sábado, 2 de julio de 2011

Capítulo 2

Aquella noche volví a soñar con ellos. Primero me encontraba sola, en una densa neblina, no podía ver nada... Hasta que...
De entre las sombras, aparecieron doce oscuras figuras. Doce siluetas de la muerte. Sus rostros no eran visibles, pero sus siluetas si eran reconocibles. Dos hombres altos, corpulentos, como dos gigantes. Una sola mujer de curvas sugerentes. Un joven de pelo corto. Dos hombres maduros. Y en la cabeza, un joven con cresta, el otro junto a su líder y ellos tres.
Eran un hombre de pelo blanco hacia atrás, con la tez morena y los ojos naranjas. Detrás de él iba otro hombre, de cabellos despeinados castaño claro, casi rosa, y los ojos azul hielo. Y por último se encontraba él.
Cabellos rojos, cicatrices perpendiculares a unos hermosos e impresionantes ojos verdes, piel pálida. En sus manos se iban dibujando llamas oscuras, de tono violáceo, mientras me sonreía malévolamente. Mi mirada se posó en su pecho, donde se encontraba la maldita marca que lo mantenía preso de un castigo eterno. El fuego volvió a mí y desperté, sofocada.
Me incorporé entre las sabanas y alise la camiseta con la que solía dormir. Night seguía con su sueño; mejor, así no tendría hambre. En combinación de ropa interior y camiseta, me despejé caminando hasta la otra habitación y abriendo las puertas de la terraza. Hacía un hermoso día, con un aire fresco que despejaba la mente. Cerré los ojos al notar la brisa sobre mi rostro y tomé uno de los helados del paquete, metiéndomelo en la boca. Sabía extrañamente rico. Fue entonces cuando llamaron a la puerta.
Sin cortarme un pelo, caminé hacia la entrada aun con el helado en la boca y abrí. Si, realmente aun estaba medio dormida, por ello no me percaté de la cara de impresión de quien había llamado a la puerta. Se trataba del chico del otro día, el de cabellos rosáceos y ojos azul profundo. No tenía ni idea de que hacia ahí, pero me daba igual. Había que atenderle, ¿no?
– Hey – pronuncié, sacándome el helado.
– Em... ¿tú eres Réquiem? – pregunto él, algo sorprendido.
– Sí, soy yo.
– Bien, tienes que acompañarme. Xemnas me envía.
¡Ahora sí que lo había entendido todo! Puse los ojos en blanco y le miré, con recelo.
– ¿Y te envía a ti para...?
– Para que te recoja. Tengo la nave aparcada ahí fuera.
– Vaya, no pensé que corriera tanta prisa...
– La corre. Por favor, coge lo que necesites y ven conmigo.
– Tardare un poco más –repuse yo, mirando hacia la habitación donde dormía Night –. Tengo que despertar a mi colega y...
– ¿Xemnas no te lo contó? – preguntó él, con gesto sorprendido –. No puedes llevar a nadie.
Jarro de agua fría sobre mi cara. ¿Cómo que no podía llevar a nadie? ¡Pero yo sin Night...!
– Lástima.
Era técnicamente separarnos. Era como si todo mi ser se quebrara, como los cristales de un espejo roto con ira. No podía soportar aquel dolor, solo de pensar en qué sucedería sin... Night...
El chico me tuvo que agarrar como pudo, con mucho cuidado de no tocar lo que no debiera, porque él sabía perfectamente que podría acabar sin cabeza en aquel momento.
– ¿Quieres que te ayude a recoger? – me preguntó, tratando de meterme prisa.
– No creo que tarde demasiado... – intenté hablar yo, recuperándome y entrando con él en la vivienda. Pobre vivienda, acababa de mudarme y ya me iba a marchar –. Sólo tengo que coger mi arsenal y mi ropa...
– Por la ropa no te preocupes. Irás de incógnito.
– ¿Incógnito?
– Sí...
No tenía tiempo para explicaciones. El tipo extendió sus brazos y yo los llené con dos o tres maletines llenos de armas roba–corazones. Finalmente, puse la caja blanca de los helados y, respirando hondo –y aun en ropa interior– caminé hacia la habitación donde seguía durmiendo Night.
Los rayos dorados de luz le iluminaban el rostro, dándole tanta paz... No sabía que iba a hacer sin él. Nunca había pensado que nada podría separarnos. El muy maldito se había hecho un hueco en mi co... en mi alma.
Me aproximé lentamente a la cama –donde yo le había dejado un hueco aquella noche– y me agaché para observarle. Saboreé cada uno de los segundos en los que miraba su cara, no sabía si aquella... sería la última vez que le vería.
Unas lágrimas asomaron por mis ojos y no pude soportar más aquella tenue distancia que nos separaba. Le abracé con fuerza, mientras sentía como todo en mí se desmoronaba y que él se despertaba.
– ¡Réquiem! – exclamó, presionando mi cabeza contra su hombro –. ¿Qué sucede?
No me atreví a pronunciar ninguna palabra. Solamente lloraba como una niña idiota a la que iban a separar de su más preciado juguete. Me acerqué a su oído y le susurré, vanamente, una despedida:
– Perdóname. Volveré, lo sé... ¡Te lo prometo!
Otra promesa más que finalizaba otro hermoso momento. Corrí hacia la nave que el chico me había preparado, con él a los mandos, a punto de despegar. El rugir de los motores era un sonido amortiguado por la neblina y el dolor del corazón.
Vi por última vez a Night, en la puerta. Pude fijarme en sus bonitos ojos azules, llenos de lágrimas rojas. Él no podía llorar como cualquiera, no... Era tan especial que incluso lloraba sangre. Las compuertas se cerraron y yo me desplomé de rodillas en el suelo metálico, sin poder contener mi llanto. Hasta que... extrañamente... me quedé dormida.
Desperté más tarde. Me encontraba observada por los ojos azules profundo que me habían escudriñado anteriormente.
– Al fin despiertas.
El chico se alejó y me asaltó una gran duda que antes no había pensado.
– ¿Cómo te llamas?
Él se giró y sonrió, jugueteando con un pétalo negro de rosa. Después lo sopló y lo hizo llegar a mis manos, cubiertas por unos guantes negros.
En aquel momento descubrí a qué se refería con “incógnito”. Llevaba uno de aquellos abrigos negros con botas y pantalones debajo y abalorios plateados en el pecho, que tintineaban al moverse.
Volviendo al pétalo, en el se encontraba escrito “Marluxia”. Yo sonreí; era una bonita forma de presentarse.
– Me alegra de que al fin sonrías.
Mi gesto tornó a confusión. ¿Pero qué...?
– No me malinterpretes. Era bastante... violento, haber causado todo aquel dolor en ti...
– Oh, tú no tienes la culpa. ¿Puedo llamarte Marlu?
– Sí eso te hace feliz... – él se rió, paseando por la amplia nave.
– Entonces, dejémoslo en Marluxia. Al menos hasta que coja confianza. Al fin y al cabo... nos veremos mucho allí donde voy, ¿no?
– ¿Te gustaría eso?
Era demasiado enigmático incluso para mí. Iba dejando un rastro de pétalos, la mayoría rosáceos, que me iban dejando de lo más impresionada. ¿Cómo lo hacía? Sin embargo, parecía un tipo amable. No sería mucho mayor que yo, probablemente tendría veintisiete años o así. En cualquier caso, era la primera persona que era amable conmigo... justo después de perder a Night.
– Supongo que debe ser duro separarse de alguien a quien tanto quieres... ¿no?
Él volvía a mirarme con expectación, esperando una respuesta, algo para entablar conversación.
– No quiero hablar de mí... No soy tan importante – me exculpé yo, con una sonrisa –. Dime, ¿Qué sois vosotros, esa Organización XIII...?
Marluxia río grácilmente.
– Buen tema has ido a tratar... no soy el más indicado para explicarte qué es la Organización. Digamos... que no soy muy afín a todo esto...
– ¿Por qué?
Ahora era yo la que esperaba. Marluxia se había quedado absolutamente sin palabras, y miraba por una de las negras ventanas de la nave. Incluso su reflejo expresaba amargura, escondido entre los cabellos desordenados. Tan desordenados como uno de los jóvenes de mi sueño.
En el momento, reaccioné bruscamente, tanto que me caí del asiento en el que estaba. Por un momento... creí ver a otra persona. “Lumiara... Sí, claro, y qué más...” pensé, confundida. ¿En qué leches estaba pensando?
– ¿Te encuentras bien? – preguntó él, algo asustado.
– Sí-sí, yo... – “mejor cállate...”–. Me he desvanecido.
– Mira, ya estamos llegando.

Al descender de una nave, la fuerte luz blanca que había en el exterior me hizo cerrar los ojos con fuerza. Era un resplandor violento para mí. Poco a poco, fui acostumbrando a la dichosa estancia, en la que aparecían diez o doce naves como la nuestra; plateadas, decoradas con líneas tribales negras, como si fueran... “zarzas de diseño”. Me reí por aquel pensamiento; a lo mejor la Organización tenía buen gusto y todo... pero la habían pifiado con lo de la luz.
Marluxia me guío por los luminosos pasillos. Allí no conocían la palabra color, desde luego... Él me miraba de vez en cuando, sonriéndose al ver como yo contemplaba todo, alucinada. Desde luego, las vistas eran impresionantes, todo aquello era demasiado futurista como a lo que me tenían acostumbrada.
De repente, una arcada de cristal se apareció ante nosotros. Marluxia me tomó del hombro y me introdujo dentro, cuando vi por primera vez la sala de reuniones de la Organización.
Si antes no lo mencioné, me daba pavor mirar hacia lugares muy altos, algo así como un vértigo invertido. Trece asientos colocados de forma circular, cada uno a tres o cuatro metros del suelo, sin ningún orden entre ellos. Si tendría que subirme a alguno de ellos... no sé cómo lo haría... Me fijé en las personas que los ocupaban: Un asiento vacío, dos hombres altos, corpulentos, como dos gigantes. Una sola mujer de curvas sugerentes. Un joven de pelo corto. Dos hombres maduros. Un joven con cresta, otro cercano al líder... Otro asiento vacío, de Marluxia, Xemnas con cara desafiante...
...y él.
Intenté hacer un esfuerzo por no mirarle, por no volver a hacerme daño vanamente, pero no podía. Sí, era exactamente el chico con el que casi me mato en los cañones de Bastión Hueco. Parecía ausente, cabreado por algo. Me gustaría saber que pensaba...
– Xemnas, he aquí Réquiem – escuché decir a la voz de Marluxia.
– Buen trabajo, Marluxia – habló Xemnas desde arriba –. Escuchadme todos. Esta es Réquiem, quién nos ayudará a capturar a Roxas.
Yo seguía embobada mirando al pelirrojo, pensando y haciéndome daño, como buena masoquista que era... hasta que él me miró con sorpresa e ira entremezcladas.
– ¿¡Qué!? – profirió él –. ¿¡Has contratado a una niñata para que se cargue a Roxas!?
– ¿Tienes algo que objetar, Axel? – le preguntó Xemnas.
– ¡Pues claro...! ¡Y me niego a que le hagáis daño a Roxas! – exclamó él, dando un puñetazo en la silla. Se estaba cabreando... lo presentía. Y cuando hizo aparecer una rueda metálica de pinchos y acabados rojos, no me dejó ninguna duda. Esa iba a acabar clavada en mi cabeza.
Un sonido metálico, precedido de la caída de varios pétalos, se escuchó tras mi espalda. Marluxia me había guarecido en su guadaña; su gesto inspiraba bastante fiereza. No habría hecho falta nada de eso... si mis armas no siguieran en la nave.
– Vaya, Marluxia... ¿De qué lado estás tú? – preguntó Axel sarcásticamente, haciendo malabares con su única rueda. Después, la lanzó contra Marluxia, quién intentó detenerla, pero ésta volvió, golpeándole y dejándome indefensa.
Justo después, Axel despareció de su asiento para situarse a un metro de mí, abajo. Me temblaban las piernas, me palpitaba todo, me dolían los ojos. El pelirrojo tenía pinta de bruto, no había nada más que ver como había dejado al pobre Marluxia... Marluxia...
Cogí la guadaña de Marluxia y me defendí con ella, mientras Axel preparaba sus dos ruedas. ¿Cómo había llegado hasta esto? Me contratan y justo ahora iba a morir. Qué bien...
Lanzó las dos ruedas, llamadas chakrams –acababa de recordar sus nombres–, cuando yo las paré con el mango de la guadaña y se las devolví, clavando una de ellas en su brazo. El corazón, si es que seguía ahí, me latía con tanta fuerza que me dolía. No me había percatado, pero la guadaña había tornado a morado y negro, extrañamente.
Me acerqué a Axel, que estaba clavado en una de las paredes por su propio chakram y le miré con serenidad. ¿Qué...? ¿Cómo...? Demasiadas dudas en un momento como aquel. Lo mejor sería... la sangre fría.
– Estoy aquí para cumplir un trabajo. No es nada... – le quité el chakram y lo tiré al suelo – personal.
Sin darme cuenta, Xemnas había comenzado a aplaudir con una sonrisa en sus labios. ¿Le había gustado mi actuación? Me acerqué a Marluxia y le levanté como pude. Estaba algo débil, pero no había problema, estaba bien. Axel me seguía mirando con odio desde el otro lado del círculo. Nos separaban apenas unos metros, pero dentro sabía que me separaban kilómetros con... el verdadero Axel.

Xemnas me permitió salir a dar una vuelta por la ciudad, siempre que fuera armada como era debido. Es decir, recogiendo mi espada de la nave en la que vine.
Caminé por los largos pasillos hasta llegar al garaje. Horror. ¿Cuál era la nave? En fin... debería explorarlas todas.
Comencé por la primera que había. Estaba limpia. No había nada de nada, excepto cien platines en el suelo. Los cogí con gusto y me dirigí a la segunda nave. Nada de nada. Tercera nave... catorce platines bajo el asiento del conductor.
Así pasé la tarde de mi primer día en aquel nuevo mundo, curioseando en las naves de la organización. Pero cuando llegué a la octava nave...
Entré como en todas, sin llamar. Miré un poco por encima, nada. Me dirigí al asiento del conductor, donde no había nada de guita. Sin embargo, algo me llamó la atención.
Había una cámara de fotos en el salpicadero de la nave. La cogí, sentándome en el asiento y miré las fotos hechas.
Un sudor frío me recorrió el cuerpo cuando vi que se trataba del pelirrojo. El pelirrojo y otros miembros, como un chico con una cresta rubia oscura y ojos azul verdoso. Parecía simpático. Y también había otras fotos, muchas más, en las que aparecía con un chico rubio de ojos azules. Mi objetivo.
Aquel chico tenía la misma edad que yo, no era más que un crío. ¿Y debía matarle? No sabía de qué se le acusaba pero... cuanto menos me implicara en el asunto, mejor.
– ¿Qué estás haciendo tú aquí?
Se me cayó el mundo al suelo cuando escuché eso. Me giré y descubrí a Axel, mirándome con profundo odio, aun con la foto de su amigo en el visor de la cámara. Pillada, tocada y hundida.
No había nada que decir, por lo que le estampé la cámara contra el pecho y huí de la escena, asustada. Esta vez, no tenía ninguna guadaña con la que defenderme.
Me metí en otra nave, sin fijarme en cual, cuando descubrí unos cuantos pétalos por el suelo. ¡Bingo! Me acerqué al maletero y cogí las tres maletas de mi arsenal, cargando con ellas y saliendo de la nave.
Él seguía mirándome desde su nave y eso me hizo ponerme nerviosa. Le dediqué una de mis mejores miradas asesinas y me largué del lugar.
Me reuní con Marluxia en los pasillos y caminamos juntos hasta una especie de ascensores.
– Marluxia... ¿qué tal te encuentras? – pregunté, temerosa. Él tenía una venda que le asomaba por los cuellos de la capa negra.
– Mejor. Gracias por preguntar.
– ¡No, gracias por haberme ayudado! – repuse yo, algo avergonzada.
– Axel es demasiado amigo del traidor. Veo algo ilógico que lo defienda de esa manera.
– Oye, Marluxia... ¿No hay otro modo más rápido de correr grandes distancias por este castillo?
Creo que nunca olvidaré aquel gesto picaresco que puso en aquel momento. Jamás la había pensado en Marluxia, él, que parecía tan sereno...
Me agarró y me echó a su hombro, sin cortarse, como si fuera un simple saco de patatas. Eso me molesto, sí, bastante. De modo que intenté agarrarme a su espalda como pude. “Ésta te la guardo, maldito...” pensé, mientras noté que pretendía. Comenzábamos a desparecer, a desvanecernos en una sombra negra. Grité. Aun no sé por qué.
Al volver a aparecer, me encontraba en una habitación de paredes blancas. En una de las paredes, se encontraba una enorme terraza, con un cielo anochecido lleno de brillantes estrellas, detrás de dos cortinas de gasa negra.
– ¡Marluxia! ¡Cómo no me sueltes te vas a llevar la del quince!
– ¿Qué confianzas son esas, jovencita? – me reprochó, divertido.
– ¡MARLUXIA!
Él me soltó bruscamente y yo pensé que me la daba contra el suelo. Pero caí en blando, era una mullida cama lo que había ahí.
– Woha, esto está muuuucho mejor... – admiré yo, sonriente. Marluxia miró a mi alrededor y después me revolvió el pelo –. Será de las confianzas que te tomas tú...
El silencio se hizo entre nosotros. Yo aproveché para mirar a mi alrededor; había una mesa, un ordenador cuya pantalla era una de las paredes, mi cama... En la terraza caía una lluvia fina, refrescando el ambiente. Me encantaba la lluvia, siempre presagiaba buenos momentos, incluso en los peores.
– Bueno... ¿Te gusta tu habitación? – me preguntó él.
– Mola. Pero... – mi rostro tornó a preocupación –. Con todos estos cacharros y esta tecnología... ¿Crees que podré contactar con Night?
Desgraciadamente, Marluxia cercenó mis esperanzas con un simple gesto de cabeza.
– Aquí la conexión con el exterior es prácticamente imposible. Manejamos informaciones muy confidenciales y... nada puede entrar o salir.
Perfecto. Estaba a manos de once tíos, encerrada en un castillo de diseño e incomunicada. Desde luego, parecía un reallity show. Encima, mi habitación era tan grande como para jugar un partido de bliztball. En definitiva... No quería pensar en mi situación en aquellos momentos. Aunque por suerte, mis armas eran bastante letales y estaban bastante cerca.
– Marluxia, ¿qué hora es?
– Son las diez y cinco de la noche, Réquiem.
– ¿¡Ya!? – pregunté, levantándome rápidamente y dirigiéndome hacia la terraza mojada. Marluxia se quedó sujetando una de las cortinas y sonriéndome –. Qué rápido, ¿no? Pero... ¿cómo podéis diferenciar cuando es de día y es de noche aquí? – miré al cielo –. El cielo es absolutamente negro.
– Es fácil. De día, las estrellas apenas brillan. De noche, las estrellas aparecen y empieza a llover – ya estaba jugueteando con una rosa en sus manos.
– ¿A ti que te ha dado con las rosas?
Él sonrió y siguió acariciando los pétalos de la rosa. Después, siguió por el tallo, lleno de enormes espinas.
– Marluxia. El grácil asesino. Elemento: la naturaleza.
Apoyó la mano en la pared y una enredadera de colores morados comenzó a crecer, hasta extenderse por la barandilla, hasta llegar a mí. Chasqueó los dedos y unas hermosas rosas negras comenzaron a aparecer por toda la zarza. Era una decoración preciosa, un bonito regalo de bienvenida, sin duda.
– Espero que tu estancia aquí sea de tu agrado.
Iba a marcharse, cuando una duda asaltó mi cabeza. No era la primera persona que podía formar una enredadera negra con flores. Corrí hacia él y aprovechando el factor sorpresa, lo tumbe sobre el suelo. “¡Lo siento, Marluxia!” pensé, mientras él se quedaba absolutamente sorprendido.
– ¿Qué haces? – dijo él, sin sobresaltarse demasiado, mientras yo le daba la vuelta y le bajaba la chaqueta. Cualquiera diría que le iba a violar. Pero no, no era mi modelo de hombre perfecto.
Le subí la camiseta negra que llevaba debajo. Uhhh, creo que tendría que pensar eso de “hombre perfecto”. Las vistas eran mejores de lo que esperaba, sin duda. Pero no, su pecho estaba limpio, ningún tatuaje delatador.
– Réquiem, ¿has acabado de desnudarme? Es que tengo frío...
Su humor tan ácido me hizo reír y ruborizarme por unos instantes. Esperaba que nadie entrara en aquel momento, podrían haber pensado otra cosa...
Me quité de encima y él se bajó la camiseta, sin mostrar mucho rubor. En definitiva; había sido un pequeño malentendido... Y la que estaba prácticamente roja era yo.
– No sé qué pretendías, pero... me lo tomaré como una especie de cumplido.
– ¡Marluxia!
– ¿Qué?
– A ti te debe pasar algo raro. Tú me haces eso y yo... te reviento la cabeza, como primer plato – esbocé una gran sonrisa sarcástica.
– Pero yo sé lo que eres tú. Sin embargo, tú no sabes qué soy yo.
Acto seguido, desapareció. Probablemente, pretendía cercenar otro intento de violación por mi parte. Pobre, pues sí que le había dado un buen día, teniendo que cargar conmigo y acabando mal parado. Me quité mi capa y la dejé a los pies de la cama, los pantalones y las botas. Al igual que Marluxia, yo también llevaba una camiseta negra debajo. Con eso y mi ropa interior tenía suficiente.
La cama era mullida, y el aire que movía las cortinas, con olor húmedo, hacían un ambiente perfecto para dormirme. Sin embargo... me sentía tan dolorida... ¿qué estaría haciendo en aquellos momentos Night?
Después de un horrible sueño en el que acababa empapada en sangre, me levanté, absolutamente bañada en sudor frío. Respire hondo, cuando noté en el ambiente un fuerte aroma floral. Parecía como si...

..mi habitación fuera un jardín. Y eso era lo que vi cuando mire alrededor de mí, toda mi cama llena de flores de múltiples colores. ¿El chaval del pelo rosa no me iba a dejar dormir?
– ¿Desde cuándo tengo el pelo rosa?
Aquella voz... por unos momentos la confundí con la de Marluxia. Error. Era mucho más profunda, más... viva. Unos cabellos castaños asomaban por el cabecero de la cama. Sonreí vanamente y gateé hasta el final de la cama, sonriendo.
Sentado en el suelo se encontraba un viejo amigo, un amigo al que hacía muchísimo que no veía. Sonreía, aún con su bufanda color Burdeos en el cuello y los ojos azul profundo. Su pelo seguía desordenado y castaño, algo más largo que la última vez que nos vimos.
– Lumiara...

Aún me preguntaba cómo me había encontrado.

Y sí él lo había hecho, ellos no tardarían en encontrarme.

Solo que esta vez, Night no estaría para protegerme.

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