A la mañana siguiente, un ruido procedente de mi habitación me despertó. Aturdida por haberme despertado tan rápido, me incorporé y froté los ojos, cuando no di crédito a lo que veía.
Lea estaba atado en el suelo, de rodillas. Tenía muchas heridas en los brazos y en el pecho, donde brillaba como la sangre el rojo del tatuaje sincorazón.
– ¡Lea!
Sin embargo, él despareció, y en su lugar, apareció otra figura. Sus cabellos blancos enmarcando una tez morena, ojos naranjas... no, no era Xemnas. Era Ansem.
Ahogué un chillido y me preparé para coger mi espada roba-corazones, siendo demasiado idiota como para no darme cuenta de que no surtiría ningún efecto. El gran sincorazón que tenía detrás de él me golpeó, lanzándome por los aires y estampándome contra una pared. Me sentía terriblemente débil, probablemente se debía a la proximidad que tenía con Ansem.
– A-Ansem... – murmuré, notando como el metálico sabor de la sangre llegaba a mis labios.
– Vaya, vaya... Mira que traidora desertora hemos encontrado aquí... ¡Isa! – gritó, mientras notaba como dos brazos terminados en garras afiladas me cogían. Un gruñido como el de un lobo resonó tras de mí –. Esta vez, no estará tu vampirito para salvarte...
– Oye, Réquiem, que se me ol...
Quién había abierto la puerta era Axel, que miraba con confusión la escena. Tras verme atrapada en una especie de “Saïx moreno”, hizo aparecer sus chakrams rodeados de fuego.
– ¡Axel, insensato, lárgate! – grité yo, pero era demasiado tarde, Ansem ya lo había visto. Además, Isa me había tapado la boca con una de sus garras. ¡A mí no me callaba nadie! Mordí la garra, cayendo al suelo y corriendo hacia Ansem, desviando uno de sus ataques. Pero su sincorazón fue más rápido y golpeó en el pecho a Axel.
¿Qué podía hacer en aquel momento? El destello plateado de aquella llave espada que parecía más de adorno que de otra cosa me distrajo. ¿Debía cogerla? Por probarlo, no perdía nada. Por tanto, defendí a Axel, que yacía otra vez en el suelo, mientras Ansem miraba con recelo mi nueva arma.
– Pero que... ¿tú también te apuntaste a esa estúpida moda? – me replicó Ansem –. Y parece que has encontrado un sustituto perfecto para Lea... Que adorable es mi aprendiz...
– ¡Cállate! – grité yo, no soportaba la idea de remplazar a Lea.
– Oh... ya verás cómo le gustará saber esto... – Ansem rió con ganas e hizo desaparecer a su sincorazón, asegurándose de que Axel le escuchaba bien –. Al final, tendrás que decidir entre ellos dos...
Isa se acercó corriendo a Ansem y ambos marcharon consumidos en una sombra negra. Yo me giré, sin preocuparme mucho por el pelirrojo. Eran sincorazones y no demasiado fuertes lo que siempre le tiraban al suelo.
– ¿Te duele mucho? – pregunté cortésmente.
– Psche... Como siempre que hablo contigo... acabo mal parado.
– Gracias por ayudarme – intentaba agradecer yo. Estaba roja, aunque yo no lo sabía.
– De nada... Pero... ¿a qué se refería con ese tal Lea?
– Em... no es nada... – el silencio volvió a reinar en la habitación. Yo me ponía mis pantalones negros y las botas, junto me abrochaba la chaqueta. Él miraba por el balcón la eterna oscuridad del Mundo Inexistente. De repente, recordé algo preocupante –. Axel, ¿Qué va a pasar ahora?
– ¿Eso no me lo tendrías que decir tú? ¿Quién eran esos dos? Me recordaban mucho a dos que yo conozco...
– Eso... no te debe preocupar. Sólo quiero saber si... bueno, Roxas ya está encontrado y desaparecido, ¿no? Si me volvéis a necesitar, me llamáis y todo eso...
– ¿Tan mal estás aquí?
Lea estaba atado en el suelo, de rodillas. Tenía muchas heridas en los brazos y en el pecho, donde brillaba como la sangre el rojo del tatuaje sincorazón.
– ¡Lea!
Sin embargo, él despareció, y en su lugar, apareció otra figura. Sus cabellos blancos enmarcando una tez morena, ojos naranjas... no, no era Xemnas. Era Ansem.
Ahogué un chillido y me preparé para coger mi espada roba-corazones, siendo demasiado idiota como para no darme cuenta de que no surtiría ningún efecto. El gran sincorazón que tenía detrás de él me golpeó, lanzándome por los aires y estampándome contra una pared. Me sentía terriblemente débil, probablemente se debía a la proximidad que tenía con Ansem.
– A-Ansem... – murmuré, notando como el metálico sabor de la sangre llegaba a mis labios.
– Vaya, vaya... Mira que traidora desertora hemos encontrado aquí... ¡Isa! – gritó, mientras notaba como dos brazos terminados en garras afiladas me cogían. Un gruñido como el de un lobo resonó tras de mí –. Esta vez, no estará tu vampirito para salvarte...
– Oye, Réquiem, que se me ol...
Quién había abierto la puerta era Axel, que miraba con confusión la escena. Tras verme atrapada en una especie de “Saïx moreno”, hizo aparecer sus chakrams rodeados de fuego.
– ¡Axel, insensato, lárgate! – grité yo, pero era demasiado tarde, Ansem ya lo había visto. Además, Isa me había tapado la boca con una de sus garras. ¡A mí no me callaba nadie! Mordí la garra, cayendo al suelo y corriendo hacia Ansem, desviando uno de sus ataques. Pero su sincorazón fue más rápido y golpeó en el pecho a Axel.
¿Qué podía hacer en aquel momento? El destello plateado de aquella llave espada que parecía más de adorno que de otra cosa me distrajo. ¿Debía cogerla? Por probarlo, no perdía nada. Por tanto, defendí a Axel, que yacía otra vez en el suelo, mientras Ansem miraba con recelo mi nueva arma.
– Pero que... ¿tú también te apuntaste a esa estúpida moda? – me replicó Ansem –. Y parece que has encontrado un sustituto perfecto para Lea... Que adorable es mi aprendiz...
– ¡Cállate! – grité yo, no soportaba la idea de remplazar a Lea.
– Oh... ya verás cómo le gustará saber esto... – Ansem rió con ganas e hizo desaparecer a su sincorazón, asegurándose de que Axel le escuchaba bien –. Al final, tendrás que decidir entre ellos dos...
Isa se acercó corriendo a Ansem y ambos marcharon consumidos en una sombra negra. Yo me giré, sin preocuparme mucho por el pelirrojo. Eran sincorazones y no demasiado fuertes lo que siempre le tiraban al suelo.
– ¿Te duele mucho? – pregunté cortésmente.
– Psche... Como siempre que hablo contigo... acabo mal parado.
– Gracias por ayudarme – intentaba agradecer yo. Estaba roja, aunque yo no lo sabía.
– De nada... Pero... ¿a qué se refería con ese tal Lea?
– Em... no es nada... – el silencio volvió a reinar en la habitación. Yo me ponía mis pantalones negros y las botas, junto me abrochaba la chaqueta. Él miraba por el balcón la eterna oscuridad del Mundo Inexistente. De repente, recordé algo preocupante –. Axel, ¿Qué va a pasar ahora?
– ¿Eso no me lo tendrías que decir tú? ¿Quién eran esos dos? Me recordaban mucho a dos que yo conozco...
– Eso... no te debe preocupar. Sólo quiero saber si... bueno, Roxas ya está encontrado y desaparecido, ¿no? Si me volvéis a necesitar, me llamáis y todo eso...
– ¿Tan mal estás aquí?
Le miré. Había una expresión indefinida en sus ojos verde brillante. Era una mezcla de furia contenida, tristeza, nostalgia... dolor. Sobre todo dolor.
– ¿Tanto se me echaría de menos? – pregunté, sacando la lengua pícaramente.
– No sé los demás, pero a lo mejor yo sí.
Eso me dejó totalmente helada. ¿Me echaría de menos? Eso quería decir... ¿Qué ya no me odiaba? Réquiem, estabas mejorando rápidamente, habías conseguido la confianza de tu peor enemigo en apenas en unos días. Le dediqué una de mis sonrisas más cálidas, pero él prosiguió:
– No sé, tú sabes algo sobre mí... Sobre mi pasado...
– ¿No recuerdas nada...?
– Nada, a partir de convertirme en un miembro de la Organización... Pero... ¡Réquiem!
Era normal que hubiera gritado. Yo me había echado a llorar desconsoladamente, sin poder reprimirme, como solía hacer antes. El dolor... oh, eso sí que era doler. Sentía como si ya nada tuviera sentido. ¿¡Qué no recordaba nada!? Había olvidado todo. Y ese todo me incluía a mí. Dios, creo que jamás me había sentido tan desolada como en aquel momento. Por otra parte, me hacía gracia, el pobre Axel no sabía por qué yo lloraba. Supongo que debió sentirse culpable. En cierto modo lo era, pero claramente, no podía echarle las culpas a él. ¿Quién las tenía?
De pronto, sentí como me cogían de la mano, seguido de un abrazo. Apenas podía reaccionar. Me sentí como una quinceañera, a la que acaba de sonreír el chico que le gustaba. Ilusa. Puñetera princesita. Que idiota me sentía, ¡yo, como protagonista de un cuentecillo! No... Eso era la vida real. Y acababan de darme un buen palazo. Por tanto, lo menos que podía recibir era un consuelo. Y dejar de pensar, que luego me cobraba factura.
– Po–por favor, no llores... Me sienta mal verte así... – susurraba él. Extrañamente, tenía la mano en el pecho, con un gesto emocionado. Yo no podía dejar de llorar. Al menos, si iba a llorar por última vez por ese tema, debía hacerlo plenamente.
¿Cuánto tiempo estuvimos así? Ni yo lo sé. Pero él no quería separarse, extrañamente, era la única forma de que su corazón respondiera. Y yo, por supuesto, no me iba a separar voluntariamente. Sin embargo, yo había dejado de llorar desde hacía un largo rato. Suspiré, cuando una sombra apareció en mi habitación.
Se trataba de una de las lánguidas figuras blancas que moraban en el castillo. Traía una especie de tarjetita en su cremallera. Axel chasqueó los dedos y el ser le entregó obediente la tarjeta. Después desapareció.
– ¿Qué ocurre? – pregunté, con la voz ronca.
– Tenemos que irnos a la sala de reuniones ya – dijo, mientras inspeccionaba la tarjeta –. ¿Sabes teletransportarte, no? – negué con la cabeza, temiendo una reacción como la de Marluxia –. Entonces, vámonos andando. No estamos tan lejos. Y creo que te quieren ver a ti, madeimoselle...
Me cogió de la muñeca y tiró de mí, dándome tiempo para coger la capa. Salimos al pasillo y corrimos en dirección contraria a la salida. Aún no se cómo, atravesamos una pared blanca y aparecimos justo al lado de la arcada de cristal que llevaba a la sala de reuniones.
Xemnas iba a echar humo de las orejas de un momento a otro. Saïx permanecía en su asiento número siete, pero Axel y yo sabíamos que hubiera deseado estar en las rodillas de su fiel amo. Los demás miembros de la organización nos miraban con recelo, mientras Marluxia se inclinaba expectante sobre su asiento, sin quitarme ojo de encima. Él sabía que yo la había cagado. Y él tenía miedo.
– Réquiem. Has fallado en tu cometido. ¿Qué puedes decir en tu defensa? – habló Xemnas.
– En ningún momento he fallado. Que haya perdido al objetivo no quiere decir que no pueda buscarle... y dar con él. Además, las segundas oportunidades están para algo – no me callaba ni debajo del agua.
Xemnas tornó su rostro a ira, pero después esbozo una sonrisa que me recorrió el cuerpo en un escalofrío. Se rió en mi cara durante unos segundos y después prosiguió.
– En ese caso, Réquiem, deberás ir a buscar a Roxas allá donde haya ido.
– ¡Xemnas, no puedes enviarla sola! – grito Axel, a pesar de que yo le indicaba que se quedara callado –. ¡Está amenazada de muerte!
– ¿Tanto se me echaría de menos? – pregunté, sacando la lengua pícaramente.
– No sé los demás, pero a lo mejor yo sí.
Eso me dejó totalmente helada. ¿Me echaría de menos? Eso quería decir... ¿Qué ya no me odiaba? Réquiem, estabas mejorando rápidamente, habías conseguido la confianza de tu peor enemigo en apenas en unos días. Le dediqué una de mis sonrisas más cálidas, pero él prosiguió:
– No sé, tú sabes algo sobre mí... Sobre mi pasado...
– ¿No recuerdas nada...?
– Nada, a partir de convertirme en un miembro de la Organización... Pero... ¡Réquiem!
Era normal que hubiera gritado. Yo me había echado a llorar desconsoladamente, sin poder reprimirme, como solía hacer antes. El dolor... oh, eso sí que era doler. Sentía como si ya nada tuviera sentido. ¿¡Qué no recordaba nada!? Había olvidado todo. Y ese todo me incluía a mí. Dios, creo que jamás me había sentido tan desolada como en aquel momento. Por otra parte, me hacía gracia, el pobre Axel no sabía por qué yo lloraba. Supongo que debió sentirse culpable. En cierto modo lo era, pero claramente, no podía echarle las culpas a él. ¿Quién las tenía?
De pronto, sentí como me cogían de la mano, seguido de un abrazo. Apenas podía reaccionar. Me sentí como una quinceañera, a la que acaba de sonreír el chico que le gustaba. Ilusa. Puñetera princesita. Que idiota me sentía, ¡yo, como protagonista de un cuentecillo! No... Eso era la vida real. Y acababan de darme un buen palazo. Por tanto, lo menos que podía recibir era un consuelo. Y dejar de pensar, que luego me cobraba factura.
– Po–por favor, no llores... Me sienta mal verte así... – susurraba él. Extrañamente, tenía la mano en el pecho, con un gesto emocionado. Yo no podía dejar de llorar. Al menos, si iba a llorar por última vez por ese tema, debía hacerlo plenamente.
¿Cuánto tiempo estuvimos así? Ni yo lo sé. Pero él no quería separarse, extrañamente, era la única forma de que su corazón respondiera. Y yo, por supuesto, no me iba a separar voluntariamente. Sin embargo, yo había dejado de llorar desde hacía un largo rato. Suspiré, cuando una sombra apareció en mi habitación.
Se trataba de una de las lánguidas figuras blancas que moraban en el castillo. Traía una especie de tarjetita en su cremallera. Axel chasqueó los dedos y el ser le entregó obediente la tarjeta. Después desapareció.
– ¿Qué ocurre? – pregunté, con la voz ronca.
– Tenemos que irnos a la sala de reuniones ya – dijo, mientras inspeccionaba la tarjeta –. ¿Sabes teletransportarte, no? – negué con la cabeza, temiendo una reacción como la de Marluxia –. Entonces, vámonos andando. No estamos tan lejos. Y creo que te quieren ver a ti, madeimoselle...
Me cogió de la muñeca y tiró de mí, dándome tiempo para coger la capa. Salimos al pasillo y corrimos en dirección contraria a la salida. Aún no se cómo, atravesamos una pared blanca y aparecimos justo al lado de la arcada de cristal que llevaba a la sala de reuniones.
Xemnas iba a echar humo de las orejas de un momento a otro. Saïx permanecía en su asiento número siete, pero Axel y yo sabíamos que hubiera deseado estar en las rodillas de su fiel amo. Los demás miembros de la organización nos miraban con recelo, mientras Marluxia se inclinaba expectante sobre su asiento, sin quitarme ojo de encima. Él sabía que yo la había cagado. Y él tenía miedo.
– Réquiem. Has fallado en tu cometido. ¿Qué puedes decir en tu defensa? – habló Xemnas.
– En ningún momento he fallado. Que haya perdido al objetivo no quiere decir que no pueda buscarle... y dar con él. Además, las segundas oportunidades están para algo – no me callaba ni debajo del agua.
Xemnas tornó su rostro a ira, pero después esbozo una sonrisa que me recorrió el cuerpo en un escalofrío. Se rió en mi cara durante unos segundos y después prosiguió.
– En ese caso, Réquiem, deberás ir a buscar a Roxas allá donde haya ido.
– ¡Xemnas, no puedes enviarla sola! – grito Axel, a pesar de que yo le indicaba que se quedara callado –. ¡Está amenazada de muerte!
– Ya la has liao... – murmure yo, viendo como toda la sala se recogía en susurros de sorpresa. Xemnas dio un puñetazo en el reposa brazos de su trono y todos callaron.
– ¿Estás seguro, Axel? Las mentiras y la traición – Xemnas miro furtivamente a Marluxia, que escondió la cabeza – se pagan caro aquí dentro.
– Tan seguro como que me han atacado esta mañana. Además, obtuve la información que me pediste – Axel se saco de su gabardina un colgante. Yo lo reconocí al momento: ¡era mi colgante! Intente detener al pelirrojo, pero este ya lo había lanzado a las manos de Xemnas –. Detrás del colgante, hay un símbolo sincorazón. Ella sabe muchas cosas, Xemnas.
No podía creer que el muy cretino me hubiera traicionado. ¿Cuándo me había quitado el colgante? No, no podía pensar... Mire a Marluxia instintivamente, que se estaba mordiendo el labio. Después, me miro a mí y comprendió mi situación.
– Entonces, tú la acompañaras – hablo Xemnas, al fin. Miro a Marluxia y sonrió – y Marluxia también. ¿Es... suficiente?
– Bueeeeeeeeeeeeeno... Si Saïx viniese... Necesitamos a alguien que combata a un enorme sincorazón con cierta técnica que solo él conoce – explique yo, mientras admiraba la desencajada cara de sorpresa de Saïx.
– Saïx también ira.
– ¡Xem–Xemnas! ¡Yo–yo!
– Andando, chucho – le espeto Axel, mientras se aparecía junto a él Marluxia y Saïx.
– No me llames chucho. Te recuerdo que soy más poderoso que tú en la Organización – se defendió Saïx.
– Tus ganas. Solo eres un número superior. Además, yo no le voy oliendo el culo al jefe...
– ¡Repite eso!
Mientras Saïx y Axel se peleaban, Marluxia y yo caminábamos por los pasillos. El no había dicho ni una palabra, pero estaba segura de que quería hacerlo. Las vendas ya no asomaban por el cuello de su chaqueta, con lo cual quería decir que estaba bien del todo.
– ¿Quiénes te están persiguiendo?
Marluxia me miraba con cierta preocupación en sus ojos. Era adorable la forma en la que cuidaba de mí. Sonreí grácilmente y proseguí caminando.
– Unos...
– Ah, bien... ¿eso quiere decir que no me lo quieres contar... o que no sabrías explicarlo? – pregunto nuevamente.
– Bueno... ni una cosa ni la otra... simplemente, espero no tener que contarlo... Hey, ¿Qué nave vamos a coger?
Si, acabábamos de llegar al hangar de las naves. Como había trece distintas, me hubiera gustado saber cual seria la nuestra. Pero Marluxia asumió el mando, dirigiéndose a la séptima nave. No me había fijado cuando las registre, pero la séptima tenía dos enormes cañones a los lados, además de tener un compartimiento bastante más grande y un reactor bastante potente por detrás. Saïx y Axel seguían pegándose mutuamente hasta que silbe, intentando llamar su atención para separarlos.
– ¿Estás seguro, Axel? Las mentiras y la traición – Xemnas miro furtivamente a Marluxia, que escondió la cabeza – se pagan caro aquí dentro.
– Tan seguro como que me han atacado esta mañana. Además, obtuve la información que me pediste – Axel se saco de su gabardina un colgante. Yo lo reconocí al momento: ¡era mi colgante! Intente detener al pelirrojo, pero este ya lo había lanzado a las manos de Xemnas –. Detrás del colgante, hay un símbolo sincorazón. Ella sabe muchas cosas, Xemnas.
No podía creer que el muy cretino me hubiera traicionado. ¿Cuándo me había quitado el colgante? No, no podía pensar... Mire a Marluxia instintivamente, que se estaba mordiendo el labio. Después, me miro a mí y comprendió mi situación.
– Entonces, tú la acompañaras – hablo Xemnas, al fin. Miro a Marluxia y sonrió – y Marluxia también. ¿Es... suficiente?
– Bueeeeeeeeeeeeeno... Si Saïx viniese... Necesitamos a alguien que combata a un enorme sincorazón con cierta técnica que solo él conoce – explique yo, mientras admiraba la desencajada cara de sorpresa de Saïx.
– Saïx también ira.
– ¡Xem–Xemnas! ¡Yo–yo!
– Andando, chucho – le espeto Axel, mientras se aparecía junto a él Marluxia y Saïx.
– No me llames chucho. Te recuerdo que soy más poderoso que tú en la Organización – se defendió Saïx.
– Tus ganas. Solo eres un número superior. Además, yo no le voy oliendo el culo al jefe...
– ¡Repite eso!
Mientras Saïx y Axel se peleaban, Marluxia y yo caminábamos por los pasillos. El no había dicho ni una palabra, pero estaba segura de que quería hacerlo. Las vendas ya no asomaban por el cuello de su chaqueta, con lo cual quería decir que estaba bien del todo.
– ¿Quiénes te están persiguiendo?
Marluxia me miraba con cierta preocupación en sus ojos. Era adorable la forma en la que cuidaba de mí. Sonreí grácilmente y proseguí caminando.
– Unos...
– Ah, bien... ¿eso quiere decir que no me lo quieres contar... o que no sabrías explicarlo? – pregunto nuevamente.
– Bueno... ni una cosa ni la otra... simplemente, espero no tener que contarlo... Hey, ¿Qué nave vamos a coger?
Si, acabábamos de llegar al hangar de las naves. Como había trece distintas, me hubiera gustado saber cual seria la nuestra. Pero Marluxia asumió el mando, dirigiéndose a la séptima nave. No me había fijado cuando las registre, pero la séptima tenía dos enormes cañones a los lados, además de tener un compartimiento bastante más grande y un reactor bastante potente por detrás. Saïx y Axel seguían pegándose mutuamente hasta que silbe, intentando llamar su atención para separarlos.
Marluxia arranco el motor y empezamos a cruzar el cielo plagado de estrellas. Estrellas, que alguna de aquellas era mi hogar.
Saïx había fijado la dirección y Marluxia se había puesto a crear diez tipos diferentes de rosas. Lo suyo ya era obsesión. Mientras, Axel hacia malabares con sus dos chakrams, procurando no rajarse con ninguno de ellos. Era bruto hasta para eso. Y yo estaba aburrida, mirando al horizonte negro, intentando pensar en que ocurrirá después.
A las dos horas de viaje, se dibujo en el cielo un mundo con un gran castillo hecho de diferentes materiales y con el símbolo sincorazón en el centro. Ya habíamos llegado.
Marluxia aterrizo lo más rápido posible y, en cuanto las compuertas se abrieron, me deshice de la capa de la organización y corrí a pisar tierra firme. El aire de la ciudad era fresco y por fin podía apreciar... vida. Habíamos aparcado en una plaza muy familiar para mi, en la zona residencial. Me fije en las casitas, haber si distinguía alguna, cuando vi nuestra nave, la nave de Night, aparcada cerca de una casa baja. ¡Mi casa!
Corrí hacia allí, con la mayor de las alegrías, a pesar de que me parecía un poco extraño que la puerta se encontrara abierta. No me había fijado, pero detrás de nuestra nave había otra. Cuando fui a entrar en casa, comprendí el error de no fijarme en ese pequeño detalle.
En el marco de la puerta se encontraba Ïsa, con una sonrisa tenebrosa en su rostro. Escuche el blandir de una espada detrás mío, y un gruñido. Isa pareció quedarse sin palabras. Y el gruñido ceso.
Isa y Saïx se miraron sin saber que decir. Los demás tampoco sabíamos que decir. Estábamos ante una especie de gemelos. Y realmente eran sincorazón e incorpóreo.
Al final, Isa se echo a reír y monto en su nave sin ninguna preocupación, mientras los otros tres le dejaban escapar. Yo entre al fin en casa, cuando de repente preferí no haberlo echo.
Night estaba en el suelo, sangrando por la boca. Tenía magulladuras en los brazos y en el pecho. Sus ojos azules permanecían cerrados, a fin de remediar un poco el dolor. Yo chille de horror y corrí a socorrerle. Algunos de sus cabellos rubios estaban manchados por la sangre. Le habían destrozado.
– ¿Re–réquiem? – pregunto, algo desorientado –. ¿Eres tú?
– Tranquilo, Night, no hables, por favor... – murmure yo. Estaba a punto de saltárseme las lágrimas. No comprendía como le habían herido de esa manera.
– Réquiem. Usa la llave.
Quien había hablado era Axel, que se encontraba agachado a mi lado. Su gesto parecía imperturbable, pero en ese momento tenia razón. Sin embargo... ¿Dónde leches estaba la llavecita?
Extendí la mano, en un vano intento de buscarla, cuando apareció. Ya empuñada. ¡Eso si que era rapidez!
– Esto... Axel... ¿Cómo decías que se hacia esto? – pregunte yo, mas desorientada que Night.
Axel me agarro de la cintura, mientras me ponía en posición, cogiendo la llave con las dos manos.
– Debes pronunciar “Cura”, ¿entendido? – asentí con la cabeza y el se separo. No sabía si esto iba a funcionar. Pero había que intentarlo.
La llave empezó a vibrar en mis manos y a irradiar una luz blanca. De repente, las palabras salieron de mi boca, quizá sin que yo misma quisiera pronunciarlas. Un estallido de color verde, proseguido por lazos de luz del mismo color, se enroscaron en el cuerpo de Night, sanándolo. Finalmente, la magia termino, haciendo que la llave dejase de responder por si sola.
– ¡Night, ¿te encuentras bien?! – pregunte, asustada, agachándome para ver si me respondía.
– Réquiem...
Me abrazo con fuerza, mas de la normal, incluso haciéndome daño. Dos semanas, dos largas y horribles semanas en las que ninguno de los dos sabíamos que había sucedido con el otro. Pero al fin ya estábamos juntos.
Note como alguien se aclaraba la garganta detrás de mí. Gire la cabeza y vi que se trataba de Axel, que estaba un poco... ¿molesto? En cualquier caso, era todo un show verle tan susceptible.
– Bueno... supongo que deberíamos descansar, ¿no? – propuso Marluxia, dirigiéndose hacia la puerta – Mañana tendremos que buscar a Roxas y supongo que quieres estar a solas, ¿no, Réquiem?
Me ruborice por completo. ¿¡Night y yo!? En ese momento quise matar a Marluxia, pero comprendí a que se refería.
– ¡No–no! No os vayáis a dormir a la nave, por dios – me levante, ayudando a Night a incorporarse –. Esta casa es lo suficientemente grande para los cinco. Además, Night y yo no somos nada.
– Oh, entonces mejor – repuso Saïx, entrando nuevamente y cerrando la puerta.
A las dos horas de viaje, se dibujo en el cielo un mundo con un gran castillo hecho de diferentes materiales y con el símbolo sincorazón en el centro. Ya habíamos llegado.
Marluxia aterrizo lo más rápido posible y, en cuanto las compuertas se abrieron, me deshice de la capa de la organización y corrí a pisar tierra firme. El aire de la ciudad era fresco y por fin podía apreciar... vida. Habíamos aparcado en una plaza muy familiar para mi, en la zona residencial. Me fije en las casitas, haber si distinguía alguna, cuando vi nuestra nave, la nave de Night, aparcada cerca de una casa baja. ¡Mi casa!
Corrí hacia allí, con la mayor de las alegrías, a pesar de que me parecía un poco extraño que la puerta se encontrara abierta. No me había fijado, pero detrás de nuestra nave había otra. Cuando fui a entrar en casa, comprendí el error de no fijarme en ese pequeño detalle.
En el marco de la puerta se encontraba Ïsa, con una sonrisa tenebrosa en su rostro. Escuche el blandir de una espada detrás mío, y un gruñido. Isa pareció quedarse sin palabras. Y el gruñido ceso.
Isa y Saïx se miraron sin saber que decir. Los demás tampoco sabíamos que decir. Estábamos ante una especie de gemelos. Y realmente eran sincorazón e incorpóreo.
Al final, Isa se echo a reír y monto en su nave sin ninguna preocupación, mientras los otros tres le dejaban escapar. Yo entre al fin en casa, cuando de repente preferí no haberlo echo.
Night estaba en el suelo, sangrando por la boca. Tenía magulladuras en los brazos y en el pecho. Sus ojos azules permanecían cerrados, a fin de remediar un poco el dolor. Yo chille de horror y corrí a socorrerle. Algunos de sus cabellos rubios estaban manchados por la sangre. Le habían destrozado.
– ¿Re–réquiem? – pregunto, algo desorientado –. ¿Eres tú?
– Tranquilo, Night, no hables, por favor... – murmure yo. Estaba a punto de saltárseme las lágrimas. No comprendía como le habían herido de esa manera.
– Réquiem. Usa la llave.
Quien había hablado era Axel, que se encontraba agachado a mi lado. Su gesto parecía imperturbable, pero en ese momento tenia razón. Sin embargo... ¿Dónde leches estaba la llavecita?
Extendí la mano, en un vano intento de buscarla, cuando apareció. Ya empuñada. ¡Eso si que era rapidez!
– Esto... Axel... ¿Cómo decías que se hacia esto? – pregunte yo, mas desorientada que Night.
Axel me agarro de la cintura, mientras me ponía en posición, cogiendo la llave con las dos manos.
– Debes pronunciar “Cura”, ¿entendido? – asentí con la cabeza y el se separo. No sabía si esto iba a funcionar. Pero había que intentarlo.
La llave empezó a vibrar en mis manos y a irradiar una luz blanca. De repente, las palabras salieron de mi boca, quizá sin que yo misma quisiera pronunciarlas. Un estallido de color verde, proseguido por lazos de luz del mismo color, se enroscaron en el cuerpo de Night, sanándolo. Finalmente, la magia termino, haciendo que la llave dejase de responder por si sola.
– ¡Night, ¿te encuentras bien?! – pregunte, asustada, agachándome para ver si me respondía.
– Réquiem...
Me abrazo con fuerza, mas de la normal, incluso haciéndome daño. Dos semanas, dos largas y horribles semanas en las que ninguno de los dos sabíamos que había sucedido con el otro. Pero al fin ya estábamos juntos.
Note como alguien se aclaraba la garganta detrás de mí. Gire la cabeza y vi que se trataba de Axel, que estaba un poco... ¿molesto? En cualquier caso, era todo un show verle tan susceptible.
– Bueno... supongo que deberíamos descansar, ¿no? – propuso Marluxia, dirigiéndose hacia la puerta – Mañana tendremos que buscar a Roxas y supongo que quieres estar a solas, ¿no, Réquiem?
Me ruborice por completo. ¿¡Night y yo!? En ese momento quise matar a Marluxia, pero comprendí a que se refería.
– ¡No–no! No os vayáis a dormir a la nave, por dios – me levante, ayudando a Night a incorporarse –. Esta casa es lo suficientemente grande para los cinco. Además, Night y yo no somos nada.
– Oh, entonces mejor – repuso Saïx, entrando nuevamente y cerrando la puerta.
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