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sábado, 2 de julio de 2011

Capítulo 6

Feni abrió los ojos con cuidado, con temor a encontrarse otra vez con aquella nada de color negro. Sin embargo, el dulce aroma del desayuno –si su nariz no la engañaba, eran tortitas–, y la tibia luz del sol de la mañana que se colaba entre las cortinas y bañaba su rostro le indicaba que estaba sana y salva en la habitación de Roxas.
Se levantó con decisión de la cama y buscó su ropa del día anterior. La hizo un atillo y se la llevó al baño, dejándola encima de la tapa del wc mientras se duchaba. El agua estaba demasiado fría para su gusto, pero bastaba poner sus dos manos en el grifo como para calentarla.
De repente, al aclararse el pelo enjabonado, descubrió como su precioso color de pelo naranja… ¡se iba por el desagüe! Bajo el rojo anaranjado que había cobrado su pelo el día anterior, aparecía pelo de color negro y unas cuantas mechas rosas por todas partes. Feni se asustó tanto que tuvo que agarrarse a las cortinas de la ducha. ¿Qué estaba sucediendo?
Se secó y se puso la ropa del día anterior, que seguía oliendo a nuevo. Bajó las escaleras de la casa de dos en dos y se situó al pie de un gran salto, entrando en la cocina.
– Mi madre nos ha dejado unas tortitas recién hechas antes de irse – explicó Roxas, sonriente, con la boca llena –. ¡Prueba algunas!
– Muchas gracias, Roxas – respondió ella, cogiendo un par de tortitas y dejándolas en un plato.
El desayuno transcurrió en silencio, mientras Feni se echaba sirope de fresa y chocolate en las dos tortitas, hasta que Roxas se percató de su nuevo color de pelo.
– ¿¡Qué le ha pasado a tu pelo!? – preguntó él, dejando de golpe el tenedor sobre su plato.
– No tengo ni la menor idea. Yo solo me lo he lavado… – Feni miró los mechones de su flequillo, ahora negro y rosa –. Creo que podré acostumbrarme.
– Es increíble, eso quiere decir que este es tu color natural, ¿no es así? – Feni asintió, con un coletero en la boca, mientras se ataba el pelo en dos coletas altas –. Vaya, los demás van a flipar cuando te vean…
– Yo casi me caigo de la ducha cuando lo he visto… – murmuró Feni, dejando su plato en la pila y acompañando a Roxas hasta la salida.
El plan que tenían los cuatro chicos y ella era marcharse a la playa. Pero el dinero no les daba para mucho, ya que habían celebrado demasiado su victoria en el campeonato de Struggle. Por tanto, se dirigieron a la estación a terminar sus deberes; una redacción sobre “Las Siete Maravillas” de las Terrazas del Atardecer.
Pasaron parte de la mañana y de la tarde en aquella zona de Villa Crepúsculo. El sol siempre estaba poniente en aquel lugar y todo estaba iluminado de luz naranja. Feni echaba de menos su color de pelo, pero no le importaba, se lo estaba pasando bastante bien con aquellos nuevos amigos. Sin embargo, sabía que había algo que fallaba en todo eso.
Cuando se daba la vuelta de vez en cuando, sentía el temor y la mirada de algún desconocido en ella. Cierto era que llamaba la atención con aquellas ropas. Pero no era ese tipo de mirada. Le daba la sensación de que alguien la estaba espiando.
–Roxas, Feni… Vosotros vais a mirar la última parte, es aquella explanada de ahí – explicó Hayner, con un mapa en la mano en el que ya había cinco equis situadas en cada lugar donde no había nada misteriosa.
Roxas y Feni se pusieron en camino en la empinada cuesta. De ella, bajaban muchas parejitas acarameladas. Roxas miró a Feni con diversión, le parecía todo demasiado pasteloso. En cambio, a Feni le resultaba un poco doloroso, sentía dentro de ella como si también hubiera sentido eso alguna vez.
– ¡Venga, date prisa, no vamos a ver el tren fantasma! – le replicaba Roxas, tirando de los manguitos de la chica.
– ¡No tires, pesado! ¿Sabes lo que han costado estos manguitos? – gritó ella, intentando soltarse de él.
Roxas siguió tirando de ella hasta chocarse con un hombre que estaba a la entrada de la plazoleta. Era un hombre orondo, que vociferaba para atraer a los turistas.
– ¡Oh, qué preciosidad! ¡Una parejita! ¡Y qué jóvenes! – replicó el hombre en alta voz. Los chicos se sonrojaron por completo.
– ¡No-no somos pareja! – replicó Roxas, levantándose del suelo.
– Oh, vaya, no lo quieren reconocer… Qué adorables… – siguió hablando el hombre, cuando alguien tomó del brazo a Feni.
– No, es mi pareja, así que deje de emparejarla con quién no debe.
Feni seguía mirando a Roxas, mientras escuchaba aquella voz tan familiar. No caía en la cuenta de quién era, pero extrañamente mantuvo la farsa hasta llegar a una de las barandillas de la plazoleta, donde descubrió a su secuestrador.
Era otra vez aquel indeseable tipo pelirrojo. Se apoyaba en la barandilla con los codos, mirando la ciudad que tenían bajo ellos, sin aquella capa con la que le había visto la primera vez.
– ¿¡Qué puñetas haces aquí!? – preguntó la chica, gritando. ¿Por qué Roxas tardaba tantísimo?
– ¡Tú sabes algo que yo no sé! – replicó el pelirrojo, cogiéndola de los hombros –. ¿Qué te ha pasado en el pelo?
– Eso no es de tu incumbencia, joder… – Feni empezó a acumular fuego en sus manos y le prendió las manos en ambos brazos. Él las extinguió con facilidad, apenas dando un par de golpecitos con las manos–. Yo no sé nada de ti, ¿comprendes?
– No mires para allá más tiempo. Roxas está congelado, como todos los demás, y seguirán así hasta que no me cuentes qué tienes que ver tú con mi pasado.
– Em… ¡Nada! – respondió la chica –. Ahora déjame largarme de aquí.
Feni intentó huir tranquilamente, pero Axel la volvió a agarrar del brazo, dándole la vuelta y mostrándole algo que colgaba de su mano.
– ¿Realmente no sabes qué es esto? – Axel permanecía muy serio, mirando a aquella chica tan familiar de la que no recordaba nada.
Feni miraba la llamita de plata que colgaba de sus manos. La intentó coger, pero Axel la retiró.
– Devuélvemelo – ordenó ella, pero Axel negó con la cabeza.
– No lo haré hasta que me digas quién te la regaló.
– ¿Para qué quieres saberlo? No tiene nada que ver contigo.
– ¿De verdad que no? Curiosamente, yo controlo el fuego, y esto tiene forma de llama…
Axel la dio la vuelta, mientras le ponía el colgante al cuello. Feni tembló. Aquella situación era demasiado familiar, ¡era un dejà vu demasiado grande!

“Entonces él sonrió y colocó el colgante en el cuello de Bianka. La giró, con su sonrisa, y la abrazó, cálidamente. Todo en él era extrañamente cálido. Bianka se separó, y miró lo que ponía al dorso de la llama…”

– “…de Lea para Bianka. Para siempre” – rezaba en letras diminutas la letra del mismo Lea.
– ¿Quién es ese Lea? – preguntó Axel, sin comprender, mirando con ella la llamita. De repente, vio una lágrima asomar de uno de los ojos de la chica.
– Alguien importante para mí – respondió la chica, mirándole. Era demasiado duro saber que el único atisbo viviente de Lea estuviera frente a ella… y él no tuviera ni idea de quién era.
Pero Axel volvió a mirarla, como si algo no encajara. Solo la había visto una vez en su vida, pero extrañamente la reconocía. Difícil de explicar, fácil de sentir. Sus labios dibujaron una sola palabra, que él no había asociado antes a la chica.
– ¿Eres Bianka, no es cierto? No es que alguien te llame así. Tú realmente te llamas Bianka. Esa eres tú de verdad. Has intentado ocultarte tras muchos nombres, solo para alejarte de quién realmente eres. Y sé quién eres…
Axel estaba demasiado extrañado. No tenía ni idea de que estaba sucediendo. Era como si otro se estuviera apoderando de su cuerpo. De repente, del cuello de su camiseta de tirantes, asomó una especie de tatuaje que nunca antes había aparecido. Era un símbolo de un corazón con un aspa en el centro, rojo y negro.
– ¿Pero qué co…? – Axel sintió como su garganta cambiaba –. Bianka, no sé que está pasando aquí…
Feni veía como uno de esos sincorazones que tan familiares le resultaban estaba introduciéndose en el cuerpo de Axel. Se estaba asustando, era como si temiera realmente por su vida. Hizo aparecer su llave espada y golpeó a Axel, pero ésta le atravesó como si el pelirrojo no existiera.
Aterrada, siguió caminando hacia atrás, cuando se golpeó con fuerza en la espalda con la barandilla. Eso la hizo reaccionar, pero no podía hacer nada, Axel parecía también congelado, y todo su alrededor se estaba volviendo otra vez borroso. Era demasiado para ella.
Sus fuerzas le abandonaron y ella cayó por la barandilla, sin consciencia, pero con la terrible sensación de que su vida volvía a pender de un hilo…
…y que solo una persona le podía hacer volver.


“Dónde quiera que estés…
Lea, mi vida… Ya no puedo soportar más todo esto. He pasado de ser un experimento a la esclava de unos vampiros, de una mercenaria a un bonito fénix que se despluma en mentiras.
Me estoy muriendo solo para encontrarte, y no sé donde demonios buscarte ya. He cambiado tantas veces como lugares en los que te busqué. Norte, sur, este u oeste, son todos iguales para mí. Mis rodillas no tienen piel de las veces que caí sobre ellas, desolada, ya que cada esfuerzo es más inútil y vano que el anterior.
Ahora vuelvo a caer en esta maldita oscuridad, dedicándote estos bellos pensamientos y sin saber que hacer. Probablemente, era una trampa, otra trampa de la señoritinga Light. Estoy muy harta de ella, juega con mis sentimientos como si recortara trozos de videos para unirlos y formar una bonita mezcla a la que se añade una canción y se sube al Youtube.
Quiero volver a ser Bianka. Quiero volver a nuestras Islas del Destino, donde nos aburríamos de vacaciones; a nuestro castillo de Bastión Hueco, donde guardamos tantos recuerdos, o volver a mi antiguo mundo, donde nos conocimos. Me da igual ir donde sea. Sólo quiero volver junto a ti…
Ni Blanche…
Ni Réquiem…
Ni Fenixia…

Solo Bianka.”

Caer. Caer, caer, caer y más caer. Me estaba empezando a aburrir. De vez en cuando, veía llamas que se despojaban de mi cuerpo, como lo que se desintegra sin más. Estaba perdiendo lo poco de fénix que me quedaba, además del de mi pelo. Era una caída libre en la que parecía no tener fondo. Y sabía por qué sucedía eso. Era mi límite. Ya no podía caer más bajo.
Hm, podía sentir prácticamente el pútrido aliento de la muerte en mi cara, sus largos y esqueléticos dedos sobre mi cuello, haciéndome exhalar mi último suspiro. Me giré, intentando ver algún tipo de fondo. Entonces lo ví.
Había aparecido de la nada, una de esas vidrieras de recuerdos, tan familiares para mí. Era la tercera vez que caía en una de esas, rodeadas de nada infinita. Me di de morros contra ella, sintiendo un fuerte dolor en mi nariz y en mis labios.
– Light… esto se está convirtiendo en una maldita costumbre.
En efecto, la mujer de cabellos blancos hecha prácticamente de luz se acercó grácilmente hasta mí, con una hermosa sonrisa.
– Creo que tu amiguito Axel te ha ayudado a comprender la realidad… – habló ella, sonriente, mientras yo la miraba con recelo.
– Ya, bueno, pero era otra de tus estúpidas trampas… – me sacudí el polvo que había caído en mis botas y en mi falda, además de volver a tener las rodillas doloridas –. ¿Para qué me has traído esta vez?
Light dio una vuelta a mi alrededor y tomó una de mis coletas con sus manos delgadas y blancas.
– ¿Te das cuenta de que no sirve de nada ocultar la realidad? – su mano llegó hasta mi cuello, donde descansaba la llamita –. Solamente hay alguien que podrá ayudarte a comprender la realidad. Y es la persona que te ha buscado por cielo y tierra desde hace mucho tiempo…
– ¿Quién, el tonto de Lumiara? – pregunté con ironía.
– No precisamente… – Light abrió una mano y sobre ella apareció una nube de color blanco, cuyo interior era como una pantalla. En ella se veía a alguien, en el antiguo castillo de Nerthia, preguntando por alguien. Después, ese alguien marchaba hasta Bastión Hueco y volvía a preguntar, sin obtener resultado. Aquella persona se sentó en una de las Terrazas del Atardecer y rompió a llorar, desesperado, cuando dos tipos enormes de extraños ropajes le tomaron por los hombros y lo dejaron inconsciente a golpes.
– Bueno, ¿le has reconocido? – preguntó Light, algo impresionada por la somanta de leches que le habían dado a ese chico.
– Pues… no. Desde luego, Lumiara no era. Él tiene el pelo bastante más desordenado – reí yo, ingenuamente. Light negó con la cabeza, algo frustrada, e hizo reaparecer la nubecita.
– ¿De verdad que solo Lumiara está preocupado por ti?

Como si millones de cristales cayeran sobre mi negra alma, se reflejó en la nube mágica apareció el dulce rostro del maldito que llevaba buscando cuatro años. No era otro si no Lea, que se había pasado esos cuatro años también buscándome. La realidad era tan sádica como una broma macabra del destino. Mordí mis labios, intentando comprender lo que significaba aquello.
– E–es imposible… – retrocedí asustada, titubeando –. Si Lea me ha estado buscando, ¿¡por qué nunca nos cruzamos!?
– ¿Estás segura de que nunca lo hicisteis? – Light volvió a poner una imagen diferente, una que había recordado hace relativamente poco. Yo corría desesperada a socorrer a un vampiro rubio, y alguien nos miraba. No podía creerlo, pero… aquel que había herido al otro vampiro…
“…mientras otra figura le miraba desde una ventana cercana. No pude ver su rostro, solo veía su silueta dibujada sobre la luna llena.”
– ¡¿Pero por qué no me dijiste esto la primera vez que llegué aquí?! – intenté agarrar a Light, pero su luz se deslizó entre mis dedos, como si no fuese digna de tocarla –. ¡Light! ¡Lea está en peligro ahora!
– Tranquila. Lea está… herido, pero no va a morir – Light cuidaba demasiado sus palabras, sabía que lo que ella acababa de hacer había provocado una profunda ira dentro de mi ser –. Pero, dime, ¿vas a seguir buscándole?
– Pues claro. Hasta debajo de las piedras. Hasta mi propia muerte.
– Entonces… necesitarás esto – Light había hecho aparecer otra bonita llave de dimensiones desproporcionadas. Casi un metro y medio de largo. Ésta era más acorde conmigo, tenía zarzas tribales como motivo en la empuñadura y la hoja era una barra de líneas rosas y negras en continuo movimiento. El llavero, esta vez, era una preciosa flor blanca de cuatro pétalos –. Espera. Cuando empuñes esta llave, todos tus recuerdos volverán. El shock producido puede ser demasiado fuerte, recuperarás toda tu memoria, los buenos momentos… y los peores – la llave se transformó en la flor del llavero y Light me la entregó, sonriendo –. Sé feliz. Y encuentra a Lea.

Capítulo 5


– León, preguntan por ti… – habló Aeris, interrumpiendo a Cloud.
– Dile que pase.
En el umbral de la puerta apareció una lánguida figura, alta. Por un momento, Cloud quiso ponerse a la defensiva, pero cuando las sombras se disiparon se dio cuenta de que solo se trataba de un hombre joven. De aquel vampiro vecino suyo.
– ¿Night? – preguntó León, creyendo reconocerle.
Los cabellos rubios del vampiro ensombrecían su blanco rostro, que parecía terriblemente dolorido. Sus ojos estaban rojos como el rubí y contenían una mirada asesina que había asustado a la joven Aeris.
– Cloud. ¿Sabes algo sobre un hombre de pelo plateado con una enorme espada? – preguntó inocentemente el vampiro, provocando un grito en Aeris y que Cloud se acercara a él con rabia contenida.
– ¿¡Sabes algo de Sefirot?! – gritó Cloud, a pesar de intentar ser contenido por León.
– Sé que se ha llevado a Réquiem. Él y una amiguita suya, Myô – la voz de Night parecía frustrada, cansada, dolorida –. Pensé que vosotros sabíais donde podían estar.
Cloud permaneció callado durante unos segundos. Sin embargo, Aeris se acercó al desconocido y, con un deje tembloroso, consiguió pronunciar palabra:
– La enviaron con sus recuerdos.
Night y Cloud miraron a la chica, que sonrío con gracilidad y se dirigió al gran ordenador de León.
– Si no me equivoco, Sefirot tomó a la chica y la trasladó a una dimensión cero. A partir de ahí, la chica experimento sus recuerdos… – Aeris calló y asintió, como si hablase con alguien –. Después, la llevaron a una ciudad… digital…
– ¿¡Digital!? – preguntó Night, sin entender nada. Miró a Cloud, que no le quitaba el ojo a Aeris. Sin embargo, era León quién parecía tener una respuesta a sus dudas –. ¿Tú sabrías dónde encontrar esa ciudad digital?
– Hm… Probablemente, pueda encontrar algo en los archivos del castillo, pero eso me llevaría días…
– Ella lleva ya desaparecida casi dos semanas – suspiró Night, sentándose cerca. Sus afiladas uñas separaron los mechones de su pelo rubio cuando se cubrió la cara con las manos.
León posó su mano sobre el hombro del vampiro, cuando Aeris pareció reaccionar, despertando de un extraño trance.
– ¡Villa Crepúsculo! – tras aquel momento de lucidez, Aeris se desmayó, teniendo la suerte de que Cloud estaba detrás. Night esbozó una gran sonrisa y se alejó, cuando se detuvo antes de llegar al marco de la puerta.
Había una joven apoyada ahí. Sus cabellos rubios y cortos recogidos en dos coletas y sus ojos verde esmeralda escudriñaban con la mirada a Night.
– Hai, Night… –“Esa voz… no puede ser…”.
– ¿¡Hika!? – exclamó Night, sorprendido.
– Vampirito, ¿Cómo tú por aquí? – preguntó ella, sonriente, dejando a la vista unos blancos y puntiagudos dientes –. Erik y los demás te echábamos de menos…
– Ah… Era eso… – su tono varió hasta tomar un deje de desconfianza. Pasó de largo por delante de Hika y reanudó su marcha hasta casa, pero una mano de afiladas uñas le detuvo.
– Night, Erik te necesita, ¡todos te necesitamos! Creemos que… ellos volverán a aparecer. ¡Y Blanche debe volver!
– ¡Deja en paz a Requiem, ¿entendido?! – replicó Night, enojado. Se libró de la presencia de Hika con un empujón y la miró a un metro de distancia –. ¡Todos desertamos de esa maldita vida, incluso tu, Hika! ¿Te recuerdo que tu nos traicionaste cuando salvaste a ese presidiario?
– ¿Jackall? Pobre hombre, era un convicto inocente – dijo Hika, quitándole hierro al asunto.
– Me da igual lo que sea. Tú y yo no tenemos nada que ver con ese maldito castillo de desventuras, ¿capichi? – Night se dirigió hacia su puerta, cuando Hika lo tomó tan fuerte del brazo que gritó de dolor.
– ¡Me vas a escuchar por las buenas o por las malas! ¡Erik está en peligro por esa maldita organización de encapuchados! ¡Lady Rainbow piensa que Blanche está con ellos, tiene una de esas intuiciones extrañas! ¡Así que tú te vienes conmigo para buscar a Blanche!
– ¡Deja de llamarla así! ¡Se llama R-E-Q-U-I-E-M! – Night rebufó y caminó hacia la nave rojo chillón de Hika. Ella sonrió y pulsó cuatro botones en un mando negro, haciendo que se abriera una compuerta y pasando al interior de la nave. Debían poner rumbo a aquella ciudad digital de la que había hablado la chica con el gran lazo en la cabeza. ¿Pero como demonios sabrían cual era?
– De eso no te preocupes, vampirito. Erik le colocó un curioso GPS a tu amiguita cuando entró en el castillo. Antes era como una mascota… antes de que nos traicionara.


Algo normal es que en el castillo de Nerthia rompiera a llover como si de un diluvio se tratara. Lady Rainbow se dedicaba a contar una a una las gotitas que chocaban incesantes sobre el cristal de su ventana. Sus dedos de uñas multicolores seguían el camino de las gotas antes de morir en su alfeizar. Era un entretenimiento que la dejaba aún más aburrida.
Su pelo negro, de mechas de miles de colores, adornado con estrellitas blancas, estaba suelto y liso, a pesar de la humedad exterior. Sus ojos blancos, carentes del color de los humanos, no se detenían, en busca de nuevas gotas a las que presenciar su muerte. Sus labios pintados de blanco y negro permanecían sellados, sin tener nada que decir.
Se levantó del sillón que había bajo la ventana y caminó por su habitación de madera. Por suerte, dentro de ella, hacía calor que proporcionaba una chimenea antigua, probablemente del siglo XIX. Repasó con sus dedos las estanterías que cubrían la mayor parte de las paredes de su habitación y giró la cabeza con fuerza hacia uno de los sillones vacíos… que acababan de ser ocupados.
Como no, su hermano Casun leía uno de sus libros recostado en el sillón. Su largo pelo azul celeste brillaba con la luz anaranjada de las llamas, mientras sus ojos anaranjados leían sin cesar letra tras letra. Lady Rainbow le miró con las cejas arqueadas.
– ¿Qué haces aquí? ¿Acaso olvidas que no puedes entrar en mi habitación?
– Nara es muy aburrido cuando está deprimido… es decir, casi siempre – Casun no abandonó su lectura, mientras su hermana de catorce años le miraba con desaprobación –. Por tanto, vine a ver que hacías por aquí.
– Y eres tan capullo de dejarte la capa puesta – reparó ella en la capa negra que vestía su hermano.
– Si quieres, me la quito aquí… – respondió él, con aquella sonrisa picarona que tanto odiaba su hermana.
– Exhibicionismos los justos, hermanito – Lady Rainbow le tomó de la manga de aquella chaqueta y le empujó hasta la salida.
– Pero bien que dejas a Nara que entre, ¿verdad? – le replicó Casun, ligeramente molesto –. Eso son favoritismos, y no valen en este maldito castillo.
– Pues relájate y tráeme a Nara. Sabes que es empático con este tiempo… – ella pudo cerrar la puerta tras la fuerza de su hermano de dieciocho años.
Vivían en el castillo de Nerthia desde hacía mucho tiempo. Ella había aparecido cuando Erik la reclamó. Sus poderes visionarios le atrajeron y la dieron cobijo en el enorme castillo. Había sido una suerte, ya que sus hermanos y ella no eran precisamente ricos en aquel mundo podrido de corrupción. Nara se había dedicado a escribir para Erik y Casun trabajaba como recadero. No sabía en que andaba metido Casun, pero podía adivinar que iba a salir mal parado de ahí, a pesar de habérselo advertido cientos de veces.
Tres tímidos golpecitos en su puerta le advirtieron que su hermano dos años mayor que ella, acababa de aparecer. Lady Rainbow corrió hacia la puerta y le abrió, viendo como su maxi–flequillo azul y negro tapaban unos ojos aun llorosos.
– ¿Qué ha pasado esta vez, Nara–san? – preguntó la chica, ofreciéndole asiento mientras rebuscaba unas galletas por encima de su enorme mesa.
– No lo sé muy bien… Me he despertado llorando por un sueño que no recuerdo. Y el día no ha contribuido en que mi humor cambiara – Nara se pasó la manga de la chaqueta negra por sus ojos, perfilados en el mismo color.
– No pasa nada, toma, las horneé ayer con ayuda de Medea, ¿qué te parecen? – la mano de Nara se alargó hasta tomar una de las galletas de chocolate que ella le ofrecía, cuando el húmedo contacto de la piel de su hermano le hizo entrar en trance.
Extrañamente, seguía manteniendo la mano agarrada a la galleta, pero en sus ojos se proyectaba una realidad diferente, como si fuera un extraño cine. Casun se encontraba muy herido en el suelo, a su lado estaba un hombre pelirrojo, de ojos azul intenso y, al lado del pelirrojo, Nara, mirando sin compasión el cuerpo de su hermano.
Abrió los ojos con fuerza desmedida, hasta terminar en el suelo, jadeando e hiperventilando. Medea, la mujer de las cocinas, se encontraba a su lado y Bóreas, el anciano sabio que vivía en una de las torres, le tomaba el pulso con sus dedos helados sobre sus muñecas. Las rodillas de Nara servían como una perfecta almohada para la convaleciente Lady Rainbow.
¿Qué rayos había sido eso? Debía descubrirlo, por el bien de sus hermanos y del castillo entero.

Capítulo 4

Marluxia siguió tirando de Myô sin detenerse, hasta llegar a la nave que los había traído a Bastión Hueco. La soltó frente el metal ardiente de la nave y la encerró colocando sus brazos a cada uno de los lados de su cabeza.
– ¡No! ¡No quiero volver! – gritaba Myô, cuando una enredadera de espinas la rodeó la garganta y la amordazó.
– Mira, bonita, te he estado buscando por muchas partes hasta dar contigo. ¿¡Sabes lo que me ha costado!? He dejado el castillo a una de mis estúpidas copias y vete a saber que ha sucedido con él – Marluxia la tomo por la barbilla con dulzura fingida –. ¿Por qué huiste…?
– ¡Maldito Marluxia! – bramó ella, mientras Marluxia se reía ante el parecido con su sincorazón –. No quiero ser solo un experimento… ¡Mira lo que le sucedió a Xion! No quiero acabar como ella…
– ¿Y jugando a torturar a tu sincorazón con un ángel unialado es más bonito? – Marluxia suspiró. Axel y Saïx habían encontrado una pista fiable del paradero de Roxas. Y Sefirot había desaparecido, pero Myô no –. Vuelve, por favor.
– No… no quiero ser un conejillo de indias…
– Vuelve por mí… Y deja al angelito y tus planes malévolos.
Marluxia la miró. Aquella que parecía una rosa de pétalos negros, realmente tenía espinas envenenadas. La conocía demasiado bien como para que todo lo que tramaba era por una razón.
– Prométeme una cosa – murmuró Marluxia –. Cuando termines ese maldito plan de venganza, vuelve con nosotros. Xemnas sabrá recompensar tu lealtad.
– ¡Nunca! ¡¿Me oyes?! ¡No quiero volver! – gritó ella otra vez.
– ¡Mira, niña! ¡Me estás cansando!
– ¡Me niego!
– ¿Y que harás cuando yo falte, eh? – le inquirió Marluxia, viendo como ella se alejaba hasta un acantilado cercano –. ¿Qué pretendes hacer cuando yo no te proteja ante él?
– ¡Pues me abandonaré a los ángeles!
Esa última frase la había recitado. Como si se tratara de un poema. Dio un paso más de espaldas y cayó por el acantilado, haciendo que Marluxia corriera tras ella, pero Myô estaba bien. La sostenía Sefirot en sus brazos.
– ¿Quién coño la habrá enseñado a recitar poesía…? – murmuró entre dientes Marluxia, aun sin recuperarse del susto. Una mano enguantada se posó en su hombro, dándole la vuelta. Era un hombre de la edad de Sefirot, e incluso llevaba un traje parecido al suyo, solo que en rojo. Sus cabellos eran cortos y cobrizos y su mirada azul intenso, como la de Marluxia. Tras su espalda aparecía una majestuosa ala negra.
– Creo que puedo responder a esa y a muchas preguntas… Mi nombre es Génesis.

Axel respiró hondo y se dejó caer sobre el suelo del cuadrilátero, vencido. Sonrió a los dos chicos y los miró con nostalgia.
– Vuelve con nosotros, Roxas… – murmuró él, mirando al rubio. Después su mirada se poso en Feni, que seguía debatiendo si llegaba a conocer a ese chico –. Réquiem… ¿De verdad que no te acuerdas de mí?
– ¡Deja de llamarme Réquiem! ¡Mi nombre es FENI! ¿Lo captas? – ella señaló a su sien con su mano derecha, cuando se dio cuenta de lo que hacia y bajó la mano corriendo. Axel se quedó atónito por aquel gesto tan suyo realizado por la joven y empezó a reírse solo.
– Lo que tu digas… – un nombre apareció en la mente del pelirrojo, no sabía exactamente de dónde, pero era así – Bianka.
Roxas los miró a ambos. El silencio que había entre ellos era profundo y un tanto incomodo. Sus miradas no dejaban de escudriñar al otro, como si pretendieran quitar el disfraz para reconocer a la persona que realmente hablaba. Tanto Axel como Feni sabían que no eran los mismos.
– ¿Te gusta que te llame así? ¿Bianka? – Feni empezó a temblar y se alejó cuanto pudo del pelirrojo, chocándose contra Roxas, que la miraba asombrado. Emitió un gemido ahogado y se apoyó sobre su hombro, asustada.
– ¡Axel, largo! – le espetó Roxas, amenazando con su llave espada –. ¡Deja de hacer daño!
– Roxas, nº XIII, “Elegido de la Llave Espada”. Tu lugar está entre la Organización. Y no con esa mercenaria.
– ¡No soy ninguna asesina! – gritó Feni.
– ¡Entonces has debido de perder la memoria, porque quisiste matar a Roxas!
Feni se aparto violentamente de Roxas, asustada. Él la miró también con sorpresa, pero después frunció el ceño y tomo su llave espada, mirando a Axel.
– ¡LARGO DE AQUÍ!

– ¿Te encuentras mejor, Feni?
Roxas no solía volver a casa los días de verano, pero aquel día tuvo que hacer una excepción. Tras terminar el combate de Struggle y salir vencedor, paso cierto tiempo con sus amigos en la torre del reloj. Sin embargo, Feni seguía demasiado afectada por las palabras del pelirrojo, por lo cual tuvo que irse antes.
Feni se encontraba sentada en una silla de ordenador con respaldo de estrella. Parecía la forma predominante en toda la habitación. Varios CD’s de música esparcidos por el suelo, ropa, zapatillas, algunos libros de texto sin forrar, una mochila con cuadraditos… Era una típica habitación de adolescente en el final de sus vacaciones de verano.
– Estoy… mejor – murmuró ella, aun un tanto atontada. Roxas esbozó una sonrisa y abrió la ventana que había encima de su cama. El sol del atardecer se colaba gustosamente, bañándolos con su luz naranja.
– ¿Por qué dijo eso de la Organización XIII? El elegido de la llave espada, el número XIII… No había oído hablar de ello en mi vida…
– Pues busquemos en Internet – inquirió Feni, sonriente, dándose la vuelta en su silla y empezando a teclear en el ordenador encendido.
Primero buscaron “llave espada”, pero tan solo aparecieron cerrajeros y vendedores de espadas de adorno, que les hicieron reír. Buscaron también “13”, pero solo aparecían páginas donde se menciona como número de la mala suerte. Roxas se estremeció en aquel momento.
Era ya de noche cuando se limitaron a buscar “Organización 13”. Nada más ponerlo, apareció una ventanita en el centro de la pantalla. “Data not found”. Feni sabía de ordenadores, por tanto intentó omitir aquella ventanita, pero siempre salía.
– Que extraño… – murmuró Roxas, apoyado en el respaldo de la silla.

Aquí la conexión con el exterior es prácticamente imposible. Manejamos informaciones muy confidenciales y... nada puede entrar o salir.

– ¡GAH!
Feni acabó en el suelo, bajo la atenta mirada de Roxas. Había caído tras escuchar esa voz familiar, diciendo la frase que respondía a sus dudas. Pero, ¿dónde había oído esa voz?
Se levantó con cuidado y miró momentáneamente a Roxas, que sacaba una cama de debajo de la suya y apartaba con el pie unos pantalones negros que impedían el paso. Había sido muy amable al dejar que se quedara en su casa hasta que las vacaciones terminaran.
– Ahí esta el aseo – indicó él, mientras se quitaba la chaqueta para ponerse la camiseta del pijama. Feni sonrió y cogió el pijama que le había dejado Olette aquella tarde.
Cinco minutos más tarde, la habitación había adquirido una luz azulada procedente de una lámpara en forma de estrella. Roxas intentaba dormir, pero daba vueltas y vueltas en su cama. Feni le contempló con una sonrisa, hasta despertarle de una pesadilla que casi lo tira de la cama.
– ¿Tú no tienes sueño? – preguntó Roxas, medio dormido.
– Supongo… Es el primer día de… mi nueva vida…
Roxas se incorporó sobre su cama, extrañado.
– Sí, antes… vivía una pesadilla. Pero sé que ahora, veré la luz del sol…
– Espero que tus sueños se hagan realidad, Feni – murmuró Roxas.
– ¡Lo mismo digo!

Capítulo 3

Como la más dolorosa de las sensaciones, Réquiem despertó de su corto sueño, de la efímera felicidad de su pasado. Frotó sus ojos cansados sin mucho miramiento y caminó por la endeble oscuridad que la cernía a ella y a su cuerpo. No había probado a ver sus manos, ni sus piernas, porque si lo hubiera hecho, realmente no habría visto nada.
De repente, ante ella, una chica de su misma edad, con los ojos profundamente verdes y los cabellos tan negros como la estancia. Réquiem la reconoció al instante; había que estar muy ciega para no hacerlo.
Intentó llamarla, pero de sus labios no salió palabra alguna. Intentó tocarlos, sus manos, sus labios, pero nada en ella respondía. Finalmente, quedó callada, mientras la conocida se acercaba poco a poco con una sonrisa en los labios.
– Vaya, vaya… ¿Quién es el “no–cuerpo” ahora? – río con fuerza, mientras Réquiem pretendía articular palabra alguna –. Sólo eres espíritu. ¿Y de qué te sirve?
La risa de Myô eran como punzantes esquirlas de cristal que se clavaban sin parar en su cuerpo inerte. Quiso hacerla callar, pero era totalmente inútil. Hasta que otra voz cayó la de Myô.
– Tiene algo que tú nunca tendrás, Myô.
Réquiem reconocía esa voz cristalina. La había oído antes, cuando toda su vida había vuelto a peligrar de la manera más absurda. La buscó con la mirada, parecía que era lo único que respondía en su cuerpo. Y la vio.
Light permanecía con su luz cegadora, acercándose a las dos. Myô gruñó y desapareció en medio de las mismas sombras de las que estaba hecha. Pero Light siguió aproximándose, con su serena sonrisa, hasta que la luz baño toda la estancia.
Volvían a estar sobre la vidriera de la última vez. Ahora adivinaba quien eran las dos chicas. Y Réquiem había conseguido tener cuerpo, pero estaba gris. Incluso las ropas eran del mismo tono neutro. Todo en ella carecía de color.
– Pequeña, ¿qué te ha sucedido? – preguntó Light, tocando su nariz afilada y brindándola de un color carne que se disolvió cuando ella quito la mano –. Ya ni siquiera sabes quién eres.
– Light… – su voz le resultó extraña a los oídos, como si no esperase que sonara tan ronca –. Primero era Bianka… y era feliz… Después, caí en un mundo de oscuridad, creo que mi nombre era Blanche… y ahora soy solo las cenizas de lo que en un principio fui… Réquiem…
Una lágrima incolora bañó su mejilla momentáneamente de un color carne luminosa, pero al secarse volvió a ser gris como antes. Light la tomó de la barbilla y la sonrió.
– A Lea no le gustaría verte así… – silabeó ella, como si supiera que las palabras le fueran a hacer aún más daño –. Si eres ceniza, fue por que te acercaste demasiado al fuego, ¿no?
En su conversación, habían ascendido unas escaleras con el mismo motivo que la vidriera anterior. Finalmente, había una puerta en la siguiente plataforma circular.
– Sí… me acerqué para recuperarle… – suspiró Réquiem.
Light se aproximó a la puerta. Era de color negro, con dos hermosos tiradores plateados tallados.
– ¿Sabes quién puede renacer de sus propias cenizas, con la ayuda del fuego? – preguntó Light, tomando uno de los tiradores.
– ¿Los fénix? – titubeó Réquiem, viendo como la puerta se abría poco a poco.
– Exacto. Réquiem, ¿quieres renacer de tus propias cenizas? ¿Quieres cumplir tu promesa?
Réquiem sintió como una luz anaranjada bañaba su cuerpo, una vez cruzado el umbral de la puerta. Light se quedó fuera, mientras Réquiem avanzaba poco a poco a la urna que se encontraba en medio de la sala.
Una urna vertical, rellena de un líquido transparente de tono anaranjado. En su interior, flotaba un cuerpo masculino, un sincorazón, tal y como podía ver en su pecho, pero de cabellos largos y rojos. Réquiem se llevo una de sus manos grises a la boca y cayó de rodillas al ver a Lea.
– ¿Quieres salvarle? – Light la miraba con severidad, mientras Réquiem se levantaba y se giraba, con el ceño fruncido, intentando ocultar el dolor –. Pues olvida todo lo que sucedió. ¡TODO! Sé una nueva persona, no más lágrimas, no más oscuridad, porque aunque no lo creas, también queda luz en tu interior. Y si quieres salvarlo, debes salvarte a ti. ¡Tienes que renacer! ¡Tienes que abrir los ojos!
Réquiem temblaba de emoción. No veía como Lea abría los ojos y posaba sus calidas manos sobre el cristal, mientras pronunciaba su nombre, “Bianka”, dentro de su sarcófago cristalino.
El suelo empezó a arder, con altas llamas de color carmesí. Réquiem sintió un dolor pronunciado en los pies, luego en las piernas. ¡Se estaba quemando! Y no podía hacer nada para evitarlo. Sofocada, intentó gritar, pero el dolor la estaba matando, de tal forma que no pudo sino dejarse morir… O no…

Cuando el macabro espectáculo se detuvo, una joven estaba en el mismo lugar donde había desaparecido Réquiem. Obviamente, era la misma persona, pero sus cabellos habían adquirido matices naranjas y rojos, además del castaño de antes. Sus ojos, antes de un amarillo apagado, lucían con un brillo dorado, lleno de vida, de chispa. Se levantó, notando como algunas llamas quedaban aun impregnadas en su cuerpo, cubriendo su desnudez.
– Bien hecho – murmuró desde la puerta Light.
– ¿Quién soy ahora? – preguntó, mientras miraba detrás suya y vea al inconsciente Lea en su vitrina. “Ya no soy cenizas. Volveré…

…palabra de Fénix.

Cuando Fénix abrió nuevamente los ojos, sintió como el sol la acariciaba con sus tibios rayos. Era una dulcísima sensación, que la hacía sentirse como si estuviera en medio del verano. Notaba aun las llamas cubriendo su cuerpo, pero realmente no la importaba. Era algo natural para ella.
Se incorporó, y abrió los ojos. Se hallaba en una ciudad nueva para sus ojos. No era Bastión Hueco, desde luego. Parecía como si cada edificio, cada adoquín de la calle, hubiera estado formado por la luz del atardecer. Se levantó, notando como las calles estaban completamente vacías.
– ¡Eh, cogedle! – gritó una voz desconocida, saliendo de un callejón.
Tres chicos perseguían a uno de su misma edad. Su rostro le era familiar, al igual que sus azulados ojos, escondidos tras cabellos rubios.
Fénix no se dio cuenta, hasta que el chico se tropezó con ella y cayeron al suelo. Las ropas del chico empezaron a arder por su culpa y ella chasqueó los dedos, consiguiendo que las llamas se extinguieran con facilidad.
– ¡¿Quién eres tú, pirómana?! – le preguntaron los tres desconocidos.
– ¿De verdad queréis saberlo? – Fénix sonrío con cuidado y pegó un pisotón en la acera ardiente de la calle, consiguiendo que un círculo de llamas les cubriera a los insensatos –. Para la próxima vez, os meteréis con alguien de vuestro tamaño.
Tres llamas cobraron forma humana, con torso, cabeza, brazos y piernas. Después, corrieron a asustar a los chicos, que huyeron despavoridos. Las demás llamas se consumieron. Fénix ayudó a ponerse en pie al otro chico, que la miraba algo asustado. De repente, sus miradas creyeron reconocerse. Pero ella no llegó a adivinar quién era él.
– Mi nombre es Fénix…ia. Me llamo Fenixia, pero todos me llaman Feni – dijo ella con una sonrisa, extendiendo su mano.
Roxas la miró con desconfianza, pero después extendió su mano izquierda, portadora de un anillo blanco y negro y una muñequera de cuadritos monocromos.
– Yo soy Roxas. Vivo aquí, en Villa Crepúsculo. Tú eres nueva, ¿no?
Fénix entonces se puso roja. Lo único que llevaba para cubrirla eran aquellas llamas en las que no confiaba demasiado.
– Em… Roxas, ¿sabes donde podría conseguir algo de ropa?
– ¡Claro! Mira – Roxas sacó de su pantalón un monederito con algo tintineante en su interior –. Olette sabrá donde puedes comprarte ropa y…
– Roxas, me niego a dar dos pasos así…
Roxas la miró de arriba abajo y Fénix estuvo a punto de pegarle, pero después él desapareció corriendo hacia una esquina que tenía los mismos cuadraditos que su muñequera. La hizo una señal para que se acercara y así lo hizo.
En el escaparate vendían ropa de estilo dark. Había vestidos de colores oscuros, como morado, blanco o rojo, combinado siempre con el negro. Las cremalleras y los imperdibles no faltaban, además de algún cascabel que otro. Pero el que más llamó su atención era el que llevaba un maniquí con coletas.
Estaba formado por una chaqueta cruzada de cuero negra sin mangas, de la que asomaba una camiseta negra y rosa a rayas. Falda rosa con dos cremalleras a los lados y una enorme en el centro y tirantes negros de tachuelas. Bajo la combinación, unas botas de plataformas negras, con hebillas y detalles en rosa. Aderezado con dos manguitos de rayas de los colores predominantes que llegaban desde el codo hasta la muñeca y terminaban en rejilla.
– ¡Quiero eso! – exclamó Fénix, petrificada ante aquella maravilla.
– Pfff… No sé si me llegara el dinero, Feni… – suspiró él, contando el dinero del monedero –. Apenas tengo 5000 platines…
Pero antes de que le respondiera, Roxas miró como Fénix hacia malabares con bolas de fuego. Las tomaba entre sus manos y hacia que tomaran formas increíbles. Los transeúntes de las calles se quedaban asombradísimos de la “chica–fuego”. Y hacían justo lo que ella quería; echar dinero a sus pies.
Por último, se metió una bola de fuego en la boca y sopló, formando una preciosa bocanada de fuego que tomo forma de dragón y se disipo entre las nubes. La gente aplaudió y ella hizo una reverencia pronunciada.
Roxas recogió el dinero y lo contó, había más de 13000 platines ahí. Se introdujo dentro de la tienda y Fénix pudo ver como unas manos de uñas negras retiraban su amado traje. Roxas salió con dos bolsas decoradas con telarañas blancas y se las entregó a su propietaria.
– Vamos a un servicio público, por favor… – dijo ella, con un deje de rubor en sus palabras. Roxas la acompañó a una cabina de servicio, donde finalmente pudo extinguir las pocas llamas que cubrían su cuerpo.
Al salir, Roxas sonrió. La chica parecía otra, con su extraño pelo–flamígero atado en dos coletas altas, y aquella ropa tan extraña como la suya.
– ¡Ven, te presentaré a los demás! – Roxas tiró de ella tan fuerte que casi la hizo caer. Pero a Fénix esto le hacía gracia. Era como ser pequeña otra vez, donde para hacer amigos solo tenías que decir tu nombre.

Llegaron al poco tiempo a una plaza que rebosaba gente por cada uno de sus lados. Hacían corrillo a una plataforma cuadrada donde un par de chicos se peleaban con bates de goma azul, haciendo saltar unas bolitas de color rojo y azul. Uno de ellos calló al suelo con un estrépito, haciendo que Roxas se estremeciese y se acercara al cuadrilátero.
– ¡Hayner! – gritó, mientras tiraba de la muñeca de Feni hasta chocarse contra él.
El chico rubio que había perdido le guiñó el ojo a Roxas y le entregó su bate.
– ¡Roxas, a por él! – le inquirió el tal Hayner, bajando de la plataforma y reuniéndose con sus otros amigos. Allí se quedo sola Feni, mirando como aquel chico tan familiar peleaba contra un chico con gorrito de lana y chaqueta larga blanca. Tras varios impresionantes ataques, como un manejo excelente del bate azul, hizo que las últimas bolitas rojas de su oponente rebotasen incesantes sobre el suelo.

Entre los vítores del público, las voces se iban apagando. Sentía una presencia misteriosa y conocida, muy conocida, mucho más que Roxas. Jadeó levemente y cayó al suelo de rodillas, sujetándose con firmeza el pecho. Su corazón respondía.
En aquel momento, los vítores cesaron. Feni alzó la mirada, asustada, y vio como la gente se había congelado, como si el tiempo realmente se hubiera detenido en su lento caminar. Roxas parecía ser el único que siguiera en movimiento, junto a ella y al contrincante que tenía frente a él. El chico la ayudó a subir al cuadrilátero, cuando su rival desapareció.
– ¿¡Otra vez…!? – exclamó Roxas, observando las lánguidas figuras blancas que les rodeaban. Feni también las podía observar. Y sabía que las había visto en otra parte, con aquel peculiar símbolo en su cabeza –. Otra vez…
La mano de la muñequera de cuadraditos empezó a iluminarse y en ella apareció una llave de un metro de largo. Era dorada y plateada. Roxas pareció reconocerla, cuando se fijó en la extraña llave que portaba también Feni. Era totalmente como la llave de un portón antiguo, de plata envejecida.
Fue un instinto prácticamente. Feni agarró con fuerza la empuñadura de su llave gigante y la blandió contra uno de esos seres blancos. El ser se retorció con repugnancia y desapareció en el aire. Roxas la imitó, logrando que los bicharracos desaparecieran limpiamente. Pero la gente seguía detenida. Roxas volvía a jadear, cansado, mientras Feni miraba el brillo de su espada bajo el sol de la mañana. La situó frente a ella, admirando su reflejo rosa y negro, cuando descubrió una figura negra justo detrás de ella.
Dando un giro rápido, acometió a la figura en el estómago, tumbándola en el suelo. Feni comenzó enrabietada a pegarle con su llave, como si sintiera un desconocido y profundo odio por el desconocido.
– ¡Para quieta!
Aquella voz… Era demasiado familiar para ella. Le quitó la capucha con La punta de la llave y se echó hacia atrás, extrañamente asustada. Se escondía un chico pelirrojo, de unos veintiún años, con los ojos verdes y dos pintas bajo ellos. Se incorporó y se sacudió el polvo de su larga capa negra.
– Bueno, bueno… como está la niña hoy… – el desconocido le lanzó una profunda mirada de odio fingido y sonrío –. Supongo que solo querías jugar.
– ¿¡Pero que dices?! – replicó ella, poniéndose en guardia –. ¡Roxas y yo te daremos una buena paliza como no te vayas!
– Con que Roxas y Réquiem quieren darme una paliza… Mis dos mejores amigos contra mí… que irónico – Feni aun no podía entender por qué la había llamado Réquiem. Sin embargo, Roxas también estaba en guardia con su llave. El pelirrojo empezó a reírse con ganas, excusándose –. ¿Ya no os acordáis de tu viejo amigo Axel?
Feni miró detenidamente al pelirrojo, como si quisiera reconocerle en alguno de sus desmembrados recuerdos. No. No había ningún Axel, no que ella recordara.
Axel hizo aparecer dos enormes ruedas de fuego, dos chakrams plateados con detalles rojizos, que sobresaltaron a los chicos.
– La cazadora y el cazado se ponen en mi contra… ¡Pues a jugar se ha dicho!