sábado, 2 de julio de 2011

Capítulo 3

Lumiara se encontraba a mi lado, con la cabeza apoyada en mi hombro. Hacia tantísimo tiempo que no disfrutaba de un momento como ese con él.
– ¿Qué haces aquí? – pregunté, al fin.
Él me miró momentáneamente y recupero su postura anterior.
– Quise hacerte una visita...
– Eso sí que no me lo creo, Lumiara.
Lumiara y yo nos habíamos separado cuando... me habían comenzado a buscar. Aquellos idiotas querían darme muerte, pero Lumiara era un agente encubierto, a la vez que uno de mis mejores amigos. Siempre que estaban pisándome los talones, venía a hacerme una de sus... “visitas”. En aquel momento, noté que estaba otra vez amenazada por esa maldita trouppe de imbéciles, pero me sentía guarecida. ¿Por qué? Bueno... como había dicho antes... once tíos y una tía estaban en el castillo, quieras que no... Algo podrían hacer por mí...
Por la camisa de Lumiara asomaba la marca que anteriormente estaba buscando en el sorprendido Marluxia. Recordé aquel momento en la nave, cuando los había confundido.
– Lumiara... ¿tienes un hermano gemelo o algo así? – le pregunté inocentemente. Pero aquello le hizo mucha gracia a mi amigo.
– ¿A qué viene eso? ¿Me echabas tanto de menos que ves a gente por ahí que se parece a mí?
– Idiota. No es eso. Es que... he conocido a alguien que hace lo mismo que tú con las flores y... se parece mucho a ti.
– Que yo sepa, no tengo ni un solo hermano. Pero me has intrigado, ¿Cómo dices que se llama el individuo?
– Mmmm... Marluxia...
Él se quedó pensando durante unos segundos en el nombre, con una margarita naranja en sus manos, hasta que dio con una solución.
Dibujo en el aire las letras de Lumiara. Después, las hizo girar y las añadió una ‘x’, formando el nombre de Marluxia.
– ¡Wala! – exclamé yo –. ¡Es una especie de...! ¡Tú!
– Quizá Ansem se refería a esto... – el solo nombre de Ansem me hacia revolverme. Maldito... – Creo que has dado con... mi incorpóreo...
El silencio nos sumió. ¿Incorpóreo? ¿Qué narices era eso? Yo seguía mirando el tatuaje de corazón con aspa negro y rojo de su pecho. La verdad es que me gustaba, pero ni por un pelo desearía tener uno de esos.
– Al convertirme en un sincorazón, mi corazón se sumió a las tinieblas. A diferencia que los demás corazones débiles, yo conservé... “más o menos” mi forma humana. Mientras, mi verdadero cuerpo, mi... cascarón, paso a convertirse en aquel llamado Marluxia.
– Es un tanto lioso... pero creo que lo he entendido... Por eso le gustan tanto las rosas, ¿no?
– Sí. Pero no quiero ni pensar que sucedería si nos uniéramos nuevamente. No... No sé qué sucedería...
Le abracé con delicadeza. Le gustaba que le tratara así. Era tan... monino y delicado. Su respiración acompasada era el único sonido de la habitación. Mi corazón no peligraba junto a él, al fin y al cabo, ningún tipo de oscuridad podía morar en mí.
– Me debo ir. Isa irá tras mis pasos y no quiero que pase nada extraño. Además, debemos tener cuidado con el niñato ese de la llave. Menos mal que tú no te apuntaste a esa moda...
– No, sabes que lo mío es lo gótico y lo raro... – bromeé yo.
El solo recuerdo de las doce figuras de mi sueño me hizo estremecerme, sobre todo el de la cabecera. Aquí presente, Lumiara, una de las manos derechas del superior; Isa, el perrito faldero del jefe, Ansem, el jefe... y él.
– Lu... ¿sabes algo de él?
Con tan pocas palabras, él me había entendido perfectamente.
– No más que tú.
Era una estupidez intentar conocer más sobre él. Sobre su paradero, sobre su estado... Me mortificaba intentando saber si aún seguía vivo. Pero debía hacerlo, solamente me dolía el corazón al intentar recordar su vana imagen en mis sueños. Mis agradables sueños, que solo lo eran así porque podían mantener vivo su recuerdo.
– Lu, creo... que he conocido también a su incorpóreo.
Lumiara me miró sorprendido.
– ...pero él... me odia... ¡Es como si hubiera olvidado absolutamente todo! ¡Es una persona absolutamente diferente a él! ¡Lumiara, quiero verle, joder!
Volví a llorar, por segunda vez en el día, en el hombro de mi amigo. Ya. Oficialmente, estaba destrozada por dentro. Quebrada en dos. Quería estar junto a él aunque fuera imposible.
Lumiara se despidió de mí besándome en la frente y me arropó, desapareciendo nuevamente por la terraza. Me encantaba su sutileza.

A la mañana siguiente, me sentí extraña. Tras una movidita noche en la que volví a soñar con adorables llamas infernales y zarzas que se clavaban despiadadamente en mi piel, noté como si alguien estuviera vigilando mi despertar. Y así era.
Cuando me digné a abrir los ojos, encontré sobre mi rostro un par de ojos amarillentos, separados por una cicatriz en forma de aspa. Me escudriñaban, era una suerte que las miradas no mataran. Era muy incómodo.
¡Esto era perfecto! Mi primer día; em. Veamos... primero paseo por el jardín... después al horno con Axel... ¿¡y ahora servicio de despertador?! Iba a ponerle una queja a Xemnas tan grande como el arma con el que me apuntaba el desconocido que tenía delante.
Aquel tío... la conversación con Lumiara sobre los incorpóreos... En ese momento reaccioné, sabía cómo tratar con él. Probablemente, se tratara de otro incorpóreo, ya que no había ninguna marca en su pecho –si, para colmo de distracciones, solo llevaba los pantalones negros del uniforme puestos–.
– Isa...
Si antes iba a ponerle una queja a Xemnas, tendría que preguntarle por qué los que formaban la cabecera de su organización parecían modelos de catálogo. Era asombroso, colega.
– ¿Me has llamado Isa? – preguntó él, dejando de ejercer fuerza sobre mi estómago con su curiosa arma.
En aquel momento, debió reaccionar más rápido. Tiré de uno de sus hombros contra el suelo, tirándole y dejándole indefenso. Le intenté hacer una extraña llave, colocando finalmente mi rodilla en su espalda y sin dejarle moverse.
– ¡Te vas a enterar, puñetero! ¡Así no se entra en mi habitación! – exclamé yo.
Él se quejaba y gritaba y yo le llenaba a insultos y a algunos golpes, pero no le dejaba escapar.
Parece que alguien debió escucharnos, por que vinieron al momento a llamar a la puerta. Dios, vaya imagen que estaba dando.
Finalmente, entraron en mi habitación. Se trataba de Xemnas y, para mi sorpresa, Axel. Ambos miraban con sorpresa la situación.
– ¿Qué pasa? – pregunté, algo incomoda –. Pelirrojo, deja de mirarme así.
El muy idiota apartó la mirada, sonrojándose tanto como su pelo. ¿Tanto hacía que no veía a una chica en ropa interior?
– Saïx, ¿qué haces? – inquirió Xemnas, algo descolocado.
– Ha empezado ella.
– ¡Ni de coña! ¡Tú te has subido a mi cama!
– Me da igual quién haya empezado. Saïx, controla tu locura. Puede ser bastante molesta... – él puso los ojos en blanco y después le dio un golpe a Axel, haciendo que diera unos pasos hacia mí –. Axel quería decirte algo, ¿verdad?
Esperaba expectante cualquier palabra suya. Era casi enfermizo. Como una especie de droga, necesitaba tener delante una prueba de que él... seguía viviendo... en mi interior. Era tan patético... que esperaba que Axel no se diera cuenta nunca.
– Habla, pues.
– Lo siento... – dijo a regañadientes, mirando hacia el suelo. No era muy convincente.
No sabía que decir, hasta que comprobé que nos habían dejado solos. Él respiró tranquilo y tomo asiento en mi cama, sin que nadie le dijera nada. Seguía mostrando igualmente su rostro tan frío como siempre, a pesar de que su cálida presencia era notable.
– ¿Por qué eres tan hostil conmigo?
Él me miró, algo extrañado. Yo también lo habría hecho, no comprendía cómo me había atrevido a pronunciar una sola palabra. Sin embargo, él río.
– Lo más normal del mundo es llevarte genial con la persona que te arrebatará a tu único amigo...
¿¡Tu único amigo!? ¡Será cretino! Mi profundo rostro de indignidad le sorprendió.
– Te repito, yo solo estoy aquí para cumplir órdenes.
– ¿Aunque se trate de matar a un chaval de tu edad?
– ¡Quién sabe! ¡A veces la gente de mi edad es la más peligrosa!
Ya volvíamos a discutir. Otra vez.
– ¿Por qué eres tan cruel y sádica?
– ¿¡Te has parado un momento a conocerme cómo soy realmente, eh, pelirrojo!?
– ¡No, ni me importa conocer a una asesina!
– ¡Eres un capullo! ¡Lárgate de mi vista!
Era contradictoriamente divertido. Resultaba que, la persona a la que más quería, tenía dos mitades, y una de ellas me odiaba profundamente, mientras que la otra estaba absolutamente desaparecida.
– ¡Algún día sabrás que es perder a la persona que más te importa, niñata!
No lo soporté más. Aquello era suficiente, era la gota que colmaba el vaso. Me hubiera gustado gritarle “¡eres tú, imbécil!”, pero me dediqué a sacar una de mis espadas de hoja curva favoritas y lanzársela al pelirrojo, ensartándole por el medio.
Si mis cálculos no fallaban, el corazón, aun devorado por la oscuridad, estaba aparte de lo que eran los incorpóreos. Por tanto, lo único que le había hecho era hacerle un boquete en todo el estómago, nada más.
Me vestí tranquilamente, mientras mantenía al tipo en el suelo, semi–inconsciente por el golpe. Igual de contradictorio, la persona a la que adoras, agonizando prácticamente en el suelo gracias a ti.
Me volví a acercar a él y le quité mi espada del estómago. Aquello de que no sangrasen era una suerte, después tendría que limpiarla sino. Me agaché a su lado y le intenté sonreír, mientras él me miraba extrañado.
– ¿He de tomar eso como que sí que has estado en mi situación? – preguntó, con un tono de voz más calmado –. Entonces... si que no comprendo por qué lo haces.
– Yo... – Woha, esto había que celebrarlo. Sería la primera vez que me confesaría ante alguien... – debo mantener las apariencias. Y ser todo lo contrario de lo que la gente ve en mí.
– ¿Por qué? – Él se levantó ligeramente y se sentó en el suelo, junto a mí –. No entiendo para qué ocultarse tras una máscara.
– Me buscan. Y debo mantenerme oculta.
– ¿Te buscan? ¿Quiénes? – la dureza de su voz era algo impresionante. No contra mí, contra otros.
– Unos. No tiene importancia. Pero... – no sabía cómo expresar esto. Quería hablar de mi objetivo, es decir, conocer la presa. Algo muy raro en mí. Por otra parte, quería seguir hablando con él sin discutir, sin enfados... cómo si fuera con él–. Dime... ¿qué ha hecho ese tal Roxas para que me manden matarlo?
– Es difícil de explicar... – titubeo él –. El solo es un chaval, como tú. ¡Es mi mejor amigo! No soporto la idea de que me separen de él... Además, lo único que quiere es saber quién es realmente. No ha traicionado a nadie.
Odiaba reconocerlo, pero me temo que él no recordaba absolutamente sobre mí. Si por un momento creí lo contrario, al vernos por primera vez en el cañón, fue una ilusión óptica. Me estremecí. Mis sentimientos eran tan delicados y extraordinarios cada vez que estaba junto a él...
De mi cuello aún seguía colgado una llamita plateada de un cordón negro, que sobresalía por los cuellos de la chaqueta. Y, para mi sorpresa, él pareció reparar en ella.
– Esto... me resulta... familiar... – murmuró él, tomándola entre los dedos. Después me miró a los ojos.
Aquellos momentos eran terriblemente inolvidables. Parecía como si nada hubiera cambiado. Daba la sensación de que seguía mirando sus preciosos ojos verdes. Pero era Axel y no él, quien estaba sentado a mi lado. Creo que él incluso pudo notar la tristeza y la nostalgia en los míos, por que reaccionó como cabía esperar.
– ¿Estás triste por algo? No deberías... aún te queda mucho por delante, ¿sabes?
– Y todo... lo que he vivido... ha sido patéticamente doloroso.
– ¿Por qué dices eso? Al menos tú... – él calló de repente.
– ¿Qué?
– Tú tienes corazón.
La amargura que antes estaba reflejada en su rostro no era nada comparada con la de aquel momento. Parecía que se iba a echar a llorar de un momento a otro.
– Da igual que físicamente no cuentes con un corazón, Axel. Mira, creo que no te caigo bien, por mi cometido, pero te diré que alguien que se enfrenta a desconocidos por defender a sus amigos... vale más la pena que muchos humanos que andan por ahí.
Fue la primera vez que me sentí bien desde que me separé de Night. ¡Él sonreía, sonreía de verdad!
– Gracias, Réquiem.
Él se levantó y se dispuso a marcharse, cuando yo me aclaré la garganta.
– Por cierto... últimamente... mi puntería es algo mala... Hace mucho que no tenía que trabajar y todo eso... Quién sabe... si Roxas es rápido...
Axel lo cogió a la primera. En el momento. También mi tono era delator, pero cuando él se giro, mi corazón, muerto desde hace muchísimo tiempo atrás, dio un vuelco de trescientos sesenta grados...
...parecía todo a cámara lenta...
– ¡Réquiem! – exclamó, riendo. Debió de ser la emoción del momento, porque de repente me vi entre sus brazos. Me apretujaba de tal forma que no sabía cómo iba a salir de ahí –. Te–te lo agradezco, de verdad...
– ¿De corazón?
– Cállate, niñata... – sonrió él. Le había hecho feliz. Y me había ganado su confianza por completo. Además, su abrazo era tan calentito. Parecía como si el cuero de su capa fuera un radiador.
De repente, la puerta se abrió, interrumpiendo el momento. Se trataba de una joven, probablemente de mi edad, con los cabellos castaños cobrizos y los ojos azul intenso. Llevaba una capa, como todos.
– ¡Axel, al fin te encuentro! Saïx me ha dicho que tienes que marcharte ya mismo a... eso.
– ¿Roxve? – la reconoció él, alejándose de mí –. Dios, se me había olvidado. Dile al chucho que ahora voy.
– Sabes que no le gusta que le llamen chucho... – chantajeó la pequeña, poniendo cara de espera.
– ¡Eres una...! – Axel frunció el ceño y sacó de uno de los bolsillos una bolsita negra con unos cuantos platines. Después se los lanzó y me miró expectante –. ¿Te vienes? Daremos una vuelta por la ciudad.
Miré por la ventana. Aun era por la mañana, bueno... aunque la luz del sol no estuviera presente. Me coloqué cuidadosamente la espada en el cinto y acompañé al pelirrojo por el pasillo de las habitaciones.
La llamada Roxve había desaparecido en un halo negro, como los demás miembros, mientras que nosotros caminábamos por una estancia llena de puertas, numeradas del 1 al 13. Además, estaba la mía y otra más, que no tenían número. Les había dado con el trece...
Axel y yo llegamos a un ascensor. Nos introducimos y el pulso el ‘0’.
Me estaba acostumbrando a los silencios que se producían en aquel castillo. No sabía si eran incómodos, tranquilos, o especiales para pensar. Pero no soportaba estar tanto tiempo callada. Sin embargo, notaba como me estaban vigilando dos ojos verde intenso. Y me estaban poniendo nerviosa.
– ¿Tienes algún problema, pelirrojo? – le pregunté, molesta.
– ¿No nos hemos visto antes?
¿Debía darle crédito a sus palabras? ¿De verdad se estaba acordando de quién era yo?
– ¿Antes cuando?
– No se... Me suena haberte visto...
¡Vamos, dilo ya!
– ...en Bastión Hueco, ¿puede ser?
El ascensor se detuvo bruscamente y caímos los dos al suelo. Él hizo aparecer los chakrams, mientras echaba mano a mi espada. Pero el ascensor siguió su trayecto, con nosotros dos sentados.
– Siempre acabo en el suelo, dita sea...
– No te quejes, pelirrojo.
– Oye, tengo nombre, ¿sabes?
– Ah... ¿Axel, no?
Sí, bueno... digamos que era “Axel” su nombre... Ya que en el fondo sabíamos que no lo era.


El Mundo Inexistente. Ese era el inhóspito lugar al que había ido a parar por negocios. Y así lo seguía pensando, mientras oculta bajo la capucha de la capa, caminaba monótonamente por el cielo encapotado en negro y las calles llenas de charcos.
El ruidito de los abalorios de las capas era agradable y algo extraño para mí. A pesar de letreros luminosos y otras bombillas de neón, me daba la impresión de una ciudad nocturna donde las tiendas nunca abren. Donde no existe nada excepto el castillo de la Organización y el garaje. Me gustaría saber donde puñetas nos dirigíamos.
– Em... Axel... ¿Dónde vamos?
– A hacer un recado.
– Genial...
Nos paramos frente a un rascacielos que iluminaba la acera mojada y negra y la hacía brillar con un resplandor amarillo anaranjado. Dos pantallas se alzaban arriba del todo. Y las puertas parecían abiertas.
– Quédate aquí, ¿vale? Voy dentro.
– ¡Espera, Axel!
Pero no, no me hizo ni caso. Encima, no tenía ni idea cuanto tiempo llevábamos fuera del castillo, pero cuando empezó a llover supuse que estaba anocheciendo. Genial.
Escuché unos pasos lejanos en la acera de enfrente. Miré con rapidez, intentando distinguir algo entre las tinieblas. Sí. Era una sombra humana. Y tenía mi altura, que era lo mejor.
Uno de los focos le alumbró, mientras él intentaba cubrirse, pero era demasiado tarde. Cabellos rubios de punta y unos enormes ojos azulados. Roxas.
– ¡Eh, tú!
Él me miró, asustado, y echó a correr. ¿¡Pero qué...!? Maldije a Xemnas por hacerme correr tras él y comencé la persecución por las calles azuladas de la ciudad. Él parecía más rápido que yo, pero yo desde luego, tenía las piernas mucho más largas. Iba a cogerle cuando me di cuenta de que estábamos otra vez en la misma plaza. No, espera... Antes no había una marea de criaturas negras de ojos amarillos y resplandecientes.
– Mierda... ¡Mira lo que has hecho! – me gritó, sacando dos espadas. En un principio, me recordaron a dos enormes llaves, cuya empuñadura era la cabeza. Una negra y la otra blanca y amarilla. Eran bonitas.
– ¡Roxas, para, quiero hablar contigo! – exclamé yo, pero en ese momento, apareció de las puertas Axel.
– ¡Roxas! – gritó también.
– ¿Cómo sabes mi nombre? – me preguntó, sin hacer caso a su amigo. Tenía que alzar la mirada mientras combatía a aquellos bichos con sus llaves espadas, o lo que fuera.
– ¿De dónde han salido tantos sincorazones? – pregunté yo, algo sorprendida. Los conocía bien, a mí no me podían hacer daño. Pero yo a ellos tampoco. Era algo extraño ver a esos miles de criaturas, retorciéndose en la oscuridad de la que procedían.
De repente, miré hacia arriba, como otra sombra descendía. Roxas también se dio cuenta y fue a por ella, pero algo le golpeó y le tiró contra la marea negra. De repente, la silueta del símbolo sincorazón se dibujó en el suelo, protegiéndole. Cabellos blancos, lacios. Ojos cubiertos por una venda. Que original, una capa...
– ¡Tú! ¡Es la segunda vez que me atacas!
Ahí estaba Roxas, sano y salvo en el escudo del desconocido, metiéndose con él. El desconocido se levantó y sacó su espada. También era como la de Roxas. ¿Dónde conseguían esas espadas? ¿Estaban de moda?
El albino comenzó a vibrar con fuerza e hizo desaparecer todos los sincorazón, cuando un chakram de fuego le golpeó en el hombro.
– ¡Deja en paz a Roxas! – gritó Axel desde la puerta –. ¡Descúbrete, eres otro traidor más!
– ¿Traidor? – el chaval rió, quitándose la venda de los ojos –. Perdona...
YO SOY PURA OSCURIDAD.
Rió con maldad y un halo de luz negra se apoderó totalmente de él. Cayó en el suelo, con otra apariencia, haciéndome chillar al reconocerle. Ese chico se parecía a aquel llamado Ansem.
Axel se tiró encima de mí, protegiéndome, mientras que el nuevo Ansem cogía a Roxas, que se había desmayado extrañamente, y se iba, dejando otra horda de sincorazones tras él.
Los sincorazones volvían a atacarnos y Axel no sabía defenderse contra aquel tipo de criaturas. Vaya flacucho. Sin embargo, yo tampoco podía hacerles ningún daño. Su oscuridad nos iba penetrando en el cuerpo con cada golpe. Me estaba empezando a desvanecer, pero lo que más odiaba era la impotencia de ver desaparecer a Axel.
– ¡Axel, lárgate! – le grité, aunque seguía protegiéndome con su cuerpo.
– ¡Ni de coña! – exclamó él –. ¡No pienso dejar escaparte otra vez!
Eso me descolocó por completo. ¿Otra vez?
Le miré a los ojos, cuando creí del todo volverme loca. Encima de mí ya no se encontraba Axel.
Se encontraba él.
La oscuridad empezó a cegarme y solo pude aferrarme a su chaqueta, en un vano intento de conservar la poca vida que me quedaba.


Cuando volví a despertar, me encontraba en un lugar oscuro igualmente. Parecía como si me hubiera zambullido a miles de metros bajo una especie de océano de oscuras y negras aguas.
Di un paso, cuando un millón de algo parecido a aves blancas me dejaron ver una hermosa vidriera circular bajo mis pies. En ella se encontraban dos chicas, muy parecidas. Una de ellas tenía el cabello castaño y los ojos amarillos. La otra el pelo negro y los ojos verdes. Sostenían un corazón quebrado en sus manos. Detrás de una se encontraba Night, lo reconocí al momento. Y detrás de la otra... No sabría explicarlo.
Me arrodillé, asustada, al darme cuenta de que... era yo.
Un resplandor cegó mi mente, haciendo que cerrara los ojos, mientras los recuerdos me golpeaban uno tras otro, los más bellos y los más dolorosos. Me estaba faltando el aire, no sabía si estaba muerta o si seguía viva... pero era el peor estado de los que había vivido.
– ¡PARA! – bramé yo, intentando que alguien me escuchara. Pero el silencio que había allí me encogía el corazón... si es que aún seguía existiendo en mi pecho.
En aquel momento, aparecieron unas escaleras de cristal de vidriera, del mismo estilo que el que tenía bajo mis pies. Comencé a correr escalón tras escalón; la vida me iba en ello. La desesperanza era algo tan tenebroso y horrible que deseaba que dejase de dolerme por dentro. Parecía prácticamente interminable. La furia con la que pisaba era tan grande, que al mirar atrás me di cuenta de que los escalones iban despareciendo a medida que los subía.
Sin embargo, estaba demasiado pendiente en mirar hacia atrás para que no desapareciera el escalón en el que me encontraba, que tropecé. Desapareció. Y yo caí.
“Otra vez... No puedo hacer nada a derechas, ¿verdad? Veamos... ¿cuántas cosas he hecho ya mal? He perdido a la persona a la que amaba, a mí misma... ¡No valgo para nada!” me decía una voz grave en mi cabeza, en conjunto mientras caía como una idiota en mi propia oscuridad.
“¡No! ¡Yo no he perdido a nadie! ¡Yo sirvo para algo! ¡Yo también tengo algo de luz!” exclamó otra voz, más aguda, dentro de mí. Para mi sorpresa, mi pecho empezó a brillar con una luz blanca, y como una fuerza superior a mí me alzaba otra vez a la plataforma de cristal.
Me sequé las lágrimas, mezcla de temor y nervios. Y sonreí.
– Al fin has llegado.

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