sábado, 2 de julio de 2011

Capítulo 2

La mirada verde apagada del individuo enjaulado que se hallaba tumbado sobre su prisión de barrotes fue poco a poco adquiriendo una tenue visión de lo que le rodeaba. A veces le dolían los párpados al despertar; ese era el mayor problema de las dos finas cicatrices que le cruzaban los ojos.
Sentado en el suelo, con la lacia melena roja echada sobre uno de sus hombros y los suspiros escapándose de sus labios secos, Lea intentaba entretener su mente y ahuyentar la locura buscando un modo de salir de ahí. Pero las ideas no eran buenas cuando estaba encerrado, sin salir y sin saber qué estaba sucediendo.
Las heridas causadas por la última paliza ya no le dolían demasiado. Más le dolía seguir sin encontrar a la niña por la que se había pateado medio universo. Suspiró una vez más y dejó caer la cabeza sobre uno de los lados de su celda.
En la oscura habitación deshabitada apenas había mobiliario; dos o tres sillones de reventada tapicería, una mesa pequeña con manchas de las suelas de las botas, algunas plumas negras caídas por los suelos y el inconfundible aroma a cuero que habían desprendido anteriormente tres chaquetas larga.
Deseaba salir de ahí y emprender nuevamente su única misión. Quizá el motivo era más egoísta de lo que creía y sólo era guiado para obtener nuevamente su corazón, pero… había algo que hacia desear volver a ver a la chica de coletas rosas. Eran buenos recuerdos los que tenía con ella.
De repente, quebrando el eterno silencio de la habitación, un estrepitoso ruido y un golpe seco en la parte de arriba de su jaula le alertaron de que alguien había entrado. Pero cuando las botas del individuo se posaron sobre el suelo y su cuerpo se agachó para ver mejor al enjaulado, Lea se estremeció de emoción.
– ¡Ïsa!
 Frente a él, su mejor amigo, que aprovechando su fuerza doblaba los barrotes y le agarraba de la muñeca, sacándole de su prisión.
Aunque pareciera mentira, Ïsa siempre había estado jugando a dos bandos. Por una parte, era terriblemente fiel a Ansem, no se separaba jamás de su lado y siempre hacía lo que él decía pero… Lea era su mejor amigo y no iba a olvidarlo nunca.
– ¿Te encuentras bien? He estado vigilando esto desde hace días y no se marchaban… – explicó Ïsa, mostrando el agujero en el techo que había tenido que hacer para entrar.
– Ahora sí. Muchas gracias, Ïsa – Lea esbozó una sonrisa, mientras era ayudado  por su amigo para subir al techo del zulo donde le habían mantenido escondido. En sus manos hábiles se encontraba una capa olvidada, probablemente por el tipo de pelo rosa.
Ïsa vio como su amigo se ponía aquel abrigo negro y largo, cubriendo su cabellera roja y la mitad de su rostro por la capucha de la túnica de tela resistente.
– ¿Qué piensas hacer? Ansem te busca por todas partes. Y no parará hasta dar contigo y…
– Tengo que seguir buscándola, Ïsa – la mirada verdosa de Lea se perdió en la infinitud del oscuro firmamento. Ïsa lo miró, suspirando.
– No te darás por vencido, ¿verdad?
– Jamás.
Lea desapareció entre sus propias sombras. Se hallaba tan sumergido en la oscuridad que podía navegar por ella sin ningún problema. Pero realmente se preguntaba, ¿dónde iría ahora? Eso no importaba. Le guiaría su corazón.

Los pasos se hacían cada vez más y más pesados por aquel terreno arenoso. D había sido más rápido o sus zancadas eran más largas, pero el caso era que lo había perdido de vista. Era increíble mi capacidad para quedarme sola.
Inmersa en mis pensamientos, seguía arrastrando los pies por el suelo lleno de piedrecitas. Quizá apenas quedaran una decena de metros para llegar al castillo, pero había algo que me hacía retrasarme, como si fuera pereza o desidia. No me apetecía entrar en el agujero de murciélagos humanos.
Mi zapato chocó contra una roca y pude darme cuenta de que me había caído cuando mi barbilla golpeó el suelo con un ruido sordo. Maldije mi suerte e intenté levantarme, cuando unas zapatillas de lona negras pararon su camino delante de mi cabeza. Subí la cabeza, viendo unos vaqueros rotos y una camiseta negra con calaveras y cuchillas de colores chillones. Basto subir un poco más la mirada para comprobar que se trataba de algun niño emo perdido. Pero uno en especial.
– ¿Nara? – pregunté, sonriendo. No me lo podía creer.
– ¿¡Bi!? – sí, era él, o al menos eso indicaba su alegría en su tono de voz. Me ayudo a levantarme y me abrazó; parecía que me había echado de menos.
– Nara… cuanto tiempo, tío… – le abracé yo también. Nos separamos y nos miramos durante unos segundos.
– Te has vuelto a teñir de rosa – indicó él, con una mueca parecida a una sonrisa.
– Y tú de azul, capullo…
Reímos y miré al horizonte, donde supuestamente estaba alzado el enorme castillo de Nerthia.
– ¿Vienes del castillo? – pregunté, intentando dirigir mis pasos hacia allí.
– No, pero me dirigía hacia allí. Al parecer han encontrado a Hika y a Night y Erik los tiene prisioneros.
Mi corazón dio un enorme vuelco ante tal información. Cogí de la muñeca a mi antiguo amigo y corrí hacia el castillo. Si Erik había osado tocar un solo pelo de Night… me las pagaría duramente.
Corrimos hasta que las enromes puertas del palacio nos cerraron el paso. Alcé la pierna para pegarles una patada, pero Nara me recomendó que no lo hiciera. Me apoyé sobre la gruesa madera de una de las puertas, híper ventilando. Nara llamó sencillamente a la puerta, hasta que una especie de soldado de piel cetrina y ojos rojos nos atendió.
– ¿Quién? – preguntó al vernos.
– Decidle a Erik que Blanche ha llegado.

 Axel siguió mirando aquel helado de sal marina a medio terminar. Hoy acababa el plazo para encontrar a Roxas y probablemente debía huir. Pero se sentía raro, más vacío de lo normal, sabiendo que su mejor amigo probablemente estuviera muriendo en aquellos instantes y no podría hacer nada para evitarlo.
¿Pero solo era eso lo que le preocupaba? Había fallado doblemente al no encontrar a aquella mercenaria. Aunque… Réquiem parecía saber más de él y de su anterior vida que él mismo.
– Lea… – silabeó, con los labios resecos de tristeza. “¿De verdad ese es mi nombre? ¿De verdad ese soy yo?” pensó. Probablemente si tuviera corazón le estaría doliendo y una lágrima hubiera cruzado su mejilla. ¿Qué sabía esa chica de él?
En aquel fatídico instante, escucho el sonido de unos abalorios metálicos y el silbido de una capa de cuero. Otro miembro de la organización que interrumpía el momento.
Por un momento, creyó que se trataba de Saïx. No dejaba últimamente de seguirle a todas partes. Pero extrañamente, el encapuchado compañero no tenía el cuerpo de Saïx…
…sino el suyo propio.
Axel se levantó, creyendo que las alturas le habían privado de oxigeno y que estaba viendo alucinaciones. Se sentía como frente a un espejo, cuando el desconocido habló.
– Tú. Sé que sabes donde está Bianka.
Axel creyó que estaba soñando. ¿¡Era su maldita voz hablándole!? ¡¿Cómo demonios era eso posible?! Se echó hacia atrás, asustado, cuando el encapuchado se descubrió.
Frente a él, un joven de veintiún años, con el pelo lacio y largo, rojo intenso, y los ojos verde apagado. Dos cicatrices los cruzaban, pero cada una de sus facciones era prácticamente igual a la de Axel.
– Tú lo sabes, Axel. Al fin y al cabo, somos iguales.
El escuchar esa voz cada vez más parecida y exacta a la suya le estaba volviendo loco. Más loco aun era la idea de que su doble estuviera frente a él. O peor aun… su…
– ¡Tú! ¡Tú, maldita sea, eres Lea!
– Así me llaman – sonrió, de aquella manera tan parecida a la suya –. Dime donde está ella, es lo único que quiero saber.
– ¿No te das cuenta, Lea? – Axel se sentía emocionado, su corazón palpitaba a pocos metros de él, aún sumergido en la oscuridad –. ¡Volveremos a estar completos!
– Me parece que no lo has captado, machote. Si tú y yo nos juntamos, tú desapareces.
La ilusión que había morado segundos antes en el vacío cuerpo de Axel se desvaneció,  y fue sustituida por un insoportable frío. ¿Desaparecer? ¿Morir?
– ¿Por qué debería desaparecer? ¿Voy a morir?
– No, pero siempre estarías dentro de mi. Y nunca más tendrías una vida propia – las palabras de Lea solo intentaban asustar al otro pelirrojo. No tenía tiempo para hablar con su propio doble, solo deseaba saber el paradero de su corazón.
– Pero…
– No tengo tiempo para hablar de esto, Axel. Dime donde está.
Lea le apuntaba con un chakram negro y rojo, de formas un tanto mas suaves que el de Axel. El estar amenazado por su propia arma era lo más contradictorio que existía. Pero el hecho de saber que nunca podría volver a tener una vida normal...
Lea leyó en los ojos de su incorpóreo el miedo y la desesperanza. Bajó el chakram y suspiró, mirando al horizonte.
– Ahora no podrías juntarte conmigo. Necesito mi corazón, y lo tiene ella. Debes decirme su paradero, o ninguno de los dos volverá a estar completo.
Axel asintió con la cabeza y le explicó los movimientos que conocía de la joven. Le resultaba extraño hablar consigo mismo, pero pudo acostumbrarse mas o menos. Lea agradeció la información y se dispuso a marchar, cuando Axel llamó nuevamente su atención.
– Lea, sé que moriré dentro de poco. Bueno, morir… Sé que desapareceré. Cuando lo haga… quiero que tú estés cerca. Por que así al menos tú volverás a estar completo.
Lea esbozó una cálida sonrisa y miró a su asustado y vacío incorpóreo. Muchas veces, Xenahort había experimentado con aquellos seres. Pero los que gozaban de una forma personalizada eran aun más interesantes. Y Axel no era una excepción.
– Volveré, entonces.

Lo prometo.

No hay comentarios:

Publicar un comentario