo a Feni.
– No, es mi pareja, así que deje de emparejarla con quién no debe.
Feni seguía mirando a Roxas, mientras escuchaba aquella voz tan familiar. No caía en la cuenta de quién era, pero extrañamente mantuvo la farsa hasta llegar a una de las barandillas de la plazoleta, donde descubrió a su secuestrador.
Era otra vez aquel indeseable tipo pelirrojo. Se apoyaba en la barandilla con los codos, mirando la ciudad que tenían bajo ellos, sin aquella capa con la que le había visto la primera vez.
– ¿¡Qué puñetas haces aquí!? – preguntó la chica, gritando. ¿Por qué Roxas tardaba tantísimo?
– ¡Tú sabes algo que yo no sé! – replicó el pelirrojo, cogiéndola de los hombros –. ¿Qué te ha pasado en el pelo?
– Eso no es de tu incumbencia, joder… – Feni empezó a acumular fuego en sus manos y le prendió las manos en ambos brazos. Él las extinguió con facilidad, apenas dando un par de golpecitos con las manos–. Yo no sé nada de ti, ¿comprendes?
– No mires para allá más tiempo. Roxas está congelado, como todos los demás, y seguirán así hasta que no me cuentes qué tienes que ver tú con mi pasado.
– Em… ¡Nada! – respondió la chica –. Ahora déjame largarme de aquí.
Feni intentó huir tranquilamente, pero Axel la volvió a agarrar del brazo, dándole la vuelta y mostrándole algo que colgaba de su mano.
– ¿Realmente no sabes qué es esto? – Axel permanecía muy serio, mirando a aquella chica tan familiar de la que no recordaba nada.
Feni miraba la llamita de plata que colgaba de sus manos. La intentó coger, pero Axel la retiró.
– Devuélvemelo – ordenó ella, pero Axel negó con la cabeza.
– No lo haré hasta que me digas quién te la regaló.
– ¿Para qué quieres saberlo? No tiene nada que ver contigo.
– ¿De verdad que no? Curiosamente, yo controlo el fuego, y esto tiene forma de llama…
Axel la dio la vuelta, mientras le ponía el colgante al cuello. Feni tembló. Aquella situación era demasiado familiar, ¡era un dejà vu demasiado grande!
“Entonces él sonrió y colocó el colgante en el cuello de Bianka. La giró, con su sonrisa, y la abrazó, cálidamente. Todo en él era extrañamente cálido. Bianka se separó, y miró lo que ponía al dorso de la llama…”
– “…de Lea para Bianka. Para siempre” – rezaba en letras diminutas la letra del mismo Lea.
– ¿Quién es ese Lea? – preguntó Axel, sin comprender, mirando con ella la llamita. De repente, vio una lágrima asomar de uno de los ojos de la chica.
– Alguien importante para mí – respondió la chica, mirándole. Era demasiado duro saber que el único atisbo viviente de Lea estuviera frente a ella… y él no tuviera ni idea de quién era.
Pero Axel volvió a mirarla, como si algo no encajara. Solo la había visto una vez en su vida, pero extrañamente la reconocía. Difícil de explicar, fácil de sentir. Sus labios dibujaron una sola palabra, que él no había asociado antes a la chica.
– ¿Eres Bianka, no es cierto? No es que alguien te llame así. Tú realmente te llamas Bianka. Esa eres tú de verdad. Has intentado ocultarte tras muchos nombres, solo para alejarte de quién realmente eres. Y sé quién eres…
Axel estaba demasiado extrañado. No tenía ni idea de que estaba sucediendo. Era como si otro se estuviera apoderando de su cuerpo. De repente, del cuello de su camiseta de tirantes, asomó una especie de tatuaje que nunca antes había aparecido. Era un símbolo de un corazón con un aspa en el centro, rojo y negro.
– ¿Pero qué co…? – Axel sintió como su garganta cambiaba –. Bianka, no sé que está pasando aquí…
Feni veía como uno de esos sincorazones que tan familiares le resultaban estaba introduciéndose en el cuerpo de Axel. Se estaba asustando, era como si temiera realmente por su vida. Hizo aparecer su llave espada y golpeó a Axel, pero ésta le atravesó como si el pelirrojo no existiera.
Aterrada, siguió caminando hacia atrás, cuando se golpeó con fuerza en la espalda con la barandilla. Eso la hizo reaccionar, pero no podía hacer nada, Axel parecía también congelado, y todo su alrededor se estaba volviendo otra vez borroso. Era demasiado para ella.
Sus fuerzas le abandonaron y ella cayó por la barandilla, sin consciencia, pero con la terrible sensación de que su vida volvía a pender de un hilo…
…y que solo una persona le podía hacer volver.
“Dónde quiera que estés…
Lea, mi vida… Ya no puedo soportar más todo esto. He pasado de ser un experimento a la esclava de unos vampiros, de una mercenaria a un bonito fénix que se despluma en mentiras.
Me estoy muriendo solo para encontrarte, y no sé donde demonios buscarte ya. He cambiado tantas veces como lugares en los que te busqué. Norte, sur, este u oeste, son todos iguales para mí. Mis rodillas no tienen piel de las veces que caí sobre ellas, desolada, ya que cada esfuerzo es más inútil y vano que el anterior.
Ahora vuelvo a caer en esta maldita oscuridad, dedicándote estos bellos pensamientos y sin saber que hacer. Probablemente, era una trampa, otra trampa de la señoritinga Light. Estoy muy harta de ella, juega con mis sentimientos como si recortara trozos de videos para unirlos y formar una bonita mezcla a la que se añade una canción y se sube al Youtube.
Quiero volver a ser Bianka. Quiero volver a nuestras Islas del Destino, donde nos aburríamos de vacaciones; a nuestro castillo de Bastión Hueco, donde guardamos tantos recuerdos, o volver a mi antiguo mundo, donde nos conocimos. Me da igual ir donde sea. Sólo quiero volver junto a ti…
Ni Blanche…
Ni Réquiem…
Ni Fenixia…
Solo Bianka.”
Caer. Caer, caer, caer y más caer. Me estaba empezando a aburrir. De vez en cuando, veía llamas que se despojaban de mi cuerpo, como lo que se desintegra sin más. Estaba perdiendo lo poco de fénix que me quedaba, además del de mi pelo. Era una caída libre en la que parecía no tener fondo. Y sabía por qué sucedía eso. Era mi límite. Ya no podía caer más bajo.
Hm, podía sentir prácticamente el pútrido aliento de la muerte en mi cara, sus largos y esqueléticos dedos sobre mi cuello, haciéndome exhalar mi último suspiro. Me giré, intentando ver algún tipo de fondo. Entonces lo ví.
Había aparecido de la nada, una de esas vidrieras de recuerdos, tan familiares para mí. Era la tercera vez que caía en una de esas, rodeadas de nada infinita. Me di de morros contra ella, sintiendo un fuerte dolor en mi nariz y en mis labios.
– Light… esto se está convirtiendo en una maldita costumbre.
En efecto, la mujer de cabellos blancos hecha prácticamente de luz se acercó grácilmente hasta mí, con una hermosa sonrisa.
– Creo que tu amiguito Axel te ha ayudado a comprender la realidad… – habló ella, sonriente, mientras yo la miraba con recelo.
– Ya, bueno, pero era otra de tus estúpidas trampas… – me sacudí el polvo que había caído en mis botas y en mi falda, además de volver a tener las rodillas doloridas –. ¿Para qué me has traído esta vez?
Light dio una vuelta a mi alrededor y tomó una de mis coletas con sus manos delgadas y blancas.
– ¿Te das cuenta de que no sirve de nada ocultar la realidad? – su mano llegó hasta mi cuello, donde descansaba la llamita –. Solamente hay alguien que podrá ayudarte a comprender la realidad. Y es la persona que te ha buscado por cielo y tierra desde hace mucho tiempo…
– ¿Quién, el tonto de Lumiara? – pregunté con ironía.
– No precisamente… – Light abrió una mano y sobre ella apareció una nube de color blanco, cuyo interior era como una pantalla. En ella se veía a alguien, en el antiguo castillo de Nerthia, preguntando por alguien. Después, ese alguien marchaba hasta Bastión Hueco y volvía a preguntar, sin obtener resultado. Aquella persona se sentó en una de las Terrazas del Atardecer y rompió a llorar, desesperado, cuando dos tipos enormes de extraños ropajes le tomaron por los hombros y lo dejaron inconsciente a golpes.
– Bueno, ¿le has reconocido? – preguntó Light, algo impresionada por la somanta de leches que le habían dado a ese chico.
– Pues… no. Desde luego, Lumiara no era. Él tiene el pelo bastante más desordenado – reí yo, ingenuamente. Light negó con la cabeza, algo frustrada, e hizo reaparecer la nubecita.
– ¿De verdad que solo Lumiara está preocupado por ti?
Como si millones de cristales cayeran sobre mi negra alma, se reflejó en la nube mágica apareció el dulce rostro del maldito que llevaba buscando cuatro años. No era otro si no Lea, que se había pasado esos cuatro años también buscándome. La realidad era tan sádica como una broma macabra del destino. Mordí mis labios, intentando comprender lo que significaba aquello.
– E–es imposible… – retrocedí asustada, titubeando –. Si Lea me ha estado buscando, ¿¡por qué nunca nos cruzamos!?
– ¿Estás segura de que nunca lo hicisteis? – Light volvió a poner una imagen diferente, una que había recordado hace relativamente poco. Yo corría desesperada a socorrer a un vampiro rubio, y alguien nos miraba. No podía creerlo, pero… aquel que había herido al otro vampiro…
“…mientras otra figura le miraba desde una ventana cercana. No pude ver su rostro, solo veía su silueta dibujada sobre la luna llena.”
– ¡¿Pero por qué no me dijiste esto la primera vez que llegué aquí?! – intenté agarrar a Light, pero su luz se deslizó entre mis dedos, como si no fuese digna de tocarla –. ¡Light! ¡Lea está en peligro ahora!
– Tranquila. Lea está… herido, pero no va a morir – Light cuidaba demasiado sus palabras, sabía que lo que ella acababa de hacer había provocado una profunda ira dentro de mi ser –. Pero, dime, ¿vas a seguir buscándole?
– Pues claro. Hasta debajo de las piedras. Hasta mi propia muerte.
– Entonces… necesitarás esto – Light había hecho aparecer otra bonita llave de dimensiones desproporcionadas. Casi un metro y medio de largo. Ésta era más acorde conmigo, tenía zarzas tribales como motivo en la empuñadura y la hoja era una barra de líneas rosas y negras en continuo movimiento. El llavero, esta vez, era una preciosa flor blanca de cuatro pétalos –. Espera. Cuando empuñes esta llave, todos tus recuerdos volverán. El shock producido puede ser demasiado fuerte, recuperarás toda tu memoria, los buenos momentos… y los peores – la llave se transformó en la flor del llavero y Light me la entregó, sonriendo –. Sé feliz. Y encuentra a Lea.
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