sábado, 2 de julio de 2011

Capítulo 2

Cuando dieron las cinco de la tarde, después de haber comido en la playa, nos metimos todos en la nave. Braig se dispuso a conducir la nave junto con Dilan. Los demás se hallaban desperdigados por ahí, mientras Vero y yo nos sentábamos juntas en uno de los compartimentos, jugando con el ordenador.
– ¡Reviéntale la cabeza! – exclamó Vero, con una chispa asesina en sus ojos amielados.
– Qui–quizá sea mejor que vuelva en otro momento – repuso Meyd, algo asustado, pero yo me eché a reír, mientras Vero se quedaba roja.
– No, no, pasa por favor…
Meyd se sentó entre nosotras dos, mientras se retocaba la cresta hacia arriba. Sus manos siempre estaban extrañamente mojadas, no por el sudor, extrañamente, parecía ser agua. Sonreí y le revolví las greñas que quedaban colgando de su nuca.
Al rato, nos cansamos, y nos tumbamos los tres en el suelo de la nave. Aun quedaba un largo trecho desde aquel lugar llamado Islas del Destino hasta nuestro querido Bastión Hueco.

La nave se detuvo con un golpe brusco, haciendo que rodáramos por el suelo hasta apilarnos en una pared cercana. Meyd miró a Vero sonrojado y se levantó, alisándose su camiseta azul celeste y saliendo para ver qué pasaba.
– ¡Woha! ¡Bi, mira que alucine!
Con el poco vocabulario de Meyd, me acerqué a la puerta del compartimiento y vi como la sala central tenía desperdigados a nuestros compañeros. Dilan y Braig se habían estrellado literalmente contra el cristal, Lordu, Relena, Ienzo y Elaus estaban esparcidos por la sala, algo desorientados tras el golpe. Y el compartimiento de Lea y Lumiara acababa de abrirse, mostrando a un pelirrojo más que enfurecido.
– ¿¡Pero qué coño estáis haciendo?! ¡¿Habéis olvidado cómo se conducía este trasto o qué?!
Yo me reí por lo bajo. Había olvidado momentáneamente los malos despertares que tenía Lea. Pero aquella expresión me resultó demasiado familiar. Era… como si ya hubiera vivido aquel momento…
– ¡Lea, tranquilízate! – le reprimió Lumiara, cogiéndole por el brazo –. Vamos, Ansem nos espera.
Braig y Dilan bajaron de la nave los primeros, ambos con la nariz roja. Relena tomó a Vero, como solía hacer, la sobreprotegía demasiado… Todos los demás bajaron, excepto Lea, Lumiara y yo, que esperábamos al primero a que encontrase su maldita camiseta.
– ¡La has tenido que meter por aquí, puñetero! – le gritaba Lumiara, revolviendo sus cosas y lanzando la ropa del pelirrojo por los aires, la mayor parte de ella negra. Lea también buscaba por debajo de la cama, mirándome algo avergonzado. No tenía motivos para ruborizarse, había convivido demasiado tiempo con él.
Mire hacia una de las ventanas, ya habíamos llegado a Bastión Hueco, pero atrapado en el filo de la ventana estaba la dichosa camiseta de tirantes negra y roja de Lea. Me subí a su cama, pisando con las botas toda la demás ropa y la cogí, mientras se la ponía, aun subida encima de la colcha.

El castillo de Bastión Hueco seguía siendo tan imponente como siempre, dotado de los materiales más caros y creado a duras penas por ciudadanos de a pie. Era un palacio digno de cualquier rey o cualquier emperador.
Los once nos metimos en uno de los ascensores recubiertos de oro que había a la entrada, custodiada por armaduras inmóviles encantadas. Sus lanzas se abrieron y nos dejaron bajar hasta los sótanos, donde tuvimos que coger otro ascensor más. Siempre era así.
Finalmente, llegamos hasta el despacho de Ansem. Tenía forma circular y sus paredes estaban repletas de informes, apuntes y vitrinas con pequeños corazones de cristal rosáceo flotando en un líquido transparente. Aun así, era lo suficientemente grande como para que entráramos los once sin problemas.
Allí estaba, sin ningún tipo de sentimiento en su tez morena, Xenahort. Implacable, mirando a una pared cercana, como si no se hubiera percatado de nuestra existencia, hasta que apareció Ïsa por otra puerta.
Ïsa siempre descuidaba su aspecto. Realmente, parecía un perro callejero o simplemente un vagabundo, y no era precisamente porque el dinero nos faltase. Ansem estaba hecho de oro para poseer un castillo como aquel. Pero a Ïsa no parecía importarle y solía ir con las uñas extremadamente largas, al igual que sus colmillos, despeinado, con una camiseta rajada y unos pantalones rotos.
Xenahort me miró y me sonrío, mientras yo también lo hacía. En aquel sueño que me había dado tiempo a transcribir durante el viaje, aparecía un bonito recuerdo de mi infancia. Y sabía que eso si había sucedido, Ienzo y yo procedíamos del mismo planeta destruido.
– Bien, no hacía falta que vinierais todos… – comenzó Ansem, pero se detuvo cuando todos empezaron a gruñir.
– Venga… ¿Y para eso nos haces venir, chucho? – le reprochó Lea a Ïsa, que le dedicó una mirada de odio.
– Los que no pertenezcan al proyecto pueden irse – habló Xenahort, haciendo que la mitad de los presentes marcharan a otros lugares del castillo. Eso solo nos dejaba a Elaus, Ienzo, Braig, Dilan, Xenahort, Even – que acababa de aparecer con unas extrañas gafas de laboratorio en su pálida frente– y yo.
– Quería reuniros a todos para explicaros que ya no habrá más experimentos con corazones.
Nuestro gesto mudó a sorpresa. En especial el de Xenahort, que también tenía tristeza entremezclada en su rostro.
– ¿¡QUÉ!? ¡Ansem, estamos haciendo muchos progresos! ¡No podemos parar ahora! – gritó el joven, provocando la furia del anciano Ansem.
– ¡Xenahort, es muy precipitado y muy peligroso si continuas! ¡Los corazones no se pueden controlar como si los humanos fueran robots! ¡He permitido un único experimento en este castillo… – Ansem me miró de reojo – …y no habrá ninguno más!
Xenahort cerró el puño, enojado, y descargó su ira contra una pared, causando un abollón en ella. Después se dispuso a abandonar el despacho, pero me miró. Eso significaba que debía seguirle.
Los pasillos estaban absolutamente desiertos, mientras nuestras sombras seguían recorriéndolos. Apretaba la bandolera con el portátil, algo asustada de cómo estaba de enfurecido Xenahort, hasta que llegamos a dos enormes puertas de color blanco. Ya las había visto, es más, todo aquello, me resultaba dolorosamente familiar. Era una sensación en el pecho que lo oprimía y no me dejaba respirar.
Sí, la habitación de Xenahort era increíblemente grande. Y lo mejor, toda ella estaba pintada de blanco. Daba una sensación como de haber entrado en el cielo, en el limbo o en la mismísima nada.
– Bianka, ¿tienes algo que decirme después de estas pequeñas vacaciones? – Xenahort se sentó en su mesa y encendió el ordenador, a la par que yo le entregaba el pen drive con el archivo de mis últimos sueños. Los descargó en su ordenador y los observó por encima, cuando empezó a reírse.
– ¿Qué sucede? – pregunté yo, acercándome a la pantalla, y leyendo como el maldito se reía por la aparición de ese tal “Xemnas”.
– Xe–Xemnas… Menudo nombre ridículo… – respondió él, a punto de llorar de risa –. Le quitas la ‘X’ y lo reordenas y te sale Ansem… Encima pones que se parece a mí…
– Es que en mi sueño se parecía a ti… – intenté disculparme frente a sus risas. Cerró el programa y se dejó caer sobre su escritorio. Estaba cansado y se le notaba mucho –. ¿Qué te pasa, Xen?
– No más experimentos. Estábamos tan cerca de tener el control absoluto sobre el corazón…
– ¿Habéis descubierto algo más? – pregunté yo, mientras le echaba una ojeada al libreto que había sobre la mesa: en letras de ordenador se podía leer “INFORMES ANSEM”.
– Estamos a punto de conseguir entender porque cuando se separa el corazón de una persona se crea otra igual.
– ¿IGUAL? – bramé yo, asustada.
– No exactamente… – él se incorporó y me miró, mientras dejaba el libreto a mi lado, en el frío suelo de mármol –. Cuando un corazón abandona el cuerpo de alguien, se crea otro cuerpo aparte… es difícil de explicar…
– Así que… cuando el corazón de un individuo es devorado por la oscuridad o se separa del cuerpo, ¿se crea otra persona?
– Exacto.
– ¿Y qué sucede con el corazón y el cuerpo de la otra persona? – pregunté.
– Depende. Si el corazón es devorado por la oscuridad, como has dicho tú, entonces se crea un sincorazón.
– ¿Y cuando te conviertes es sincorazón… mantienes tu forma humana?
– Solamente si tu corazón es lo suficientemente fuerte.
– Vaya…
De repente, Xenahort se levantó y corrió fuera de su despacho. Eso me dejó algo descolocada, por lo que le seguí a grandes zancadas por el castillo.
Aquella zona estaba siniestramente decorada con enredaderas negras y elementos tribales en las blancas paredes. Era una decoración muy familiar para mí. Xenahort esperó unos segundos a que yo llegara donde él estaba.
Se había detenido frente a una enorme maquina decorada igualmente, que lanzaba pequeños chispazos morados.
– ¿Xenahort, que pretendes? – le pregunté, mientras veía como él se agachaba y desatornillaba una placa para empezar a enredar con cables de diversos colores.

– Esto ya casi esta…
¿Cómo había llegado a aquella cabina llena de energía azulada a mi alrededor? Dos pantallas seguían procesando datos encima de mi cabeza, veía una especie de reproducción en tres dimensiones de mi cuerpo y también información extraída de mi ADN…
Desde que tenía uso de memoria, había sido el pequeño experimento de Ansem y sus alumnos. Tras que mi mundo desapareciera y desechar la idea de tomar como experimento a Ienzo, me cogieron a mí.
Durante muchos años estuve en continua observación, encerrada en laboratorios donde una vez o dos por día me abrían para observar el funcionamiento correcto de mi cuerpo. Nunca comprendí para que lo hacían, pero tras darme falsas esperanzas de que mi vida era la de una adolescente normal, seguí estando a la entera disposición de aquel grupito de científicos liderados por el llamado “Ansem el Sabio”.
– ¿Bianka, te encuentras bien? – me preguntó Xenahort, mientras yo asentía con la cabeza.
Encerrada en aquel ataúd de cristal, o al menos me lo parecía así, observé que la urna se iba recalentando poco a poco. Y sabía que Xenahort quería probar científicamente como el corazón se podía separar del cuerpo y formar otro individuo, para lo que había preparado una urna igual a mi derecha.
Estaba temblando, cuando vi que los dedos morenos de Xenahort bajaban la palanca de funcionamiento del cacharro. Entonces, no solo fui yo la que temblaba, sino toda la estancia, ¡todo el castillo! Eso, obviamente, fue notado por todos los que morábamos en él, incluidos mis amigos.
Lea y Lumiara llegaron los primeros, seguidos de Relena, Vero y Meyd. Miraron primero a mi cabina y luego a Xenahort, intentando hacerle cambiar de opinión. No podía escuchar ni una palabra, pero por sus rostros, notaba como la tensión se respiraba en el aire. Los chispazos se hacían cada vez más intensos y Lea se acercó a mi urna, a pesar de que Xenahort le intentaba detener.
– ¡Bi, te sacaré de aquí! ¡No te preocupes, no te pasara nada malo! – pude entender entre el jaleo producido por la energía que se acumulaba a nuestro alrededor. Lea posó sus manos en el cristal, haciendo que llamas de color rojo se enlazaran a sus brazos, pero un golpe brusco seguido de una extraña onda le hicieron volar por los aires contra uno de los ordenadores de la sala. Grité su nombre, pero un fuerte dolor de cabeza me echó hacia atrás, haciendo que me acurrucara en el suelo de la urna. Era demasiado dolor para mí.
Los acontecimientos que siguieron a aquel desvanecimiento los escuchaba como superpuestos. Estábamos allí los catorce, yo en mi prisión de cristal, escuchando gritos horribles de dolor y desesperación. Poco a poco, pude contener la calma, solamente para destrozarme la mano intentando abrir la puerta de cristal.
Todos estaban tirados por los suelos, que habían tomado un color negro intenso. Negro oscuridad. Se encontraban inconscientes o peor, muertos. Pero no podía diferenciarlos en aquel momento.
Me arrastré hasta el cuerpo calcinado de Lea. Parecía que sus propias llamas le habían quemado la ropa y un poco de pelo. Sin embargo, fue la marca negra y roja en forma de corazón con aspa en su interior lo que me hizo retroceder de terror. En todos los especimenes con los que habíamos tratado, aparecían esas marcas cuando su corazón se sumía a la oscuridad. Y eso es lo que había sucedido con todos ellos, que ahora permanecían dormitando en el suelo.
Horrorizada, intenté huir, cuando encontré un cañón de un blaster apuntando a mi nariz. Quién lo sostenía era una joven de pelo negro azabache, con unos enormes y preciosos ojos verdes. Su cara me recordaba macabramente a alguien, pero no caí en ese momento.
Tras ella, como resurgidos de las sombras del suelo, emergieron doce figuras humanas. Eran las mismas siluetas de mis compañeros, de mis amigos. Pero estaban vacías. Eran cascarones. Y en la cabecera me lo demostraron. Sabía quiénes eran. Eran los de mi sueño. La Organización.
La chica seguía apuntándome con el blaster mientras sonreía siniestramente.
– Bueno, querida… ¿Ya recuerdas quién eres?
– ¡No me hables así! – grité –. ¿¡Quién demonios te crees para tratarme así!?
– Soy Myô. Soy tú.

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