– León, preguntan por ti… – habló Aeris, interrumpiendo a Cloud.
– Dile que pase.
En el umbral de la puerta apareció una lánguida figura, alta. Por un momento, Cloud quiso ponerse a la defensiva, pero cuando las sombras se disiparon se dio cuenta de que solo se trataba de un hombre joven. De aquel vampiro vecino suyo.
– ¿Night? – preguntó León, creyendo reconocerle.
Los cabellos rubios del vampiro ensombrecían su blanco rostro, que parecía terriblemente dolorido. Sus ojos estaban rojos como el rubí y contenían una mirada asesina que había asustado a la joven Aeris.
– Cloud. ¿Sabes algo sobre un hombre de pelo plateado con una enorme espada? – preguntó inocentemente el vampiro, provocando un grito en Aeris y que Cloud se acercara a él con rabia contenida.
– ¿¡Sabes algo de Sefirot?! – gritó Cloud, a pesar de intentar ser contenido por León.
– Sé que se ha llevado a Réquiem. Él y una amiguita suya, Myô – la voz de Night parecía frustrada, cansada, dolorida –. Pensé que vosotros sabíais donde podían estar.
Cloud permaneció callado durante unos segundos. Sin embargo, Aeris se acercó al desconocido y, con un deje tembloroso, consiguió pronunciar palabra:
– La enviaron con sus recuerdos.
Night y Cloud miraron a la chica, que sonrío con gracilidad y se dirigió al gran ordenador de León.
– Si no me equivoco, Sefirot tomó a la chica y la trasladó a una dimensión cero. A partir de ahí, la chica experimento sus recuerdos… – Aeris calló y asintió, como si hablase con alguien –. Después, la llevaron a una ciudad… digital…
– ¿¡Digital!? – preguntó Night, sin entender nada. Miró a Cloud, que no le quitaba el ojo a Aeris. Sin embargo, era León quién parecía tener una respuesta a sus dudas –. ¿Tú sabrías dónde encontrar esa ciudad digital?
– Hm… Probablemente, pueda encontrar algo en los archivos del castillo, pero eso me llevaría días…
– Ella lleva ya desaparecida casi dos semanas – suspiró Night, sentándose cerca. Sus afiladas uñas separaron los mechones de su pelo rubio cuando se cubrió la cara con las manos.
León posó su mano sobre el hombro del vampiro, cuando Aeris pareció reaccionar, despertando de un extraño trance.
– ¡Villa Crepúsculo! – tras aquel momento de lucidez, Aeris se desmayó, teniendo la suerte de que Cloud estaba detrás. Night esbozó una gran sonrisa y se alejó, cuando se detuvo antes de llegar al marco de la puerta.
Había una joven apoyada ahí. Sus cabellos rubios y cortos recogidos en dos coletas y sus ojos verde esmeralda escudriñaban con la mirada a Night.
– Hai, Night… –“Esa voz… no puede ser…”.
– ¿¡Hika!? – exclamó Night, sorprendido.
– Vampirito, ¿Cómo tú por aquí? – preguntó ella, sonriente, dejando a la vista unos blancos y puntiagudos dientes –. Erik y los demás te echábamos de menos…
– Ah… Era eso… – su tono varió hasta tomar un deje de desconfianza. Pasó de largo por delante de Hika y reanudó su marcha hasta casa, pero una mano de afiladas uñas le detuvo.
– Night, Erik te necesita, ¡todos te necesitamos! Creemos que… ellos volverán a aparecer. ¡Y Blanche debe volver!
– ¡Deja en paz a Requiem, ¿entendido?! – replicó Night, enojado. Se libró de la presencia de Hika con un empujón y la miró a un metro de distancia –. ¡Todos desertamos de esa maldita vida, incluso tu, Hika! ¿Te recuerdo que tu nos traicionaste cuando salvaste a ese presidiario?
– ¿Jackall? Pobre hombre, era un convicto inocente – dijo Hika, quitándole hierro al asunto.
– Me da igual lo que sea. Tú y yo no tenemos nada que ver con ese maldito castillo de desventuras, ¿capichi? – Night se dirigió hacia su puerta, cuando Hika lo tomó tan fuerte del brazo que gritó de dolor.
– ¡Me vas a escuchar por las buenas o por las malas! ¡Erik está en peligro por esa maldita organización de encapuchados! ¡Lady Rainbow piensa que Blanche está con ellos, tiene una de esas intuiciones extrañas! ¡Así que tú te vienes conmigo para buscar a Blanche!
– ¡Deja de llamarla así! ¡Se llama R-E-Q-U-I-E-M! – Night rebufó y caminó hacia la nave rojo chillón de Hika. Ella sonrió y pulsó cuatro botones en un mando negro, haciendo que se abriera una compuerta y pasando al interior de la nave. Debían poner rumbo a aquella ciudad digital de la que había hablado la chica con el gran lazo en la cabeza. ¿Pero como demonios sabrían cual era?
– De eso no te preocupes, vampirito. Erik le colocó un curioso GPS a tu amiguita cuando entró en el castillo. Antes era como una mascota… antes de que nos traicionara.
Algo normal es que en el castillo de Nerthia rompiera a llover como si de un diluvio se tratara. Lady Rainbow se dedicaba a contar una a una las gotitas que chocaban incesantes sobre el cristal de su ventana. Sus dedos de uñas multicolores seguían el camino de las gotas antes de morir en su alfeizar. Era un entretenimiento que la dejaba aún más aburrida.
Su pelo negro, de mechas de miles de colores, adornado con estrellitas blancas, estaba suelto y liso, a pesar de la humedad exterior. Sus ojos blancos, carentes del color de los humanos, no se detenían, en busca de nuevas gotas a las que presenciar su muerte. Sus labios pintados de blanco y negro permanecían sellados, sin tener nada que decir.
Se levantó del sillón que había bajo la ventana y caminó por su habitación de madera. Por suerte, dentro de ella, hacía calor que proporcionaba una chimenea antigua, probablemente del siglo XIX. Repasó con sus dedos las estanterías que cubrían la mayor parte de las paredes de su habitación y giró la cabeza con fuerza hacia uno de los sillones vacíos… que acababan de ser ocupados.
Como no, su hermano Casun leía uno de sus libros recostado en el sillón. Su largo pelo azul celeste brillaba con la luz anaranjada de las llamas, mientras sus ojos anaranjados leían sin cesar letra tras letra. Lady Rainbow le miró con las cejas arqueadas.
– ¿Qué haces aquí? ¿Acaso olvidas que no puedes entrar en mi habitación?
– Nara es muy aburrido cuando está deprimido… es decir, casi siempre – Casun no abandonó su lectura, mientras su hermana de catorce años le miraba con desaprobación –. Por tanto, vine a ver que hacías por aquí.
– Y eres tan capullo de dejarte la capa puesta – reparó ella en la capa negra que vestía su hermano.
– Si quieres, me la quito aquí… – respondió él, con aquella sonrisa picarona que tanto odiaba su hermana.
– Exhibicionismos los justos, hermanito – Lady Rainbow le tomó de la manga de aquella chaqueta y le empujó hasta la salida.
– Pero bien que dejas a Nara que entre, ¿verdad? – le replicó Casun, ligeramente molesto –. Eso son favoritismos, y no valen en este maldito castillo.
– Pues relájate y tráeme a Nara. Sabes que es empático con este tiempo… – ella pudo cerrar la puerta tras la fuerza de su hermano de dieciocho años.
Vivían en el castillo de Nerthia desde hacía mucho tiempo. Ella había aparecido cuando Erik la reclamó. Sus poderes visionarios le atrajeron y la dieron cobijo en el enorme castillo. Había sido una suerte, ya que sus hermanos y ella no eran precisamente ricos en aquel mundo podrido de corrupción. Nara se había dedicado a escribir para Erik y Casun trabajaba como recadero. No sabía en que andaba metido Casun, pero podía adivinar que iba a salir mal parado de ahí, a pesar de habérselo advertido cientos de veces.
Tres tímidos golpecitos en su puerta le advirtieron que su hermano dos años mayor que ella, acababa de aparecer. Lady Rainbow corrió hacia la puerta y le abrió, viendo como su maxi–flequillo azul y negro tapaban unos ojos aun llorosos.
– ¿Qué ha pasado esta vez, Nara–san? – preguntó la chica, ofreciéndole asiento mientras rebuscaba unas galletas por encima de su enorme mesa.
– No lo sé muy bien… Me he despertado llorando por un sueño que no recuerdo. Y el día no ha contribuido en que mi humor cambiara – Nara se pasó la manga de la chaqueta negra por sus ojos, perfilados en el mismo color.
– No pasa nada, toma, las horneé ayer con ayuda de Medea, ¿qué te parecen? – la mano de Nara se alargó hasta tomar una de las galletas de chocolate que ella le ofrecía, cuando el húmedo contacto de la piel de su hermano le hizo entrar en trance.
Extrañamente, seguía manteniendo la mano agarrada a la galleta, pero en sus ojos se proyectaba una realidad diferente, como si fuera un extraño cine. Casun se encontraba muy herido en el suelo, a su lado estaba un hombre pelirrojo, de ojos azul intenso y, al lado del pelirrojo, Nara, mirando sin compasión el cuerpo de su hermano.
Abrió los ojos con fuerza desmedida, hasta terminar en el suelo, jadeando e hiperventilando. Medea, la mujer de las cocinas, se encontraba a su lado y Bóreas, el anciano sabio que vivía en una de las torres, le tomaba el pulso con sus dedos helados sobre sus muñecas. Las rodillas de Nara servían como una perfecta almohada para la convaleciente Lady Rainbow.
¿Qué rayos había sido eso? Debía descubrirlo, por el bien de sus hermanos y del castillo entero.
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