Marluxia siguió tirando de Myô sin detenerse, hasta llegar a la nave que los había traído a Bastión Hueco. La soltó frente el metal ardiente de la nave y la encerró colocando sus brazos a cada uno de los lados de su cabeza.
– ¡No! ¡No quiero volver! – gritaba Myô, cuando una enredadera de espinas la rodeó la garganta y la amordazó.
– Mira, bonita, te he estado buscando por muchas partes hasta dar contigo. ¿¡Sabes lo que me ha costado!? He dejado el castillo a una de mis estúpidas copias y vete a saber que ha sucedido con él – Marluxia la tomo por la barbilla con dulzura fingida –. ¿Por qué huiste…?
– ¡Maldito Marluxia! – bramó ella, mientras Marluxia se reía ante el parecido con su sincorazón –. No quiero ser solo un experimento… ¡Mira lo que le sucedió a Xion! No quiero acabar como ella…
– ¿Y jugando a torturar a tu sincorazón con un ángel unialado es más bonito? – Marluxia suspiró. Axel y Saïx habían encontrado una pista fiable del paradero de Roxas. Y Sefirot había desaparecido, pero Myô no –. Vuelve, por favor.
– No… no quiero ser un conejillo de indias…
– Vuelve por mí… Y deja al angelito y tus planes malévolos.
Marluxia la miró. Aquella que parecía una rosa de pétalos negros, realmente tenía espinas envenenadas. La conocía demasiado bien como para que todo lo que tramaba era por una razón.
– Prométeme una cosa – murmuró Marluxia –. Cuando termines ese maldito plan de venganza, vuelve con nosotros. Xemnas sabrá recompensar tu lealtad.
– ¡Nunca! ¡¿Me oyes?! ¡No quiero volver! – gritó ella otra vez.
– ¡Mira, niña! ¡Me estás cansando!
– ¡Me niego!
– ¿Y que harás cuando yo falte, eh? – le inquirió Marluxia, viendo como ella se alejaba hasta un acantilado cercano –. ¿Qué pretendes hacer cuando yo no te proteja ante él?
– ¡Pues me abandonaré a los ángeles!
Esa última frase la había recitado. Como si se tratara de un poema. Dio un paso más de espaldas y cayó por el acantilado, haciendo que Marluxia corriera tras ella, pero Myô estaba bien. La sostenía Sefirot en sus brazos.
– ¿Quién coño la habrá enseñado a recitar poesía…? – murmuró entre dientes Marluxia, aun sin recuperarse del susto. Una mano enguantada se posó en su hombro, dándole la vuelta. Era un hombre de la edad de Sefirot, e incluso llevaba un traje parecido al suyo, solo que en rojo. Sus cabellos eran cortos y cobrizos y su mirada azul intenso, como la de Marluxia. Tras su espalda aparecía una majestuosa ala negra.
– Creo que puedo responder a esa y a muchas preguntas… Mi nombre es Génesis.
Axel respiró hondo y se dejó caer sobre el suelo del cuadrilátero, vencido. Sonrió a los dos chicos y los miró con nostalgia.
– Vuelve con nosotros, Roxas… – murmuró él, mirando al rubio. Después su mirada se poso en Feni, que seguía debatiendo si llegaba a conocer a ese chico –. Réquiem… ¿De verdad que no te acuerdas de mí?
– ¡Deja de llamarme Réquiem! ¡Mi nombre es FENI! ¿Lo captas? – ella señaló a su sien con su mano derecha, cuando se dio cuenta de lo que hacia y bajó la mano corriendo. Axel se quedó atónito por aquel gesto tan suyo realizado por la joven y empezó a reírse solo.
– Lo que tu digas… – un nombre apareció en la mente del pelirrojo, no sabía exactamente de dónde, pero era así – Bianka.
Roxas los miró a ambos. El silencio que había entre ellos era profundo y un tanto incomodo. Sus miradas no dejaban de escudriñar al otro, como si pretendieran quitar el disfraz para reconocer a la persona que realmente hablaba. Tanto Axel como Feni sabían que no eran los mismos.
– ¿Te gusta que te llame así? ¿Bianka? – Feni empezó a temblar y se alejó cuanto pudo del pelirrojo, chocándose contra Roxas, que la miraba asombrado. Emitió un gemido ahogado y se apoyó sobre su hombro, asustada.
– ¡Axel, largo! – le espetó Roxas, amenazando con su llave espada –. ¡Deja de hacer daño!
– Roxas, nº XIII, “Elegido de la Llave Espada”. Tu lugar está entre la Organización. Y no con esa mercenaria.
– ¡No soy ninguna asesina! – gritó Feni.
– ¡Entonces has debido de perder la memoria, porque quisiste matar a Roxas!
Feni se aparto violentamente de Roxas, asustada. Él la miró también con sorpresa, pero después frunció el ceño y tomo su llave espada, mirando a Axel.
– ¡LARGO DE AQUÍ!
– ¿Te encuentras mejor, Feni?
Roxas no solía volver a casa los días de verano, pero aquel día tuvo que hacer una excepción. Tras terminar el combate de Struggle y salir vencedor, paso cierto tiempo con sus amigos en la torre del reloj. Sin embargo, Feni seguía demasiado afectada por las palabras del pelirrojo, por lo cual tuvo que irse antes.
Feni se encontraba sentada en una silla de ordenador con respaldo de estrella. Parecía la forma predominante en toda la habitación. Varios CD’s de música esparcidos por el suelo, ropa, zapatillas, algunos libros de texto sin forrar, una mochila con cuadraditos… Era una típica habitación de adolescente en el final de sus vacaciones de verano.
– Estoy… mejor – murmuró ella, aun un tanto atontada. Roxas esbozó una sonrisa y abrió la ventana que había encima de su cama. El sol del atardecer se colaba gustosamente, bañándolos con su luz naranja.
– ¿Por qué dijo eso de la Organización XIII? El elegido de la llave espada, el número XIII… No había oído hablar de ello en mi vida…
– Pues busquemos en Internet – inquirió Feni, sonriente, dándose la vuelta en su silla y empezando a teclear en el ordenador encendido.
Primero buscaron “llave espada”, pero tan solo aparecieron cerrajeros y vendedores de espadas de adorno, que les hicieron reír. Buscaron también “13” , pero solo aparecían páginas donde se menciona como número de la mala suerte. Roxas se estremeció en aquel momento.
Era ya de noche cuando se limitaron a buscar “Organización 13” . Nada más ponerlo, apareció una ventanita en el centro de la pantalla. “Data not found”. Feni sabía de ordenadores, por tanto intentó omitir aquella ventanita, pero siempre salía.
– Que extraño… – murmuró Roxas, apoyado en el respaldo de la silla.
Aquí la conexión con el exterior es prácticamente imposible. Manejamos informaciones muy confidenciales y... nada puede entrar o salir.
– ¡GAH!
Feni acabó en el suelo, bajo la atenta mirada de Roxas. Había caído tras escuchar esa voz familiar, diciendo la frase que respondía a sus dudas. Pero, ¿dónde había oído esa voz?
Se levantó con cuidado y miró momentáneamente a Roxas, que sacaba una cama de debajo de la suya y apartaba con el pie unos pantalones negros que impedían el paso. Había sido muy amable al dejar que se quedara en su casa hasta que las vacaciones terminaran.
– Ahí esta el aseo – indicó él, mientras se quitaba la chaqueta para ponerse la camiseta del pijama. Feni sonrió y cogió el pijama que le había dejado Olette aquella tarde.
Cinco minutos más tarde, la habitación había adquirido una luz azulada procedente de una lámpara en forma de estrella. Roxas intentaba dormir, pero daba vueltas y vueltas en su cama. Feni le contempló con una sonrisa, hasta despertarle de una pesadilla que casi lo tira de la cama.
– ¿Tú no tienes sueño? – preguntó Roxas, medio dormido.
– Supongo… Es el primer día de… mi nueva vida…
Roxas se incorporó sobre su cama, extrañado.
– Sí, antes… vivía una pesadilla. Pero sé que ahora, veré la luz del sol…
– Espero que tus sueños se hagan realidad, Feni – murmuró Roxas.
– ¡Lo mismo digo!
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