La mansión abandonada, a las
afueras de Villa Crepúsculo, nunca le había parecido tan solitaria y maldita
como aquel día.
Él empujó la verja, ignorando
el estridente chirrido que hizo al abrirse, y entró dentro de la mansión,
dirigiéndose hacia el piso de arriba.
Los recuerdos le golpeaban
con dureza en su mente, haciendo que cada paso que daba le costara mucho más
que el anterior. Recordaba a sus amigos, a los que había tenido que dejar atrás
por culpa de las circunstancias. Su mejor amigo, que ahora estaba completamente
desaparecido… y que dudaba si volvería a ver algún día.
Aquel pensamiento le hizo
sentir una punzada de dolor en el co… en el pecho, deteniéndole. Se quedó en
silencio durante unos segundos, intentando alejar de su mente esa idea y
poniéndose en marcha de nuevo. Naminé le esperaba y parecía ser algo urgente. Y
eso, dada la situación, no le gustaba nada.
Entró en la biblioteca,
accionando la escalera subterránea y caminando por la sala de los ordenadores.
Era una suerte que no se encontrara nadie por allí, no tenía ni tiempo ni ganas
de dar explicaciones a nadie.
Realmente, ¿por qué se tomaba
tantas molestias? Quizás era por que era la última oportunidad que le quedaba
de serle útil a alguien. Se lo debía. A sí mismo y a Roxas.
Finalmente, llegó a la sala
de incubadoras, donde la pequeña Naminé le esperaba. Había crecido desde su
estancia en el Castillo del Olvido, pero seguía teniendo diez años menos que
él. Le revolvió el pelo y sonrió, a pesar de que su cuerpo no estaba por la
labor de efectuar ese gesto.
—¿Qué ocurre, Naminé…?
—Nada bueno, Axel…nada bueno…
Axel se bajó la capucha,
poniendo una mano sobre la vitrina a la que estaban mirando. Durante cuatro
interminables meses, Naminé había estado cuidando de aquella chica que él le
había traído, con una enorme herida de oscuridad en su interior. Ella solo pudo
detener que esa oscuridad creciera por todo su cuerpo pero ahora ya no podía
controlarlo más.
—Lleva media hora pitando la
máquina. Creo que su estado está empeorando, fíjate —Naminé, intentando
mantener la mente fría, pulsó un botón que iluminó la vitrina. No conocía de
nada a esa persona, pero no le gustaría tener el peso de una muerte sobre su
conciencia.
Axel observó como los vivos
colores de la ropa de la chica habían desaparecido, como tragados por aquella
herida del pecho.
—Está monocroma… —silabeó el
pelirrojo sin comprender.
—Los mensajes acerca de su
estado dicen que la herida, provocada por un sincorazón, la está convirtiendo
en uno.
—¿¡Qué!? —él fue corriendo al
ordenador que tenía al lado. Observó el historial de la maquina, afirmando las
palabras de la joven—. ¿Qué es ese pitido tan fuerte?
Efectivamente, un
ensordecedor pitido empezó a salir de la máquina que había en frente de ellos.
—¡No lo sé! ¡Esto no había
pasado nunca! —exclamó Naminé, asustada.
—¡Joder! —Axel observó de
nuevo el historial.
—Axel… creo que…
—¿Qué ocurre, Naminé?
—preguntó, algo alterado.
—Si no la sacamos de ahí,
morirá. Pero si lo hacemos, lo más probable es que…
—¿¡… es que qué!?
—Que pierda su corazón.
Axel frunció el ceño y
observó la situación, mirando la vitrina, intentando pensar por encima del
fuerte pitido que sonaba, anunciándole un nuevo fracaso más, otro amigo más
perdido.
—Sácala.
—Pero…
—¡HAZLO!
Naminé corrió a modificar las
ordenes del ordenador y el pitido dejó de sonar, cuando todo el contenido del
útero artificial se puso negro. Axel forzó la cerradura, intentándolo abrir,
impaciente, pero se había bloqueado por completo.
Apretó los dientes y miró a
la chica, que no sabía que hacer.
—Estas cosas se arreglan por
la fuerza —murmuró él, mientras hacia aparecer uno de sus chakrams y lo lanzaba
a uno de los laterales del ataúd de cristal, resquebrajándolo. La cerradura
finalmente cedió y un espeso humo negro llenó la habitación. Él se colocó justo
en frente, pese a que no veía nada, cuando sintió un peso encima de él,
agarrándolo con todas sus fuerzas, mientras perdía el equilibrio y se caía al
suelo.
Naminé logró hacer
desaparecer la mayoría del humo, observando que el sujeto que se encontraba
dentro de la urna ahora estaba fuertemente agarrado por Axel, para evitar que
se dañara al salir de la urna. Él se incorporó, sentandose en el suelo, y
colocando a la chica para ayudarla a despertar. La enorme herida que tenía en
el pecho había desaparecido, junto a todo su color. Solo quedaba el negro,
contrastando con su piel pálida. Hasta le habían deshecho sus coletas cuando la
introdujo en la vitrina, solo quedaba el cabello lacio y oscuro, ni rastro de aquellas
mechas rosas tan graciosas.
—Vamos… Bianka, no te puedes
morir ahora…
Axel apretó los dientes.
Respondiendo a la pregunta que antes se había hecho, sentía una especie de
responsabilidad con el estado de esa persona. Al fin y al cabo, había sido su sincorazón
quien le había dejado en ese estado. Era su deber remediar… su error.
Había soñado con muchas
cosas. Muchísimas. Sobre todo con los últimos momentos de mi vida. Con aquella
manera en la que todo había cambiado y todos mis sueños habían desparecido,
convertidos en esquirlas de cristal clavadas dentro de mi. Muy duro, sí, pero
era lo que había.
Había estado enamorada,
siendo utilizada por un gilipollas, y ahora ¡pum! Estaba muerta. Pero… entonces
noté como recuperaba la consciencia y mi vida real. Empecé a toser, sintiendo
que me ahogaba. Mis sentidos volvieron a funcionar. Por ejemplo, sentía que
algo de cuero me estaba envolviendo y agarrando, a la vez que podía oler el
humo del ambiente. Tosí de nuevo y sentí frío, pero lo peor…
…es que no sentía mi corazón.
Finalmente abrí los ojos,
intentando acostumbrarme al resplandor exterior. No sabía donde estaba
realmente. En frente de mí, vi a una chica, algo asustada, rubia, con un
vestido blanco, seguramente con mi edad. A mí izquierda, había una de esas
gabardinas de la organización. Cuál fue mi sorpresa al descubrir que era la del
pelirrojo, que me miraba con una mezcla extraña en sus ojos entre "te voy
a matar por asustarme" y "oh, gracias al cielo, está viva". Me
hizo muchísima gracia, pese a que él me seguía recordando a ese capullo. Nah. A
diferencia que su sincorazón, Axel me había salvado la vida.
—Te llegas a morir y me quedo
sin diversión, criaja… —me dijo él, con media sonrisa. Acababa de despertarme y
ya me habían entrado ganas de llorar. Desde luego, soy toda una criaja.
Me incorporé como pude, por
que éste me tenía bien sujeta —seguramente tendría que ver con el montón de
humo y cristales rotos que había esparcidos por la sala— y le abracé con todas
mis fuerzas. Me sentía muy rara por no sentir nada, como si fuera un muñeco,
pero era un alivio. Estoy segura de que me doliera muchísimo si en ese momento
hubiera tenido corazón.
Él me abrazó, con miedo y
cautela, como quién abraza a un enfermo. ¿Por qué hice eso? Bueno, qué menos
que un abrazo para darle las gracias a alguien por haberte cuidado mientras
estabas prácticamente muerta. Lo que sí que rondaba en mi cabeza era que
demonios había pasado para que estuviera en aquel lugar y mis ropas fueran tan
oscuras.
Estuvimos así un buen rato, hasta
que él se levantó, dejándome en el suelo. Me tendió su mano, intentando yo
mantener el equilibrio. Después de tanto tiempo sin moverme, era normal que
apenas recordara como mantenerme en pie. Axel parecía aliviado, cuando miró
hacia mi pecho y se mordió el labio, algo incómodo.
—¿Qué ocurre? —pregunté. No
tenía cara de estar gastándome una broma, por lo que cogí un cristal del suelo
y me miré en él. Mis ojos brillaban exageradamente, de un color amarillo muy
antinatural. Me asusté y casi suelto el cristal, cuando vi que, entre medias de
la camiseta rajada, tenía un símbolo que reconocí al instante. Y eso si que me
hizo soltar el cristal de golpe, destrozándose en el suelo.
Era un sincorazón. Lo había perdido. Y no sabía como recuperarlo
de nuevo.
La rabia contenida por todo
el dolor, acumulándose y golpeándome con fuerza en la mente, me hizo gritar
todo lo fuerte que pude. No me importaban las caras de sorpresa de Axel y
Naminé, no me importaba haberme tirado al suelo y haberme hecho cortes en las
rodillas, no me importaba hacerme daño gritando. Estaba cansada, y furiosa, y
aquel grito fue terminando finalmente hasta que las ganas de llorar
florecieron… pero no derramé ni una sola lágrima. Fue una de las sensaciones
más horribles que habré sentido jamás. No podía llorar. No podía.
Sentí una mano cálida
apoyarse sobre mi hombro, mientras mi cara de estupefacción seguía ahí,
asustada, sin poder emitir emociones. Hundí la cara entre las cadenitas de la
chaqueta de Axel, estaba derrotada y no quería ver nada más que eso, oscuridad,
solo eso… No sentía dolor alguno, ni podía llorar. Cualquier persona hubiera
dicho que eso era un don divino, que era invencible, inmortal… No. Porque me
había convertido en lo que más odiaba.
En un ser como él.
Como Lea.
En verdad me alegro de que sigas escribiendo esta historia. Me gustó desde el primer momento, lo sabes xDD Me encanta cómo se están empezando a desarrollar las cosas.
ResponderEliminar*modo "serio" off*
Waaa!!! En serio! quiero más!! xDD Pobre Bianka! D= y Axel igual TT^TT Maldito Lea ¬¬ en serio que le patearía el culo a ese imbécil por lo que le ha hecho a Bianka >=(
Sogue escribiendo! Ya sabes que yo siempre leeré tus historias ^O^
P.D: Soy Vero xD