sábado, 2 de julio de 2011

Capítulo 3

Como la más dolorosa de las sensaciones, Réquiem despertó de su corto sueño, de la efímera felicidad de su pasado. Frotó sus ojos cansados sin mucho miramiento y caminó por la endeble oscuridad que la cernía a ella y a su cuerpo. No había probado a ver sus manos, ni sus piernas, porque si lo hubiera hecho, realmente no habría visto nada.
De repente, ante ella, una chica de su misma edad, con los ojos profundamente verdes y los cabellos tan negros como la estancia. Réquiem la reconoció al instante; había que estar muy ciega para no hacerlo.
Intentó llamarla, pero de sus labios no salió palabra alguna. Intentó tocarlos, sus manos, sus labios, pero nada en ella respondía. Finalmente, quedó callada, mientras la conocida se acercaba poco a poco con una sonrisa en los labios.
– Vaya, vaya… ¿Quién es el “no–cuerpo” ahora? – río con fuerza, mientras Réquiem pretendía articular palabra alguna –. Sólo eres espíritu. ¿Y de qué te sirve?
La risa de Myô eran como punzantes esquirlas de cristal que se clavaban sin parar en su cuerpo inerte. Quiso hacerla callar, pero era totalmente inútil. Hasta que otra voz cayó la de Myô.
– Tiene algo que tú nunca tendrás, Myô.
Réquiem reconocía esa voz cristalina. La había oído antes, cuando toda su vida había vuelto a peligrar de la manera más absurda. La buscó con la mirada, parecía que era lo único que respondía en su cuerpo. Y la vio.
Light permanecía con su luz cegadora, acercándose a las dos. Myô gruñó y desapareció en medio de las mismas sombras de las que estaba hecha. Pero Light siguió aproximándose, con su serena sonrisa, hasta que la luz baño toda la estancia.
Volvían a estar sobre la vidriera de la última vez. Ahora adivinaba quien eran las dos chicas. Y Réquiem había conseguido tener cuerpo, pero estaba gris. Incluso las ropas eran del mismo tono neutro. Todo en ella carecía de color.
– Pequeña, ¿qué te ha sucedido? – preguntó Light, tocando su nariz afilada y brindándola de un color carne que se disolvió cuando ella quito la mano –. Ya ni siquiera sabes quién eres.
– Light… – su voz le resultó extraña a los oídos, como si no esperase que sonara tan ronca –. Primero era Bianka… y era feliz… Después, caí en un mundo de oscuridad, creo que mi nombre era Blanche… y ahora soy solo las cenizas de lo que en un principio fui… Réquiem…
Una lágrima incolora bañó su mejilla momentáneamente de un color carne luminosa, pero al secarse volvió a ser gris como antes. Light la tomó de la barbilla y la sonrió.
– A Lea no le gustaría verte así… – silabeó ella, como si supiera que las palabras le fueran a hacer aún más daño –. Si eres ceniza, fue por que te acercaste demasiado al fuego, ¿no?
En su conversación, habían ascendido unas escaleras con el mismo motivo que la vidriera anterior. Finalmente, había una puerta en la siguiente plataforma circular.
– Sí… me acerqué para recuperarle… – suspiró Réquiem.
Light se aproximó a la puerta. Era de color negro, con dos hermosos tiradores plateados tallados.
– ¿Sabes quién puede renacer de sus propias cenizas, con la ayuda del fuego? – preguntó Light, tomando uno de los tiradores.
– ¿Los fénix? – titubeó Réquiem, viendo como la puerta se abría poco a poco.
– Exacto. Réquiem, ¿quieres renacer de tus propias cenizas? ¿Quieres cumplir tu promesa?
Réquiem sintió como una luz anaranjada bañaba su cuerpo, una vez cruzado el umbral de la puerta. Light se quedó fuera, mientras Réquiem avanzaba poco a poco a la urna que se encontraba en medio de la sala.
Una urna vertical, rellena de un líquido transparente de tono anaranjado. En su interior, flotaba un cuerpo masculino, un sincorazón, tal y como podía ver en su pecho, pero de cabellos largos y rojos. Réquiem se llevo una de sus manos grises a la boca y cayó de rodillas al ver a Lea.
– ¿Quieres salvarle? – Light la miraba con severidad, mientras Réquiem se levantaba y se giraba, con el ceño fruncido, intentando ocultar el dolor –. Pues olvida todo lo que sucedió. ¡TODO! Sé una nueva persona, no más lágrimas, no más oscuridad, porque aunque no lo creas, también queda luz en tu interior. Y si quieres salvarlo, debes salvarte a ti. ¡Tienes que renacer! ¡Tienes que abrir los ojos!
Réquiem temblaba de emoción. No veía como Lea abría los ojos y posaba sus calidas manos sobre el cristal, mientras pronunciaba su nombre, “Bianka”, dentro de su sarcófago cristalino.
El suelo empezó a arder, con altas llamas de color carmesí. Réquiem sintió un dolor pronunciado en los pies, luego en las piernas. ¡Se estaba quemando! Y no podía hacer nada para evitarlo. Sofocada, intentó gritar, pero el dolor la estaba matando, de tal forma que no pudo sino dejarse morir… O no…

Cuando el macabro espectáculo se detuvo, una joven estaba en el mismo lugar donde había desaparecido Réquiem. Obviamente, era la misma persona, pero sus cabellos habían adquirido matices naranjas y rojos, además del castaño de antes. Sus ojos, antes de un amarillo apagado, lucían con un brillo dorado, lleno de vida, de chispa. Se levantó, notando como algunas llamas quedaban aun impregnadas en su cuerpo, cubriendo su desnudez.
– Bien hecho – murmuró desde la puerta Light.
– ¿Quién soy ahora? – preguntó, mientras miraba detrás suya y vea al inconsciente Lea en su vitrina. “Ya no soy cenizas. Volveré…

…palabra de Fénix.

Cuando Fénix abrió nuevamente los ojos, sintió como el sol la acariciaba con sus tibios rayos. Era una dulcísima sensación, que la hacía sentirse como si estuviera en medio del verano. Notaba aun las llamas cubriendo su cuerpo, pero realmente no la importaba. Era algo natural para ella.
Se incorporó, y abrió los ojos. Se hallaba en una ciudad nueva para sus ojos. No era Bastión Hueco, desde luego. Parecía como si cada edificio, cada adoquín de la calle, hubiera estado formado por la luz del atardecer. Se levantó, notando como las calles estaban completamente vacías.
– ¡Eh, cogedle! – gritó una voz desconocida, saliendo de un callejón.
Tres chicos perseguían a uno de su misma edad. Su rostro le era familiar, al igual que sus azulados ojos, escondidos tras cabellos rubios.
Fénix no se dio cuenta, hasta que el chico se tropezó con ella y cayeron al suelo. Las ropas del chico empezaron a arder por su culpa y ella chasqueó los dedos, consiguiendo que las llamas se extinguieran con facilidad.
– ¡¿Quién eres tú, pirómana?! – le preguntaron los tres desconocidos.
– ¿De verdad queréis saberlo? – Fénix sonrío con cuidado y pegó un pisotón en la acera ardiente de la calle, consiguiendo que un círculo de llamas les cubriera a los insensatos –. Para la próxima vez, os meteréis con alguien de vuestro tamaño.
Tres llamas cobraron forma humana, con torso, cabeza, brazos y piernas. Después, corrieron a asustar a los chicos, que huyeron despavoridos. Las demás llamas se consumieron. Fénix ayudó a ponerse en pie al otro chico, que la miraba algo asustado. De repente, sus miradas creyeron reconocerse. Pero ella no llegó a adivinar quién era él.
– Mi nombre es Fénix…ia. Me llamo Fenixia, pero todos me llaman Feni – dijo ella con una sonrisa, extendiendo su mano.
Roxas la miró con desconfianza, pero después extendió su mano izquierda, portadora de un anillo blanco y negro y una muñequera de cuadritos monocromos.
– Yo soy Roxas. Vivo aquí, en Villa Crepúsculo. Tú eres nueva, ¿no?
Fénix entonces se puso roja. Lo único que llevaba para cubrirla eran aquellas llamas en las que no confiaba demasiado.
– Em… Roxas, ¿sabes donde podría conseguir algo de ropa?
– ¡Claro! Mira – Roxas sacó de su pantalón un monederito con algo tintineante en su interior –. Olette sabrá donde puedes comprarte ropa y…
– Roxas, me niego a dar dos pasos así…
Roxas la miró de arriba abajo y Fénix estuvo a punto de pegarle, pero después él desapareció corriendo hacia una esquina que tenía los mismos cuadraditos que su muñequera. La hizo una señal para que se acercara y así lo hizo.
En el escaparate vendían ropa de estilo dark. Había vestidos de colores oscuros, como morado, blanco o rojo, combinado siempre con el negro. Las cremalleras y los imperdibles no faltaban, además de algún cascabel que otro. Pero el que más llamó su atención era el que llevaba un maniquí con coletas.
Estaba formado por una chaqueta cruzada de cuero negra sin mangas, de la que asomaba una camiseta negra y rosa a rayas. Falda rosa con dos cremalleras a los lados y una enorme en el centro y tirantes negros de tachuelas. Bajo la combinación, unas botas de plataformas negras, con hebillas y detalles en rosa. Aderezado con dos manguitos de rayas de los colores predominantes que llegaban desde el codo hasta la muñeca y terminaban en rejilla.
– ¡Quiero eso! – exclamó Fénix, petrificada ante aquella maravilla.
– Pfff… No sé si me llegara el dinero, Feni… – suspiró él, contando el dinero del monedero –. Apenas tengo 5000 platines…
Pero antes de que le respondiera, Roxas miró como Fénix hacia malabares con bolas de fuego. Las tomaba entre sus manos y hacia que tomaran formas increíbles. Los transeúntes de las calles se quedaban asombradísimos de la “chica–fuego”. Y hacían justo lo que ella quería; echar dinero a sus pies.
Por último, se metió una bola de fuego en la boca y sopló, formando una preciosa bocanada de fuego que tomo forma de dragón y se disipo entre las nubes. La gente aplaudió y ella hizo una reverencia pronunciada.
Roxas recogió el dinero y lo contó, había más de 13000 platines ahí. Se introdujo dentro de la tienda y Fénix pudo ver como unas manos de uñas negras retiraban su amado traje. Roxas salió con dos bolsas decoradas con telarañas blancas y se las entregó a su propietaria.
– Vamos a un servicio público, por favor… – dijo ella, con un deje de rubor en sus palabras. Roxas la acompañó a una cabina de servicio, donde finalmente pudo extinguir las pocas llamas que cubrían su cuerpo.
Al salir, Roxas sonrió. La chica parecía otra, con su extraño pelo–flamígero atado en dos coletas altas, y aquella ropa tan extraña como la suya.
– ¡Ven, te presentaré a los demás! – Roxas tiró de ella tan fuerte que casi la hizo caer. Pero a Fénix esto le hacía gracia. Era como ser pequeña otra vez, donde para hacer amigos solo tenías que decir tu nombre.

Llegaron al poco tiempo a una plaza que rebosaba gente por cada uno de sus lados. Hacían corrillo a una plataforma cuadrada donde un par de chicos se peleaban con bates de goma azul, haciendo saltar unas bolitas de color rojo y azul. Uno de ellos calló al suelo con un estrépito, haciendo que Roxas se estremeciese y se acercara al cuadrilátero.
– ¡Hayner! – gritó, mientras tiraba de la muñeca de Feni hasta chocarse contra él.
El chico rubio que había perdido le guiñó el ojo a Roxas y le entregó su bate.
– ¡Roxas, a por él! – le inquirió el tal Hayner, bajando de la plataforma y reuniéndose con sus otros amigos. Allí se quedo sola Feni, mirando como aquel chico tan familiar peleaba contra un chico con gorrito de lana y chaqueta larga blanca. Tras varios impresionantes ataques, como un manejo excelente del bate azul, hizo que las últimas bolitas rojas de su oponente rebotasen incesantes sobre el suelo.

Entre los vítores del público, las voces se iban apagando. Sentía una presencia misteriosa y conocida, muy conocida, mucho más que Roxas. Jadeó levemente y cayó al suelo de rodillas, sujetándose con firmeza el pecho. Su corazón respondía.
En aquel momento, los vítores cesaron. Feni alzó la mirada, asustada, y vio como la gente se había congelado, como si el tiempo realmente se hubiera detenido en su lento caminar. Roxas parecía ser el único que siguiera en movimiento, junto a ella y al contrincante que tenía frente a él. El chico la ayudó a subir al cuadrilátero, cuando su rival desapareció.
– ¿¡Otra vez…!? – exclamó Roxas, observando las lánguidas figuras blancas que les rodeaban. Feni también las podía observar. Y sabía que las había visto en otra parte, con aquel peculiar símbolo en su cabeza –. Otra vez…
La mano de la muñequera de cuadraditos empezó a iluminarse y en ella apareció una llave de un metro de largo. Era dorada y plateada. Roxas pareció reconocerla, cuando se fijó en la extraña llave que portaba también Feni. Era totalmente como la llave de un portón antiguo, de plata envejecida.
Fue un instinto prácticamente. Feni agarró con fuerza la empuñadura de su llave gigante y la blandió contra uno de esos seres blancos. El ser se retorció con repugnancia y desapareció en el aire. Roxas la imitó, logrando que los bicharracos desaparecieran limpiamente. Pero la gente seguía detenida. Roxas volvía a jadear, cansado, mientras Feni miraba el brillo de su espada bajo el sol de la mañana. La situó frente a ella, admirando su reflejo rosa y negro, cuando descubrió una figura negra justo detrás de ella.
Dando un giro rápido, acometió a la figura en el estómago, tumbándola en el suelo. Feni comenzó enrabietada a pegarle con su llave, como si sintiera un desconocido y profundo odio por el desconocido.
– ¡Para quieta!
Aquella voz… Era demasiado familiar para ella. Le quitó la capucha con La punta de la llave y se echó hacia atrás, extrañamente asustada. Se escondía un chico pelirrojo, de unos veintiún años, con los ojos verdes y dos pintas bajo ellos. Se incorporó y se sacudió el polvo de su larga capa negra.
– Bueno, bueno… como está la niña hoy… – el desconocido le lanzó una profunda mirada de odio fingido y sonrío –. Supongo que solo querías jugar.
– ¿¡Pero que dices?! – replicó ella, poniéndose en guardia –. ¡Roxas y yo te daremos una buena paliza como no te vayas!
– Con que Roxas y Réquiem quieren darme una paliza… Mis dos mejores amigos contra mí… que irónico – Feni aun no podía entender por qué la había llamado Réquiem. Sin embargo, Roxas también estaba en guardia con su llave. El pelirrojo empezó a reírse con ganas, excusándose –. ¿Ya no os acordáis de tu viejo amigo Axel?
Feni miró detenidamente al pelirrojo, como si quisiera reconocerle en alguno de sus desmembrados recuerdos. No. No había ningún Axel, no que ella recordara.
Axel hizo aparecer dos enormes ruedas de fuego, dos chakrams plateados con detalles rojizos, que sobresaltaron a los chicos.
– La cazadora y el cazado se ponen en mi contra… ¡Pues a jugar se ha dicho!

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