sábado, 2 de julio de 2011

Capítulo 1

– Despierta ya, puñetera.
– Déjala, un poco de color no le vendrá mal a esa piel de muerta que tiene.
– Calla ya, Lumi.
– No me llames así. Sabes perfectamente lo que significa esa palabra.
– ¿Acaso no lo eres en cierto modo?
Un golpe seco. Como una especie de colleja.
– ¡No te pases!

Definitivamente, era demasiado ruido para no abrir los ojos. Cuando me decidí a hacerlo, tras haber escuchado la conversación entre aquellos dos jóvenes, el sol cegó mis ojos, impidiendo ver su identidad. Me encontraba algo trastornada después de aquel maldito sueño, visión o lo que fuera eso…
– Biankaaaa…
Vaya, no la dejaban a una ni recuperarse. Como si fuera una momia de las películas de bajo presupuesto, me intenté incorporar con los brazos extendidos. Pero mi equilibrio seguía siendo tan malo como siempre, por lo que me vencí a la izquierda, pero algo paró mi caída. Algo cálido, parecía piel, si, piel de alguien.
– Deja de meterme mano.
– ¿Ves como es bueno llamarte Lumi?
Al fin abrí los ojos. Y esbocé una gran sonrisa. Era Lumiara quién me había detenido. Extrañamente, se encontraba en bañador. Y nosotros estábamos en una playa. Y como era de suponer, quien ahora me estaba agarrando de la cintura para levantarme era el tonto de Lea. Siempre molestando…
– Podrías haberme dejado dormir – murmuré yo, frotándome los ojos, mientras Lumiara se alejaba hasta su sombrilla.
– Lo sé, pero… ufff, estabas empezando a hablar otra vez de ese “Axel” y ese “Marluxia” y me estabas asustando.
– ¿No será que te estabas poniendo celoso, tontorrón? – le insinué yo, tirando de uno de sus mechones pelirrojos.
– Que vas al agua, Bi…
Sonreí y le besé en la mejilla. Me alejé corriendo hasta llegar a mi pequeño puesto de mando en la playa, donde estaba mi ordenador portátil. Si no recordaba mal, Xenahort había puesto uno de ellos a mi disposición. Y tenía que escribir todo aquel sueño que había tenido, porque si no sus investigaciones no podrían salir adelante. Me sentía extrañamente útil.
De repente, algo empezó a mojarme. Me intenté cubrir con mi toalla, pero lo único que conseguí fue llenarme de arena. Como para no saber quien usaba aquel chorrito de agua procedente de una pistola… Meyd.
– ¡Meyd! ¡Estate quieto! – grité yo.
– ¿A qué mola, Bi? ¡Me la ha regalado Braig!
El chico de cresta rubia y ojos celestes sonrió y se alejó a recargar su pistola. Por un momento, por culpa de ese maldito sueño, había olvidado que mi pelo era de color negro y rosa. Tuve que escurrirlo con las manos para darme cuenta de ello.
Me senté frente al ordenador, dispuesta a escribir, cuando vi en la bandeja de entrada un correo nuevo. Además de los típicos de Xenahort, que siempre se mantenía encerrado en los sótanos de aquel castillo de Bastión Hueco junto a su maestro, había otros mensajes anónimos. Simplemente, no tenían remitente. Quise abrirlo, pero una pelotita llegó hasta mi mesa. Vero, una chica de cabello cobrizo y ojos amarillentos, la recogió. La sonreí al instante y ella me imitó, alejándose hasta donde estaba Relena, con su pala en la mano. Ella era rubia, con los ojos verdosos, y solía exhibirse con una dudosa naturalidad cuando estábamos todos juntos.
Ïsa tampoco había ido aquel día. Solía quedarse pegado a Xenahort, quería aprender siempre más, o simplemente no quería separarse de él. Lumiara y Ienzo leían cercanos a mí, en el puesto sombrío, lejano del calor. Eran auténticamente los únicos tranquilos de todos nosotros.
Mientras, Elaus y Dilan nadaban hasta una isla cercana a la playa. Eran los dos más fuertes y corpulentos del grupo. Elaus tenía el pelo corto, anaranjado. Dilan recogía sus innumerables rastas castañas en una coleta alta. Ambos tenían un aspecto descuidado y demasiado varonil.
Even también faltaba, pero eso era porque Xenahort siempre le necesitaba. Yo le veía siempre con su lacio cabello rubio recogido en una coleta, su impoluta bata de laboratorio, con probetas de líquidos extraños y coloridos en las manos. Lordu seguía jugando a las cartas en una sombrilla cercana a la mía, su pelo rubio contrastaba con el negro y canoso de Braig, que iba perdiendo aquella mano.
– ¿Vas a abrir ese correo?
Quién volvía a sobresaltarme era Lea. Lea, que era delgadito, con su larga melena pelirroja siempre suelta y sus bonitos ojos verdes, aun cruzados por aquellas extrañas cicatrices. Era demasiado dulce conmigo.
Clickeé dos veces en el mensaje y volví a leer por enésima vez: “MYÔ QUIERE HABLAR CONTIGO”.
Era lo único que ponía en esos malditos mensajes. Lo mande a la papelera y cerré el correo, mientras abría el Word, pero Lea cerró la pantalla del portátil.
– Leaa… Tengo que terminar mi trabajo…
– Ya lo harás después, mon cherie.
¿Me acababa de llamar bombón de cereza? Escuché los silbiditos inoportunos de los demás, con una risilla baja por parte de Lumiara, pero qué más daba.
Aquel sueño me había asustado de verdad y disfrutar de un momento como ese, bajo el sol, en la playa, con tus amigos… era una verdadera delicia. Sobre todo si me estaba besando con Lea…


Night salió de la casa de Bastión Hueco, donde todos seguían inquietos tras la desaparición de Réquiem, hasta que divisó dos figuras en el tejado.
– ¡Eh, vosotros, bajad de ahí! – gritó Night, armándose con una piedra, pero los dos individuos no daban señales de dar su brazo a torcer.
Marluxia también salió a la calle y tuvo que agarrar con fuerza su guadaña. Sobre el tejado, aquella joven rubia de pelos puntiagudos se transformaba en una chica de la misma edad, con cabellos negros lacios y ojos verde brillante. Su piel blanquecina y su escalofriante sonrisa eran demasiado familiares para él.
– ¡Myô! – gritó Marluxia, atrayendo su atención.
El hombre que se encontraba al lado de la jovencita recuperó su naturaleza: un hombre de cabellos plateados, ropajes negros y ojos azul intenso. Sonrió y desenvainó la enorme katana en dirección al pelirrojo, que acababa de salir.
– ¡Tú! – exclamó Axel, apretando los dientes –. ¿Dónde está Réquiem?
– Eso no es de tu incumbencia, Axel – murmuró Myô, sonriendo –. ¿O debería decir Lea?
Axel miró hacia el suelo, confundido. ¿Por qué todos le llamaban por aquel maldito nombre? Marluxia amenazó con la guadaña a Myô y gruñó.
– Niña, te he estado buscando por muchos sitios. Ahora nos vamos a ir, tenemos un asunto pendiente.
Pero Myô se refugió en el pecho de Sefirot, quién la protegía con su enorme arma.
– Hmmm… Creo que no. Además, así no vais a recuperar a vuestra amiguita, ¿verdad?
– ¿¡Dónde está!? – bramó furioso Axel, haciendo aparecer en llamas sus dos chakrams. Se puso en situación de lanzarlos, pero espero una respuesta.
– Aaaaaxel… – habló Myô, con una sonrisa picaresca –. ¿No eras tú el que odiaba matar el suspense?

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