La lluvia se fundía en la noche,
repiqueteando el suelo, como un ruido más en aquella tensa escena. Él,
magullado por todas partes, molesto por el pelo que le ocultaba el rostro y se
interponía en su campo de visión. Su enemigo, de la misma manera que él, sujetando
su arma casi a punto de desfallecer.
Evan finalmente gruñó y se abalanzó
sobre su oponente, logrando tumbarle finalmente de un golpe. Sólo escuchaba
ahora el sonido de aquella lluvia imperceptible minutos antes.
La noche y los edificios que
habían sido su campo de batalla desaparecieron, devolviéndole a la habitación
azulada de realidad virtual. Dejó su arma, una guitarra eléctrica negra que era
utilizada como arma penetrante y contundente, apoyada en el suelo, y se limpió el sudor de
la frente, volviéndose a apartar el cabello negro de la cara. A veces era un
problema tener el pelo tan largo.
Se echó la guitarra a la espalda,
tras haber desconectado el cableado que le permitía usarla en el campo de
entrenamiento virtual, y apagó la sala, caminando por el pasillo hasta el
ascensor. Pulsó el botón con el número ‘50’ y espero el trayecto hasta el piso
donde estaban las habitaciones.
Evan era un chico de veinte años,
normal y corriente. Le gustaba el rock y la comida rápida y estudiaba en la
universidad, hasta que todo cambió. Un día, en medio de un concierto con su
grupo, un tipo muy raro con una gabardina de cuero, como la que él ahora mismo
vestía, le empezó a contar una historia poco creíble. Evan lo ignoró, se rió de
él, pero aquel tipo no se lo tomó muy bien, y ahí estaba, caminando por un
pasillo de una especie de fortaleza futurista donde iba a luchar contra unos
bichos muy raros.
“Nuestra organización ha tenido
unas cuantas bajas. Traidores. Y hemos decidido traer gente nueva a nuestras
filas y entrenarlas para que ocupen su lugar. Tú eres uno de ellos”, recordó
Evan las palabras de aquel llamado Xemnas, su superior. Ya había llegado a su
habitación, una sala enorme, con una terraza que ocupaba una de las paredes
entera y una mullida cama. Había una enredadera de rosas negras petrificada en
la barandilla, lo cual no le daba muy buen rollo. Dejó su arma encima de la
cama y se metió al baño, para darse una ducha.
Pese a que su vida había cambiado
de una manera inesperada, Evan sentía como había algo que no encajaba. Estaba
siendo entrenado para luchar contra algo que ni siquiera conocía. Pero lo más
extraño era que desde que había llegado, una pesadilla lo acosaba noche tras
noche. Vagaba en una oscuridad absoluta, como un océano nocturno en calma,
hasta que encontraba una pequeña luz a punto de apagarse. Era una mancha
borrosa con un tenue resplandor magenta, que se desvanecía sin poder saber de
qué se trataba, ya que se despertaba antes de distinguirlo. Sólo escuchaba una
voz, como la de una chica, pidiéndole que la salvara. Era todo demasiado
bizarro.
Salió de la ducha y cogió otra
camiseta y otros pantalones, los mismos que había vestido antes, pero limpios.
Echó la ropa sucia por un conducto y se secó el pelo con una toalla, cuando vio
resplandecer algo entre su almohada. Se acercó, extrañado, y rebuscó bajo ella,
encontrando un colgante. Tenía la forma de los símbolos de aquellas criaturas
de la oscuridad, de color rosa y negro. Estaba cálido y tenía una cadenita,
como si se le hubiera caído a alguien. Lo sostuvo entre sus manos. ¿Qué debía
hacer con él? Se encogió de hombros y se lo colgó, escondiéndolo bajo sus
ropas. No quería que el resto de los miembros hicieran chistes acerca de él si
lo veían con un colgante de ese tipo.
Tomó la guitarra y la hizo
desaparecer, como le habían enseñado a hacer. Ya la invocaría de nuevo si
tuviera problemas. Caminó hacia el ascensor y pulsó el botón que le llevaba
hasta la sala de reuniones.
Los miembros originales ocupaban
su asiento a varios metros del suelo, mientras que los aprendices se quedaban
en el suelo circular, esperando órdenes de su Superior. Esta vez, era él solo
el que había acudido a la reunión.
Xemnas lo miraba desde arriba, esperando a que el murmullo de sus
miembros se silenciara.
—Bueno, Evan, veo que has seguido
entrenando arduamente. Te vendrá bien para tu próxima misión. Tienes que
encargarte de aniquilar a todos los sincorazones que pululan por nuestras
calles.
—¿Para eso necesitáis a un
aprendiz? Joder, me siento un becario.
—Algunas cosas no cambian de un
mundo para otro —dijo Xemnas, riéndose por aquel comentario—. No subestimes el
poder de los sincorazones, puedes acabar muy mal parado si no tienes cuidado.
—Comprendo. Vamos, que tendré que
sacar la basura, ¿no? —terminó Evan, arqueando una ceja.
—Sí, tendrás que sacarla —Xemnas
notaba que el chaval, a pesar de ser demasiado descarado, tenía una gran fuerza
interna y mucho carácter. Por ello podía permitirse el lujo de hablar así, otro
miembro más débil hubiera sido neutralizado por una falta de respeto como
aquella.
—Pan comido, entonces —Evan se
largó por donde había venido, sintiendo como aquel colgante le pesaba más de lo
normal. Sacudió la cabeza, quitándose de encima aquel pensamiento. Unas cuantas
criaturas. ¿Y que vendría luego…?
¿Volvería a casa algún día…?
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