El día en el que mi mundo, del que ya no recuerdo su nombre, quedo reducido a la más ruin miseria. Mis padres eran muchas de las victimas que la horrible masacre se había cobrado. Nada ni nadie había sobrevivido, excepto yo.
Veía el mundo desde mis ojos de niña; como todo había quedado arrasado y aun ardiente. Las ruinas de lo que antes eran edificios y construcciones: ahora solo eran escombros. Una tímida lágrima rodó por mi mejilla, cuando sentí que me levantaban y me cogían en brazos.
Se trataba de un joven, de cabellos blancos, con la tez morena y los ojos marrones. Sonreía amablemente y estaba acompañado de un hombre maduro de pelo rubio y tez sabia.
– Xenahort, ¿es la única? – pregunto aquel hombre, mirándome con recelo.
– No, señor. Dilan ha encontrado a otro chico, bastante más mayor que la chica. Creo que se llama Ienzo.
– Hmm, entendido... – titubeo el hombre. Yo seguía temblando asustada en el regazo de aquel a quien habían llamado Xenahort –. En tal caso, dile a Lea que abra nuestro paso.
Quizá fuese la primera vez que le vi. Era bastante más mayor que yo, cinco años supongo. Sin embargo, su sonrisa calida estaba como siempre en su rostro.
Aquel llamado Lea se interpuso en el fuego, sin sufrir ningún daño. Después, extendió los brazos y las llamas desaparecieron de aquel tramo.
El hombre rubio pasó por delante de nosotros seguido de dos enormes hombres que llevaban a un chico joven en sus brazos, desmayado. Tras ellos, iban otros dos más, otro con el cabello rubio recogido en una coleta y el otro con el pelo negro canoso.
Finalmente, entre las luces anaranjadas de las llamas, pasamos nosotros. Xenahort me miraba con dulzura, mientras yo permanecía asustada agarrada a los cuellos de su bata. Subimos a una nave y nos perdimos en el firmamento, como mi recuerdo en el cielo estrellado de Bastión Hueco.
Veía el mundo desde mis ojos de niña; como todo había quedado arrasado y aun ardiente. Las ruinas de lo que antes eran edificios y construcciones: ahora solo eran escombros. Una tímida lágrima rodó por mi mejilla, cuando sentí que me levantaban y me cogían en brazos.
Se trataba de un joven, de cabellos blancos, con la tez morena y los ojos marrones. Sonreía amablemente y estaba acompañado de un hombre maduro de pelo rubio y tez sabia.
– Xenahort, ¿es la única? – pregunto aquel hombre, mirándome con recelo.
– No, señor. Dilan ha encontrado a otro chico, bastante más mayor que la chica. Creo que se llama Ienzo.
– Hmm, entendido... – titubeo el hombre. Yo seguía temblando asustada en el regazo de aquel a quien habían llamado Xenahort –. En tal caso, dile a Lea que abra nuestro paso.
Quizá fuese la primera vez que le vi. Era bastante más mayor que yo, cinco años supongo. Sin embargo, su sonrisa calida estaba como siempre en su rostro.
Aquel llamado Lea se interpuso en el fuego, sin sufrir ningún daño. Después, extendió los brazos y las llamas desaparecieron de aquel tramo.
El hombre rubio pasó por delante de nosotros seguido de dos enormes hombres que llevaban a un chico joven en sus brazos, desmayado. Tras ellos, iban otros dos más, otro con el cabello rubio recogido en una coleta y el otro con el pelo negro canoso.
Finalmente, entre las luces anaranjadas de las llamas, pasamos nosotros. Xenahort me miraba con dulzura, mientras yo permanecía asustada agarrada a los cuellos de su bata. Subimos a una nave y nos perdimos en el firmamento, como mi recuerdo en el cielo estrellado de Bastión Hueco.
Eché un vistazo al panorama que había en el interior de la casa: Saïx dormía hecho un ovillo en frente de la chimenea, como si fuera un pequeño cachorro; Marluxia se había quedado dormido igualmente sobre un libro que había encima de la mesa y Night emitía sus suaves respiraciones desde su habitación. Solo faltaba Axel, que probablemente se encontrara en el baño. Yo me dirigí mareada hacia mi habitación, sin saber que sucedía, cuando…
Night se despertó, frotándose los ojos e incorporándose, cuando tuvo que levantarse y cogerme en brazos. Me había desplomado nuevamente sobre el suelo, aunque estaba consciente.
– Night… ¿sabes algo de Lea…? – murmuré yo, mientras me arropaba y se tumbaba a mi lado.
– Ya hablaremos mañana, Réquiem. Debes dormir, por favor.
…pero yo apenas podía dormir…
Night se despertó, frotándose los ojos e incorporándose, cuando tuvo que levantarse y cogerme en brazos. Me había desplomado nuevamente sobre el suelo, aunque estaba consciente.
– Night… ¿sabes algo de Lea…? – murmuré yo, mientras me arropaba y se tumbaba a mi lado.
– Ya hablaremos mañana, Réquiem. Debes dormir, por favor.
…pero yo apenas podía dormir…
A la mañana siguiente, amanecí incomoda. No sabía por qué pero al abrir los ojos me di cuenta.
Tenía numerosas enredaderas llenas de bonitas rosas de color rojo atrapando brazos y piernas. Si me movía aunque fuera un milímetro, notaría como las espinas de las enredaderas rasgarían mi piel. No era plan de moverse. Solo se podía hacer una cosa…
– ¡MARLUXIA!
Como era de esperar, apareció prontamente, apoyado en la puerta de mi habitación. Maldito maniaco, ¿Qué le había llevado a atarme de aquella forma? Me miraba con una sonrisa sinuosa, sin aquella pesada chaqueta negra, solo con la camiseta de tirantes. No parecía muy alarmado, es más, le divertía verme así.
– ¿¡Quieres soltarme, maldito!? – grité yo, pero él se rió grácilmente.
– Los demás se han ido a buscar pistas sobre Roxas. Me han dejado a tu cargo. Y tú me tienes que conducir hasta alguien, señorita…
Marluxia se acercaba peligrosamente hacia a mí, cuando chasqueó sus dedos y consiguió incorporarme sobre la cama con la ayuda de sus florecillas. Intentando asustarme o intimidarme, se colocó encima de mí sonriendo malévolamente.
– Tú debes saber dónde está Myô.
– ¿My-Myô? – extrañada, miré hacia el techo. No había escuchado ese nombre en mi vida –. ¿De quién estás hablando?
– No te hagas la tonta, vamos, sé que sabes dónde está.
– No sé quién es Myô.
– Quizá esto te lo recuerde.
No se me ocurría ningún adjetivo para definir a Marluxia en el momento en el que tuvo la bonita idea de besarme. Con la mayor de las fuerzas e hiriendo mi brazo derecho, le empujé de tal forma que lo tiré de la cama. Aunque… tenía que reconocer que aquella situación me resultaba familiar.
– Estás sangrando por el brazo.
Era cierto, tenía numerosos arañazos por culpa de las zarzas, que poco a poco iban deslizándose por mi piel sin causarme daño y liberándome.
– Maldito pervertido, no tengo ni idea de quién me hablas – fruncí el ceño. Él parecía dispuesto a repetir su numerito, cuando un disparo le cortó un mechón de su cabello rosáceo –. ¡Night!
– Me descuido un momento y ya intentan violarte. Ni que fueras un sex symbol, Réquiem…
– ¡Eh! ¿Me estás llamando fea? – le grité yo, divertida. Sabía que no lo decía en serio. Me puse los primeros pantalones que encontré en mi maleta y le di un beso en la mejilla a Night, mientras Marluxia me miraba con sorpresa y miedo. Me acerqué a él y le agarré del cuello de la camiseta –. Y tú… como vuelvas a intentar algo parecido… – pasé una de mis uñas por su cuello, formando una línea perfecta que le erizó la piel. Sonreí y le dejé caer sobre el suelo. Era tan idiota…
En el salón, Saïx tecleaba en un portátil, intentando encontrar algún rastro de incorpóreos en el mundo en el que estaban. Sin embargo, lo único que había parecido a un cascarón vacío eran ellos tres.
– Genial… – murmuró Saïx, cerrando la tapa del portátil, cuando alguien llamó a la puerta. Me acerqué a abrir, cuando alguien tiró de mí hacia arriba.
– ¡Réquiem! – escuché gritar a Night. Demasiado tarde, chaval.
Me tapaban la boca mientras me sujetaban con fuerza, era del todo incómodo. Pataleé, pero no sirvió de nada. Hasta que una chica con el pelo rubio oscuro y puntiagudo se situó delante mía.
– Suéltala, Jackall.
Tenía numerosas enredaderas llenas de bonitas rosas de color rojo atrapando brazos y piernas. Si me movía aunque fuera un milímetro, notaría como las espinas de las enredaderas rasgarían mi piel. No era plan de moverse. Solo se podía hacer una cosa…
– ¡MARLUXIA!
Como era de esperar, apareció prontamente, apoyado en la puerta de mi habitación. Maldito maniaco, ¿Qué le había llevado a atarme de aquella forma? Me miraba con una sonrisa sinuosa, sin aquella pesada chaqueta negra, solo con la camiseta de tirantes. No parecía muy alarmado, es más, le divertía verme así.
– ¿¡Quieres soltarme, maldito!? – grité yo, pero él se rió grácilmente.
– Los demás se han ido a buscar pistas sobre Roxas. Me han dejado a tu cargo. Y tú me tienes que conducir hasta alguien, señorita…
Marluxia se acercaba peligrosamente hacia a mí, cuando chasqueó sus dedos y consiguió incorporarme sobre la cama con la ayuda de sus florecillas. Intentando asustarme o intimidarme, se colocó encima de mí sonriendo malévolamente.
– Tú debes saber dónde está Myô.
– ¿My-Myô? – extrañada, miré hacia el techo. No había escuchado ese nombre en mi vida –. ¿De quién estás hablando?
– No te hagas la tonta, vamos, sé que sabes dónde está.
– No sé quién es Myô.
– Quizá esto te lo recuerde.
No se me ocurría ningún adjetivo para definir a Marluxia en el momento en el que tuvo la bonita idea de besarme. Con la mayor de las fuerzas e hiriendo mi brazo derecho, le empujé de tal forma que lo tiré de la cama. Aunque… tenía que reconocer que aquella situación me resultaba familiar.
– Estás sangrando por el brazo.
Era cierto, tenía numerosos arañazos por culpa de las zarzas, que poco a poco iban deslizándose por mi piel sin causarme daño y liberándome.
– Maldito pervertido, no tengo ni idea de quién me hablas – fruncí el ceño. Él parecía dispuesto a repetir su numerito, cuando un disparo le cortó un mechón de su cabello rosáceo –. ¡Night!
– Me descuido un momento y ya intentan violarte. Ni que fueras un sex symbol, Réquiem…
– ¡Eh! ¿Me estás llamando fea? – le grité yo, divertida. Sabía que no lo decía en serio. Me puse los primeros pantalones que encontré en mi maleta y le di un beso en la mejilla a Night, mientras Marluxia me miraba con sorpresa y miedo. Me acerqué a él y le agarré del cuello de la camiseta –. Y tú… como vuelvas a intentar algo parecido… – pasé una de mis uñas por su cuello, formando una línea perfecta que le erizó la piel. Sonreí y le dejé caer sobre el suelo. Era tan idiota…
En el salón, Saïx tecleaba en un portátil, intentando encontrar algún rastro de incorpóreos en el mundo en el que estaban. Sin embargo, lo único que había parecido a un cascarón vacío eran ellos tres.
– Genial… – murmuró Saïx, cerrando la tapa del portátil, cuando alguien llamó a la puerta. Me acerqué a abrir, cuando alguien tiró de mí hacia arriba.
– ¡Réquiem! – escuché gritar a Night. Demasiado tarde, chaval.
Me tapaban la boca mientras me sujetaban con fuerza, era del todo incómodo. Pataleé, pero no sirvió de nada. Hasta que una chica con el pelo rubio oscuro y puntiagudo se situó delante mía.
– Suéltala, Jackall.
No había cambiado mucho desde la última vez que la vi, auxiliando a aquel maldito hombre que ahora me impedía escapar.
El matón que tenía a la espalda, de piel extrañamente grisácea y cabellos lacios y negros me liberó mientras la otra chica se sentaba de piernas cruzadas y me miraba con una sonrisilla graciosa.
– Tú, señorita extraña y llorica, tenemos un mensaje de Light para ti.
– Suéltame o os mato – eché mano a la espalda, buscando mi espada, pero no estaba ahí. Mierda.
– Armas conmigo no bastan, señorita Bianka.
Eso ya fue repentinamente demasiado. ¿¡Bianka!? ¿¡Como osaba llamarme así!? Si no fuera porque aquel enorme gorila que tenía detrás de mí agarraba fuertemente mis muñecas, la habría tirado del tejado donde estábamos.
– Quién eres, eso no deberías olvidarlo, Bianka – repitió la joven, clavándome una profunda mirada.
Suspiré profundamente y rehuí de su mirada verdosa. Jackall dejó de apretarme cuando vio que yo ya no ejercía ninguna resistencia.
– ¿Qué te ha pasado, Bi? Antes… no eras así…
Hikari miraba irremediablemente mis cabellos lacios y oscuros, en otra época de color rosa y negro. Mis ropas también habían cambiado. Yo entera había cambiado, pero pensé que nadie se daba cuenta de ello.
– Has visto como es la vida que querías, ¿no? ¿No crees que es hora de volver…
…al presente?
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