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sábado, 2 de julio de 2011

Capítulo 3

Parecía que nada había cambiado en ese enorme castillo de estilo gótico... Las vidrieras de colores rojizos hacían que la luz dibujara una catedral infernal. Los cuadros de enorme tamaño cuyos rostros ancestrales nos seguían con silenciosa mirada seguían dandome escalofríos. Las pisadas de mis botas se multiplicaban por mil, rebotando asi su sonido en las enormes paredes del vestíbulo marmóreo. Nara me condujo a subir la gran escalinata que llevaba al centro del castillo, cubierta por una alfombra de terciopelo rojo. Sentía una suave nostalgia que me traía diversos recuerdos... Salvo que la ultima vez que estuve entre esas paredes, me estaba muriendo de dolor y desesperación.
— ¿Y que tal están tu hermana y Casum? — pregunté, intentando entablar algo de conversación con mi viejo amigo. Pero extrañamente, me hallaba sola en aquel castillo infernal. Y eso no me hacía ninguna gracia.
— ¿Dónde vas tan solita, caperucita?
Por la forma en la que aquellas palabras habían sido pronunciadas, me imaginaba que a los pies de la escalera se encontraba otro chupasangres. No obstante, cogí mi espada de hoja oscura y me giré, apuntando hacia el sitio donde creía haber escuchado el comentario. No había nadie. Me quedé bloqueada, hasta que alguien me dio dos toques en mi hombro para que me girase, quedando impactada.
Era otro vampiro aristócrata, como no, pero su mirada vacía y blanca, cuyo iris no tenía textura alguna sino que estaba compuesta por un blanco mate, puro, inhumano, me dejó completamente helada. Sus cabellos eran rizados, como los de Night, pero tenían un ligero matiz anaranjado. Para mi sorpresa, sus labios estaban teñidos de rojo sangre, como si se los hubiera pintado el mismo.
— ¿Quién demonios eres tú, vampirete? — no me cortaba ni un pelo, a pesar de que de un solo mordisco me podía arrancar el cuello. Él soltó una carcajada y me miró con una ceja arqueada.
— Mi nombre es Dusk. Siento haberos asustado, señorita Blanche... — su sonrisa se pronunció al notar el desconcierto en mi rostro —. No me miréis así, vos misma os habéis presentado en la puerta.
— Entonces, dime Dusk, ¿por qué me vigilas? — seguí caminando escaleras arriba, notando como él me seguía.
— No os vigilo, sólo sé que vos tenéis información que me interesa conocer.
— ¿Información? Hace dos años que no piso este castillo...
— Pero es cierto que estuvo mucho tiempo entre estas paredes, ¿no es así?
Le miré con indiferencia. ¿Qué pretendía?
— ¿Eres un vasallo de Erik?
La mirada vacía de él me escudriñó de tal manera que llegué a asustarme.
— Ese hombre mantiene preso a mi hermano Night, no puedo ser vasallo de tal monstruo.
Mi rostro tomó tal expresión de sorpresa que incluso él quedo extrañado. ¡Aquel vampiro era hermano de Night! Balbuceé inútilmente, pero después sonreí con facilidad.
— Si tu eres hermano de Night, entonces ayúdame a buscarle. ¿Trato hecho?
Dusk esbozó una sonrisa de satisfacción y tomó mi mano con la suya de afiladas uñas.
— Trato hecho.


Horas más tarde, nuestros pasos cesaron, tras haber investigado tres docenas de habitaciones. El castillo era demasiado grande y mis piernas no podían más. Además, ese tal Dusk me miraba como si tuviera... sed. Que raro, ¿no?
— Si tienes sed, ¿por que no me lo dices? — él me miró extrañado, como si hubiera leído sus pensamientos.
Se acercó a mí, sonriéndome, como si intentase calmarme. Creo que no sabía la relación que tenía con su hermanito.
— Estoy acostumbrada, así que rapidito — no me gustaba que me reabrieran las heridas, pero aparté algunos mechones rosas de mi cuello, dejando ver los diminutos agujeros que habían estado abiertos durante muchas noches.
Volví a notar un extraño dejavù provocado por el curioso aroma a rosas que Dusk desprendía. Sus labios se entornaron a mi cuello y le tuve que sujetar por los hombros para que no se emocionara demasiado. Otra vez sentí como la sangre salía de mi cuello con ansiedad, con sed… Puse los ojos en blanco y esperé a saciar su voraz apetito.
Minutos más tarde, se quitó las manchas de sangre de las comisuras de la boca  con las afiladas uñas.
–– Gracias, damisela… — me agradeció él, poniéndose nuevamente de pie y dispuesto a seguir caminando —. La sangre que ahora recorre mis venas hace que mi cerebro procese más rápido… No se puede pensar con la tripa vacía, ¿verdad?
Intenté levantarme, pero mis rodillas me traicionaron tirándome al duro suelo de mármol. La mano de uñas afiladas se cernió sobre mi brazo y me levantó rápidamente. Después, el vampiro cerró los ojos y los volvió a abrir, inspirado.
Caminamos con un ritmo rápido hasta llegar a unas entramadas y largas escaleras. Parecía que el aperitivo le había servido muy bien a Dusk.
Sin embargo, Dusk se desplomó en el suelo, tras emitir un gemido ahogado de dolor. Un corte superficial había rasgado sus ropas y le hacia sangrar por la espalda, tirado en el suelo, a pocos metros míos. Alcé la mirada y vi el rostro altivo y medio ensombrecido de D.
— ¿¡Se puede saber que demonios…!? — D me apuntó con su delgada espada, dejando la punta a apenas unos centimetros de mi nariz.
— Cállate. Éste infeliz te ha mordido, ¿no es así? Te convertirás en uno de ellos dentro de poco.
— Oh tio, no fastidies… —mi sarcasmo le dejó un poco confuso. Y a mi me ofendió aquello—. ¿De verdad te crees que aquí hay vampiros de novela rosa? ¿De esos que tienen miedo a morder por que son tan torpes que sueltan ponzoña por todas partes cuando esta su amante humana cerca? — me eché a reír, su rostro indicaba a la perfección que era así —. Sinceramente, no se de que mundo vienes, pero en Nerthia los vampiros muerden cuando da la gana a los humanos y lo único que hacen es sacarle sangre. Si quieren matarlos… les abren el cuello con sus afiladas uñas o con sus armas, pero es una estupidez hacerlo. Es un desperdicio de sangre hacerlo.
— ¡Hablas como ellos! — él intentó arremeter contra mí, pero detuve el golpe con mis dos espadas.
— Estos ojos no son de vampira, ¿verdad? — para mi sorpresa, sus ojos también contaban con un color amarillo, más apagado y pálido que el mío. Al cruzar nuestras miradas, él bajó el arma —. Soy humana… Bueno… Da igual, no soy una vampira.
D frunció el ceño y caminó hacia un gran ventanal, desapareciendo en la oscura noche. Yo fijé mi mirada en Dusk, que había apoyado la cabeza en los primeros escalones de la escalera de caracol.
— ¿Te encuentras bien? — pregunté, agachándome y volteandolo para observar el corte.
— Esa maldita espada lleva agua bendita impregnada… Ah… Arde… — sus ojos se cerraron de dolor y yo examiné la herida. Sus bordes ensangrentados tenían un tenue matiz malva, en la piel blanca del vampiro.
— ¿Qué puedo hacer para curarte? — pregunté, asustada.
— Busca a Lady Rainbow. Ella sabrá que hacer.
Dusk intentó sonreír vagamente antes de toser. Esa sonrisa significaba que confiaba en mí. Estos vampiros… para que luego digan en las noveluchas rosas que solo el protagonista tiene corazón y sentimientos.
Por un momento, me recordó cuando debí separarme de Night. Dusk era condenadamente parecido a su hermanito. Suspiré, agobiada por la sobrecarga emocional, y caminé guiada por la intuición y los viejos recuerdos. Sólo había una manera de encontrar a Lady Rainbow, y era así.

Los pasos de las botas resonaban en el pasillo de mármol incoloro. Los abalorios brincaban aferrados al cuero de la capa, que silbaba sobre el suelo pulido y gris. El ceño fruncido de Axel expresaba su determinación.
Había estado recapacitando la actuación de su sincorazón cuando se presentó ante él, y tenía la ligera impresión que sus actos acabarían con Bianka. No podía dejar que eso sucediera, al fin y al cabo, ella era su amiga, al igual que Roxas. Roxas… de paradero totalmente desconocido…
Borró la imagen de su amigo con un movimiento de cabeza y tomó el picaporte de la puerta de la sala de reuniones, armándose de valor y del fuego interior que siempre sentía dentro. Al menos si no podía haberle salvado a él, debería salvar a Bianka.
Sin embargo, la conversación que mantenía Xemnas con los demás miembros le dejó congelado.
—El caso de Axel es completamente diferente —hablaba solemne la grave voz de Xemnas—. Un loco como otro cualquiera que solo busca su corazón. Estúpido… Sabe a la perfección que jamás lo encontrará.
—Pero, superior… —Saïx, con voz contrariada—. ¿Y su experimento con…?
El silencio se hizo en la sala de al lado. Axel titubeó. Experimento… Probablemente se refería a aquellos antiguos informes que un tal Xehanort dejó. Xemnas les había prohibido hablar de él, por lo que suponía que estaba relacionado con su anterior existencia. Ojala recordara algo su vida anterior… de la etapa en la que era Lea… Pero sus recuerdos comenzaron cuando Saïx le guió hasta aquella sala donde estaba espiando ahora mismo.
—Ese experimento no es de nuestra incumbencia —finalmente acabó Xemnas.
Axel sabía que ellos iban a aparecer fuera del pasillo en cualquier momento, por lo que se desapareció hasta la entrada del castillo. El cielo nocturno indicando que era de día le agobiaba más después de todo lo que acababa de escuchar. Sin duda, debía hacer algo. Bianka estaba en peligro, y él era el único que lo sabía.

Night recibió otro golpe más que lo tumbó en el suelo. La fuerza con la que contaba su superior Erik era impresionante, y lo estaban dejado destrozado. Pero lo que más le destrozaba en el fondo de su muerto interior era predecir el destino fatal que iba a correr a partir de aquel momento.
—Vamos, dime donde está esa pequeña puñetera y quizás te dejo con vida —Erik y su manía de agarrarle del rubio y ondulado cabello para hacer que le mirara. Sin embargo, aquella vez se llevó un esputo de los labios de Night, que estaba más que indignado.
—No pienses que vaya a salir ninguna información sobre ella. Tú no eres su dueño, ¡ella no te pertenece!
—Sin embargo, ella tiene mi corazón.
Night abrió los ojos atónito. Réquiem le había descrito siempre su voz con tal lujo de detalles que la reconoció al instante. Además, no era la primera vez que la escuchaba.
Encaramado al enorme ventanal, dibujándose su silueta sobre la luna, se encontraba el joven Lea, con su cabellera pelirroja ondeando al viento nocturno. Sus ojos amarillos refulgían de la oscuridad que moraba en su corazón. Dio un salto, bajando de su curioso mirador, y observó al atónito vampiro.
—Volvemos a encontrarnos, Night —acto seguido, le propinó una fuerte patada en la barbilla, tirándolo al suelo. Luego se dirigió a Erik—. Y tú, mi fiel marioneta, has servido a la perfección.
En efecto, Erik cayó al suelo tras esas palabras, como un vulgar muñeco de madera. Las articulaciones se le notaban a la perfección en cuello y falanges, al haber perdido toda su vida arrebatada por el joven pelirrojo.
—Demonios, Lea, ¿¡qué se supone que vas a hacer!? —le gritó Night, desesperado, tirado en el suelo y sangrando por la boca.
—Oh, ¿de verdad quieres que te lo cuente? Total, me apetece contarle a alguien mi gran hazaña. Mi plan perfecto para ser completo de nuevo. Tenemos tiempo hasta que Bianka llegue, oh, espera, quería decir Réquiem.

“Todo ha salido según lo planeado. Todo. Desde el más mínimo detalle. Xehanort estaría orgulloso de mí si realmente él siguiera llamándose así.
Nuestra teoría es que cuando un corazón muy fuerte abandona su cuerpo, no se pierde en Kingdom Hearts, sino que se cobija en un objeto de alguien muy preciado para él. Así, una persona X que pierde su corazón, no lo pierde, sino que se esconde en el objeto inseparable de la persona Y, quién siempre amo o tuvo mucho afecto a la persona X. Así, cuando el sincorazón X toma el objeto de ‘Y’ y se reúne con el incorpóreo de X, vuelven a ser un ser completo. Y se demostró con el joven elegido de la llave espada.
Así, cuando todos fuimos alcanzados por aquella máquina infernal de Xehanort, mi corazón voló al colgante de llamita de la inocente de Bianka. Ella se asustaría, se largaría y buscaría refugio en cualquier sitio. Y, aquí, mi marioneta Erik la daría cobijo mientras yo la iria a buscar.
Entonces llegaste tú, Night… Tú y tus ínsulas de héroe, que me vinieron muy bien para arrastrarla hasta un lugar donde conociera a nuestros incorpóreos y, ¡cómo no…! A mi querido otro yo Axel. Mi tontorrón Axel… Que creía que por encontrar su corazón sería un ser completo. Estúpido. ¡Sólo desaparecería dentro de mí para siempre!
Así, ella siguió buscándome, siguió engañada, protegiendo su colgante con su vida, el último recuerdo que le quedaba mío. Por ello seguí intentando que ella siguiera queriéndome, que no se rindiera, para así conseguir que el medallón siguiera intacto. ¡Y lo conseguí! Ahora mismo, Lady Rainbow debe estar contándole la misma historieta, sólo para entretenerla, sólo para que acuda a salvarte… Y tu salvación será su perdición, vampirito…”

Lea profirió una carcajada al terminar su relato, cuando algo le rasgó la piel del hombro. El arma quedó clavada en la pared, identificando fácilmente a su dueño. Un chakram plateado y rojizo: Axel, quién miraba desde la puerta de la habitación y parecía haberlo escuchado todo.
—Tú…
—¡Vaya, hombre, si estamos todos! —habló Lea, sonriente.
—¿Cómo una persona tan despiadada y mezquina puede ser mi otro yo? —preguntó Axel, enojado, haciendo aparecer el chakram lanzado en su única mano libre.
—Pues no lo sé… ¿de la misma manera que eres tan estúpido de adelantar tu desaparición?
Axel profirió un gruñido, mientras se erguía y miraba a Lea. En eso tenía razón, según su plan, Bianka llegaría en pocos momentos, le arrebataría el colgante y todo habría terminado para él. Pero tenía que salvarla. Tenía que ser capaz de proteger aunque fuera a esa chica, a la unica amiga que le quedaba.
Por ello, volvió a atacar a Lea, quien se defendió con sus propios chakrams. Ambos empezaron a entablar una encarnizada pelea. Axel luchaba con el gesto duro, serio, concentrado. Lea parecía no importarle nada, con aquella sonrisa burlona en sus labios. Parecía imposible como dos personas iguales podían ser tan diferentes en su interior.

Cuando llevaban un buen rato peleando, Lea derribó a Axel, a la par que escuchó unos pasos acelerados al otro lado de la puerta de entrada al despacho. Lea hizo desaparecer sus chakrams y su gesto tornó a eterna dulzura. Axel notó que era lo que iba a pasar a continuación, y abrió uno de sus portales para permanecer alerta en otro lugar de la habitación.

De una patada abrí las puertas de la habitación, ya que no tenía tiempo para contemplaciones. Dusk me seguía corriendo detrás, y se quedó inmóvil, al igual que yo, cuando observamos lo que había en el interior de la habitación.
Mi querido Night… se encontraba tirado en el suelo, sangrando, apaleado, pero vivo. Sin embargo, el que no se movia era Erik, quién yacía como una marioneta a la que le hubieran cortado los hilos. Aquella visión del señor del castillo me hizo estremecerme; no era santo de mi devoción, pero no era demasiado agradable verle así.
Lo que más me sorprendió de todo —y lo último de lo que me di cuenta— fue de la tercera figura que se encontraba en la habitación. La luna llena iluminaba su imagen con esplendor. Estaba tan hermoso como la primera vez que lo vi.
Lea…
Al fin…

Te había encontrado…

—Lea… —murmuraron mis labios, sin apenas dar credito a lo que mis ojos le mostraban.
Era real. Mi Lea, mi dulce Lea, ahí estaba, con sus ojos amarillos, sus cicatrices, su marca de sincorazón en el pecho… ¿Había cambiado? Y qué, con la guerra que me ha dado buscarle por medio universo, estaba perfecto para mí. Salí corriendo hacia él y lo abracé con fuerza, sintiendo un resquemor en el estómago que me hacía pensar que él desaparecería, se desvanecería al abrazarlo. Pero no fue así. El siguió allí, y noté la calidez de sus manos cuando me tomaron del rostro y juntaron mis labios con los suyos…
Nunca me había sentido tan feliz.
Después de tanto llorar, de tanto buscar desesperadamente. Ahí estaba. Mi amado, que no se iría jamás. Pero, entonces…
Él gimió de dolor. Un objeto redondo y punzante le había alcanzado en el brazo; un chakram. Maldije la vez que reconocí ese maldito arma.
—¡¿Axel, se puede saber que cojones haces?!
Después de gritarle para mirar donde se encontraba, di un bote en el sitio. El pelirrojo pelo-pincho estaba destrozado, le habían dado una buena somanta palos. Sangraba por la cara y  tenía magulladuras y cortes en todo el cuerpo —recordemos la calidad barata de las capas que encarga Xemnas—. Su gesto parecía querer avisarme de algo, pero no logré entenderlo correctamente, solo podía mirarle con odio por haber atacado a mi Lea.
—¡Aléjate de él, Bianka! —gritó Axel, preocupado, aterrado, pero entonces un chakram, de formas más suaves y metal más oscuro le alcanzó, atravesándole el estómago. Grité.
Salí corriendo hacia donde estaba él. No, no sé por que hice eso. La adrenalina podía conmigo y probablemente mi cuerpo se alejó del lugar del que se había lanzado ese arma. Un arma tan igual al de Axel que solo podía proceder de una persona igual que Axel. Bueno… físicamente igual.
Le saqué sin miramientos el chakram del estómago y lo sostuve en mis manos. Luego miré a Lea, cuyo tierno gesto ya no era tan tierno. Sus ojos me miraban con pura oscuridad y sus manos sostenían la pareja de su arma, con la otra mano levantada, esperando algo.
—¿L-Lea…? ¿Qué ocurre, mi amor…?
—¿Todavía no te has dado cuenta, estúpida? —aquel insulto me hizo más daño que si hubiera empleado sus armas—. No soy tu amor. Tu tienes algo que me pertenece y ya es hora de que vuelva a ser mío —su dedo anular señaló a mi cuello, donde descansaba mi colgante en forma de llama.
—¿Qué…? Lea, si esto es una broma…
—No, Bianka. Esta es la realidad…
...yo nunca te he amado.

¿Cómo podría explicar aquello? ¿Cómo podría intentar explicar el hecho de que me habían dado la felicidad absoluta para luego destrozarla delante de mis narices… sin posibilidad de recuperarla?
Mi mente desconectó en aquel momento. Veía retazos de recuerdos, imágenes sueltas, en las que nos veía… a mí y a él. Sonreíamos, nos besábamos, nos acariciábamos… Éramos tan felices… Poco a poco, las imágenes tornábanse cada vez más duras y tristes. Me veía a mí, llorando, buscándole, desesperadamente, gritando su nombre en la oscuridad.
Había dado una gran parte de mi vida buscándole y cuando le encuentro, él me dice que ha sido todo en vano. Que solo quería que cuidara de su colgante. Me sentía como la primera vez que supuestamente lo vi, en Bastión Hueco. Ya no sentía nada. Todo se había resquebrajado dentro de mí. El dolor y la alegría no existían. La vida entera dejó de existir en el preciso momento en el que señaló mi colgante y me sentí como un vulgar objeto.  Los recuerdos se repetían y me golpeaban cada vez más fuerte. Mi interior estaba sufriendo todo lo que mi exterior había dejado de sentir.
Por eso, los allí presentes se asustaron cuando vieron que no reaccioné cuando el segundo chakram de Lea me atravesaba el pecho, haciéndome caer hacia atrás, como una muñeca rota. Ya… nada merecía la pena. Todo había acabado para mí. Mi Lea era un sueño que se había destrozado en pequeños cristales. Toda yo estaba aniquiliada, pulverizada, demolida, destruida. Ya… no sentía nada…

Le había encontrado y él me había dicho que nunca me había amado.

Finalmente, cerré los ojos y el dolor me invadió hasta que dejé de sentir.

Finalmente, la muerte llegó a mí.




Dejé de vivir.


Axel miró como el cuerpo inerte de su amiga caía contra el suelo con un ruido sordo, doloroso, seco. Gateó miserablemente hasta llegar hasta ella, que no había movido un solo músculo desde las palabras de Lea.
¿Qué debía sentir en aquel momento? Debía sentir dolor, por la perdida de una amiga. Y lo sentía. Eso, mezclado con la impotencia de no haber podido evitar que muriera. Le sacó el chakram y le cerró los ojos amarillos, sin poder reprimir una lágrima. ¡Una lágrima, un sentimiento, en un incorpóreo! Pero el torrente de sensaciones que le golpeaba a Axel era demasiado fuerte como para evitar derramar una mísera lágrima, la última que derramaría.
—Tú, cascarón, apártate de ella —el odio refulgía en su mirada verdosa, que se cruzaba con la desafiante de Lea.
—Eres un pedazo de hijo de puta… —le espetó Axel, con la voz ronca, cogiendo uno de sus chakrams—. Yo no soy tú… ¡Yo todavía tengo un corazón!
—Infeliz —rió Lea—. Tú ya no tienes de eso, y quizás sea eso lo que te haga…
Lea se interrumpió, soltando un alarido de dolor. Las afiladas garras de Night habían abierto una grave herida en el cuello del sincorazón, que se retorcía de dolor agarrándose la zona afectada y aullando.
—¡Lárgate! ¡Quizás tengas una oportunidad! ¡Huye, joder, huye! —bramó Night, intentando mantenerse en pie y dirigiendose a Axel.
Axel se levantó, solemnemente, y tomó el cuerpo de la chica en sus brazos. Abrió uno de sus portales, echandole una última mirada a los ojos violáceos del vampiro, agradeciéndoselo de todo corazón.

 El pelirrojo observó el portal y su contenido violáceo. No tenía ni idea de donde ir, pero miró una vez más a Bianka.
No podía dejar que todos sus sueños se rompieran de golpe.
Ella tendría que vivir para cumplir su venganza.
Él la ayudaría.

Esa sería su última promesa.

Capítulo 2

La mirada verde apagada del individuo enjaulado que se hallaba tumbado sobre su prisión de barrotes fue poco a poco adquiriendo una tenue visión de lo que le rodeaba. A veces le dolían los párpados al despertar; ese era el mayor problema de las dos finas cicatrices que le cruzaban los ojos.
Sentado en el suelo, con la lacia melena roja echada sobre uno de sus hombros y los suspiros escapándose de sus labios secos, Lea intentaba entretener su mente y ahuyentar la locura buscando un modo de salir de ahí. Pero las ideas no eran buenas cuando estaba encerrado, sin salir y sin saber qué estaba sucediendo.
Las heridas causadas por la última paliza ya no le dolían demasiado. Más le dolía seguir sin encontrar a la niña por la que se había pateado medio universo. Suspiró una vez más y dejó caer la cabeza sobre uno de los lados de su celda.
En la oscura habitación deshabitada apenas había mobiliario; dos o tres sillones de reventada tapicería, una mesa pequeña con manchas de las suelas de las botas, algunas plumas negras caídas por los suelos y el inconfundible aroma a cuero que habían desprendido anteriormente tres chaquetas larga.
Deseaba salir de ahí y emprender nuevamente su única misión. Quizá el motivo era más egoísta de lo que creía y sólo era guiado para obtener nuevamente su corazón, pero… había algo que hacia desear volver a ver a la chica de coletas rosas. Eran buenos recuerdos los que tenía con ella.
De repente, quebrando el eterno silencio de la habitación, un estrepitoso ruido y un golpe seco en la parte de arriba de su jaula le alertaron de que alguien había entrado. Pero cuando las botas del individuo se posaron sobre el suelo y su cuerpo se agachó para ver mejor al enjaulado, Lea se estremeció de emoción.
– ¡Ïsa!
 Frente a él, su mejor amigo, que aprovechando su fuerza doblaba los barrotes y le agarraba de la muñeca, sacándole de su prisión.
Aunque pareciera mentira, Ïsa siempre había estado jugando a dos bandos. Por una parte, era terriblemente fiel a Ansem, no se separaba jamás de su lado y siempre hacía lo que él decía pero… Lea era su mejor amigo y no iba a olvidarlo nunca.
– ¿Te encuentras bien? He estado vigilando esto desde hace días y no se marchaban… – explicó Ïsa, mostrando el agujero en el techo que había tenido que hacer para entrar.
– Ahora sí. Muchas gracias, Ïsa – Lea esbozó una sonrisa, mientras era ayudado  por su amigo para subir al techo del zulo donde le habían mantenido escondido. En sus manos hábiles se encontraba una capa olvidada, probablemente por el tipo de pelo rosa.
Ïsa vio como su amigo se ponía aquel abrigo negro y largo, cubriendo su cabellera roja y la mitad de su rostro por la capucha de la túnica de tela resistente.
– ¿Qué piensas hacer? Ansem te busca por todas partes. Y no parará hasta dar contigo y…
– Tengo que seguir buscándola, Ïsa – la mirada verdosa de Lea se perdió en la infinitud del oscuro firmamento. Ïsa lo miró, suspirando.
– No te darás por vencido, ¿verdad?
– Jamás.
Lea desapareció entre sus propias sombras. Se hallaba tan sumergido en la oscuridad que podía navegar por ella sin ningún problema. Pero realmente se preguntaba, ¿dónde iría ahora? Eso no importaba. Le guiaría su corazón.

Los pasos se hacían cada vez más y más pesados por aquel terreno arenoso. D había sido más rápido o sus zancadas eran más largas, pero el caso era que lo había perdido de vista. Era increíble mi capacidad para quedarme sola.
Inmersa en mis pensamientos, seguía arrastrando los pies por el suelo lleno de piedrecitas. Quizá apenas quedaran una decena de metros para llegar al castillo, pero había algo que me hacía retrasarme, como si fuera pereza o desidia. No me apetecía entrar en el agujero de murciélagos humanos.
Mi zapato chocó contra una roca y pude darme cuenta de que me había caído cuando mi barbilla golpeó el suelo con un ruido sordo. Maldije mi suerte e intenté levantarme, cuando unas zapatillas de lona negras pararon su camino delante de mi cabeza. Subí la cabeza, viendo unos vaqueros rotos y una camiseta negra con calaveras y cuchillas de colores chillones. Basto subir un poco más la mirada para comprobar que se trataba de algun niño emo perdido. Pero uno en especial.
– ¿Nara? – pregunté, sonriendo. No me lo podía creer.
– ¿¡Bi!? – sí, era él, o al menos eso indicaba su alegría en su tono de voz. Me ayudo a levantarme y me abrazó; parecía que me había echado de menos.
– Nara… cuanto tiempo, tío… – le abracé yo también. Nos separamos y nos miramos durante unos segundos.
– Te has vuelto a teñir de rosa – indicó él, con una mueca parecida a una sonrisa.
– Y tú de azul, capullo…
Reímos y miré al horizonte, donde supuestamente estaba alzado el enorme castillo de Nerthia.
– ¿Vienes del castillo? – pregunté, intentando dirigir mis pasos hacia allí.
– No, pero me dirigía hacia allí. Al parecer han encontrado a Hika y a Night y Erik los tiene prisioneros.
Mi corazón dio un enorme vuelco ante tal información. Cogí de la muñeca a mi antiguo amigo y corrí hacia el castillo. Si Erik había osado tocar un solo pelo de Night… me las pagaría duramente.
Corrimos hasta que las enromes puertas del palacio nos cerraron el paso. Alcé la pierna para pegarles una patada, pero Nara me recomendó que no lo hiciera. Me apoyé sobre la gruesa madera de una de las puertas, híper ventilando. Nara llamó sencillamente a la puerta, hasta que una especie de soldado de piel cetrina y ojos rojos nos atendió.
– ¿Quién? – preguntó al vernos.
– Decidle a Erik que Blanche ha llegado.

 Axel siguió mirando aquel helado de sal marina a medio terminar. Hoy acababa el plazo para encontrar a Roxas y probablemente debía huir. Pero se sentía raro, más vacío de lo normal, sabiendo que su mejor amigo probablemente estuviera muriendo en aquellos instantes y no podría hacer nada para evitarlo.
¿Pero solo era eso lo que le preocupaba? Había fallado doblemente al no encontrar a aquella mercenaria. Aunque… Réquiem parecía saber más de él y de su anterior vida que él mismo.
– Lea… – silabeó, con los labios resecos de tristeza. “¿De verdad ese es mi nombre? ¿De verdad ese soy yo?” pensó. Probablemente si tuviera corazón le estaría doliendo y una lágrima hubiera cruzado su mejilla. ¿Qué sabía esa chica de él?
En aquel fatídico instante, escucho el sonido de unos abalorios metálicos y el silbido de una capa de cuero. Otro miembro de la organización que interrumpía el momento.
Por un momento, creyó que se trataba de Saïx. No dejaba últimamente de seguirle a todas partes. Pero extrañamente, el encapuchado compañero no tenía el cuerpo de Saïx…
…sino el suyo propio.
Axel se levantó, creyendo que las alturas le habían privado de oxigeno y que estaba viendo alucinaciones. Se sentía como frente a un espejo, cuando el desconocido habló.
– Tú. Sé que sabes donde está Bianka.
Axel creyó que estaba soñando. ¿¡Era su maldita voz hablándole!? ¡¿Cómo demonios era eso posible?! Se echó hacia atrás, asustado, cuando el encapuchado se descubrió.
Frente a él, un joven de veintiún años, con el pelo lacio y largo, rojo intenso, y los ojos verde apagado. Dos cicatrices los cruzaban, pero cada una de sus facciones era prácticamente igual a la de Axel.
– Tú lo sabes, Axel. Al fin y al cabo, somos iguales.
El escuchar esa voz cada vez más parecida y exacta a la suya le estaba volviendo loco. Más loco aun era la idea de que su doble estuviera frente a él. O peor aun… su…
– ¡Tú! ¡Tú, maldita sea, eres Lea!
– Así me llaman – sonrió, de aquella manera tan parecida a la suya –. Dime donde está ella, es lo único que quiero saber.
– ¿No te das cuenta, Lea? – Axel se sentía emocionado, su corazón palpitaba a pocos metros de él, aún sumergido en la oscuridad –. ¡Volveremos a estar completos!
– Me parece que no lo has captado, machote. Si tú y yo nos juntamos, tú desapareces.
La ilusión que había morado segundos antes en el vacío cuerpo de Axel se desvaneció,  y fue sustituida por un insoportable frío. ¿Desaparecer? ¿Morir?
– ¿Por qué debería desaparecer? ¿Voy a morir?
– No, pero siempre estarías dentro de mi. Y nunca más tendrías una vida propia – las palabras de Lea solo intentaban asustar al otro pelirrojo. No tenía tiempo para hablar con su propio doble, solo deseaba saber el paradero de su corazón.
– Pero…
– No tengo tiempo para hablar de esto, Axel. Dime donde está.
Lea le apuntaba con un chakram negro y rojo, de formas un tanto mas suaves que el de Axel. El estar amenazado por su propia arma era lo más contradictorio que existía. Pero el hecho de saber que nunca podría volver a tener una vida normal...
Lea leyó en los ojos de su incorpóreo el miedo y la desesperanza. Bajó el chakram y suspiró, mirando al horizonte.
– Ahora no podrías juntarte conmigo. Necesito mi corazón, y lo tiene ella. Debes decirme su paradero, o ninguno de los dos volverá a estar completo.
Axel asintió con la cabeza y le explicó los movimientos que conocía de la joven. Le resultaba extraño hablar consigo mismo, pero pudo acostumbrarse mas o menos. Lea agradeció la información y se dispuso a marchar, cuando Axel llamó nuevamente su atención.
– Lea, sé que moriré dentro de poco. Bueno, morir… Sé que desapareceré. Cuando lo haga… quiero que tú estés cerca. Por que así al menos tú volverás a estar completo.
Lea esbozó una cálida sonrisa y miró a su asustado y vacío incorpóreo. Muchas veces, Xenahort había experimentado con aquellos seres. Pero los que gozaban de una forma personalizada eran aun más interesantes. Y Axel no era una excepción.
– Volveré, entonces.

Lo prometo.